Lollapalooza Argentina 2026: rap, humor y una gran performance en el cierre del primer día
El festival se desarrolla en el Hipódromo de San Isidro; finaliza el domingo con el show de Sabrina Carpenter
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A esta altura de su carrera, definir a Tyler the Creator sólo como una figura influyente dentro del hip hop global ya no es suficiente. Incluso su nombre artístico da una pista sobre su forma de trabajar y de presentarse como artista. Productor, diseñador, director creativo y arquitecto de sus propios mundos estéticos, el californiano funciona más como una mente creativa en expansión que como un músico en el sentido tradicional. Cada proyecto suyo —desde la crudeza provocadora e irreverente junto al colectivo Odd Future hasta trabajos más sofisticados como IGOR o Call Me If You Get Lost— es pensado como un universo conceptual completo, con alter egos, narrativas y reglas propias.
Por eso, cuando finalmente llegó al escenario Flow para cerrar la primera jornada de Lollapalooza Argentina 2026 como headliner, la gran incógnita que sobrevolaba la noche era qué versión suya iba a aparecer. Para el público argentino, además de su debut en el país, la expectativa de su presentación vino a saldar la deuda que dejó la recordada suspensión de su visita pautada para la edición 2018 del festival, y la oportunidad de ver cómo este artista que convirtió la creatividad en su marca personal podría condensar más de una década de reinvenciones en una hora de show.
La respuesta empezó a tomar forma desde los primeros minutos de su aparición en escena. Lejos de concentrarse en una sola etapa de su discografía, optó por recorrer varias de sus “eras” en un set que funcionó casi como un repaso acelerado por su universo creativo. Desde el arranque marcado por la energía más explosiva de su material reciente, con temas de Don’t Tap the Glass como “Big Poe”, “Sugar on My Tongue” y “Stop Playing With Me”, que empujaron al público hacia el primer pico de euforia de la noche, a momentos de Chromakopia como “St. Chroma”, “Darling, I” y “Like Him”, clásicos de IGOR como “EARFQUAKE” y “Are We Still Friends?”, además de guiños a discos anteriores como Wolf con “IFHY” y el inevitable “See You Again”, de Flower Boy.
En contraste con la riqueza visual que suele acompañar a sus distintos proyectos, la puesta en escena fue austera, sin una escenografía conceptual ni utilería elaborada: apenas fuego y algunas bengalas de fuegos artificiales. Esa decisión terminó reforzando otro aspecto central de su figura: Tyler como performer. Vestido con el atuendo colorado asociado a la estética de su último disco, sostuvo el show casi exclusivamente con su presencia escénica y su habilidad como rapero.
“Hola, yo soy Tyler. ¿Qué pasa? ¿Te gusta, Argentina? ¡Puto!”, esbozó en un intento algo cómico de hablar en español. Carismático e imprevisible, agradeció el cariño, se disculpó por haber “faltado” en 2018 e interactuó constantemente con el público, lanzó chistes, -incluso levantó una bandera argentina que le alcanzaron desde el público con un montaje en el que aparecía celebrando la Copa del Mundo junto a Lionel Messi- y se movió por el escenario con la confianza de alguien que entiende el recital como un espacio de juego tanto como de espectáculo. Esa mezcla de teatralidad, humor y precisión musical encontró en esta edición de Lollapalooza el escenario perfecto y una conexión única con un público que espera verlo volver.
Desde temprano
La cuenta regresiva llegó a su fin pasado el mediodía y dio paso a una vibrante jornada musical en el Hipódromo de San Isidro en esta nueva edición de Lollapalooza Argentina, que se extenderá hasta el domingo 15 con la presencia de más de cien artistas distribuidos en cinco escenarios, además de las innumerables propuestas gastronómicas, culturales y recreativas que el público puede disfrutar a lo largo del predio.
La grilla del festival comenzó a las 13.45 con la actriz y cantante argentina Mora Fisz, conocida por interpretar a la hija de Juan Salvo (Ricardo Darín) en El Eternauta (Netflix), y el artista emergente Jero Jones, que musicalizó el escenario Perry con una fusión de pop, rock, electrónica y sonidos vintage.

Otros de los shows más esperados de la jornada viene de la mano del actor de Stranger Things Joe Keery, popular por su papel de Steve Harrington en la serie de los hermanos Duffer y cuyo nombre artístico es DJO (a las 18 en el escenario Flow), y la girlband estadounidense de K-pop Katseye (a las 19 en el escenario Samsung), que en la última edición de los premios Grammy estuvo nominada como Mejor artista nuevo y Mejor interpretación pop de dúo/grupo.
El Kidzapalooza, que este año cambió su ubicación y ya no está situado en uno de los extremos del hipódromo, sino más cerca del ingreso principal de la Avenida Márquez, tendrá como plato fuerte al infalible Piñon Fijo, a las 19.

Resolanas eran las de antes. En los primeros instantes de la primera hora del festival, el sol caía cenital sobre las nucas de todos los que deambulaban por el predio del hipódromo, apenas se abrieron las puertas. Para las tres de la tarde, la multiplicidad de sonidos ya invadía (por los tres próximos días), la tranquilidad vespertina sanisidrense.
El calor y la humedad no eran el marco ideal para andar a los saltos, aunque algunos se atrevieron a poner el cuerpo en movimiento en las casitas de música electrónica, reunidas en grupos de a tres, con DJ, en plena faena. En cambio, para esa hora, para ese clima, parecía más apta la propuesta supercool de Tiger Mood, que justamente con su mood neo soulero, que abreva en diversas influencias, le dio el tono justo para esa primera tarde de festival.
“Es la primera vez que vengo al Lollapalooza. Siempre soñé con venir. Y que la primera vez que viniera fuera a tocar. Y estoy acá con mis brothers. Con mis amigos”, decía Rocío Ricci, la voz cantante de Tiger Mood (no confundir con ningún golfista de éxito mundial).

Poco después, otro mood sonaba en el escenario Samsung. El inclasificable (pero des-clasificable por un público que lo aplaudió con ganas) Guitarricadelafuente, tomó revancha en estas tierras. “Hace tres años vine por primera vez. Tuvimos que hacer un show acústico porque se rompió el sonido y me alegra que estéis otra vez aquí”, dijo. La segunda habrá sido la vencida para Álvaro Lafuente Calvo, el valenciano que trajo a cuestas el repertorio de Spanish Leather, su último disco, y otras perlitas de su repertorio, registrado en su trabajo anterior. Definitivamente, su estilo es un retrato generacional, desde una estética que no tiene banderas (o que las tiene, pero dentro de la península ibérica), con toques que van desde la canción de autor al contexto electrónico y los gestos folklóricos en el rasgueo de su guitarra.
Desde España, Judeline
También desde España llegó Judeline con su electro pop satinado. Fue directo al escenario Flow, para compartir sus canciones y coreografías. Porque llegó enfundada en un outfit tribal de pasarela, acompañada de bailarines y bailarinas. Esa fue su principal arma de seducción. También trajo el recuerdo de su visita anterior, y un jetlag que no tenía tanto que ver con un cambio horario sino con un frío europeo, que en la primera tarde argentina se convirtió en calor intenso.
“Qué calor chiquillo, por dio´?”, decía apenas comenzado su show. “Vengo del pueblo más pequeño del Sur de España, en Andalucía”, graficaba para los que no la conocían. Y para aquellos que la habían visto, recordaba que había venido tres años atrás al festival y había cantado para no más “de cinco”, por eso estaba tan contenta con la multitud que la había acompañado en la tarde del viernes.

En el otro extremo del predio, los neozelandeses de Balu Brigada ponían sobre el escenario Alternative su pop-rock circa principios de este milenio (aunque la banda nació en 2017). Sonido de overdrive de guitarras destilaba el grupo de los hermanos Beasley, cosa que no abunda en estos tiempos; también hubo agradecimientos, estrenos y guiños al público local, con camisetas de la sección argentina, personalizadas con el nombre de la banda y otros detalles. Más suave y amigable fue la propuesta de sus vecinos, Royel Otis, llegados de Australia, para tocar en el escenario Samsung, mientras el público seguía llegado a San Isidro, para el segundo tramo de la primera jornada de festival.

Sonidos urbanos y dos sorpresas para el cierre
El tercer nombre que se hizo presente en el escenario electrónico, el Perry’s Stage, a esta altura todo un símbolo de Lollapalooza, fue el del músico urbano de Sarandí, Little Boogie. Si lo que necesita un festival es que haya sorpresa, que los músicos que se suben a escena se corran de los previsible, LB cumplió con creces con esa consigna. Tocó solo con guitarra “Prohibido” de Callejeros, le pidió al público que trabajara y estudiara para que alcancen sus sueños y cerró con su hit “Compa, lo hicimos”, con dos invitados muy especiales en escena... los luchadores del recordado programa 100 por ciento lucha, Viloni y La Masa.
Un predio más fluido
Al calor de la tarde que marcó las primeras horas del Lollapalooza 2026, los grupos de jóvenes de distintos rincones del país se abrieron paso en el Hipódromo para escuchar a sus artistas favoritos. Abundaron los abanicos, las bandanas, las gorras y los pilusos como complemento de sus cuidados outfits y, claro, como herramientas clave para protegerse del sol.

Mientras que algunos empezaron a hacer base desde temprano para tener un lugar privilegiado cerca del escenario elegido, incluso horas antes del show deseado, otros eligieron recorrer el predio para participar en las distintas activaciones de marcas (que ofrecieron puestos de maquillaje y glitter, un pelotero, experiencias inmersivas, un jackpot, spots para fotos y hasta un juego de baile), comprar comida entre los 50 puestos que integran la oferta gastronómica o adquirir merchandising oficial, a saber: stickers y vasos por cinco mil pesos, medias, pines y botellas por quince mil, llaveros y pósters por veinte, remeras desde cincuenta y hasta ochenta mil, y buzos y camperas por ochenta y noventa mil pesos.

Apenas con un primer vistazo del lugar, los asistentes descubrieron las modificaciones que implementó la organización del festival para esta edición. “Un predio más fluido, con menos caminata y más música” fue la consigna de este año. “El mapa cambió para acompañar el movimiento natural del público y mejorar los tiempos de circulación. Tres de sus cinco escenarios estrenaron ubicaciones estratégicas que permiten ampliar sectores clave”, informaron desde la producción.
De Stranger Things a Lollapalooza
Con un sonido que intercaló psicodelia, riffs de guitarra, sintetizadores retro y espíritu experimental, DJO, el alter ego musical de Joe Keery que se ganó un lugar propio dentro de la escena indie global, trajo uno de los momentos más convocantes de la tarde. Con un look otoñal de gorro de lana, anteojos de sol y campera de cuero, algo discordante con la temperatura que aun reinaba en el predio, el músico encendió los primeros pogos en el escenario Flow y expresó: “Gracias Lollapalooza por traernos a este lugar maravilloso, con la mejor comida del mundo”, en un set en el que sonaron principalmente canciones de su último disco, The Crux, como “Basic Being Basic”, “Charlie’s Garden” y “Delete ya”. Entre remeras de Stranger Things y del “Hellfire Club” -un guiño para quienes vieron la serie-en el público, hacia el final llegó el momento más esperado y celebrado cuando comenzó a sonar su hit viral “End of Beginning”, momento luego del cual una gran parte de la audiencia empezó el “éxodo” hacia el escenario Samsung.
Allí fue el turno de Katseye, la girl band estadounidense que nació bajo el objetivo de formarse como una banda de proyección internacional inspirada en la lógica del K-pop, pero integrada por artistas de distintas nacionalidades, etnias y contextos culturales. Entre coreografías perfectas y un carisma especial, se presentaron una por una ante el público en lo que fue su primera vez desembarcando en Latinoamérica. “¡Al fin estamos acá! Esto es muy personal para mí, tengo raíces latinas”, expresó emocionada Daniela Avanzini, una de sus integrantes, en un perfecto español.

Si una de las novedades de esta edición del festival es que el Kidzapalooza –el espacio destinado a los más chicos- está ubicado en un lugar preferencial, apenas se ingresa por la entrada principal de la Avenida Márquez, la gran particularidad de la primera jornada fue que, el espectáculo principal, no era para niños sino para aquellos que fueron niños.
Piñón Fijo copó Kidzapalooza
Lo explicamos mejor. La agenda del Kidzapalooza tiene cada año una programación que combina actividades recreativas, didácticas y shows. En general, cerca del cierre de su escenario central, cuenta con un artista o grupo de gran trayectoria y mucha prédica en el público infantil. Lo curioso de este año fue que, quien cerró la primera noche, contó con un público mayoritariamente veinteañero y treintañero. Eran pocos los niños que estaban frente al cantante; la mayoría eran fans de todos los tiempos, exniños, que, movidos por la nostalgia, tuvieron la oportunidad para ver a Piñón Fijo. Y no la desperdiciaron.
En plan solista, Piñón, que tiene 37 años de carrera e hizo cantar y bailar a varias generaciones, dio una presentación que alternó el show televisivo con el formato de recital. No faltaron algunos de sus personajes más recordados, como el cabrito, ni esos temas que calaron más hondo en una audiencia que venía de ver a alguna banda indie o electrónica del escenario Perry’s o del Alternative, y antes de seguir hacia las músicas de Turnstile, Danny Ocean o Lorde, hicieron una parada en el túnel de su propio tiempo. El público se amontonó frente al escenario y coreó con los brazos en alto canciones como “Chu chu ua”, “Choique el ñandú”, “Por una ventanita” o “Basta de mamadera”.
Sin reformularse, el show quedó totalmente dedicado, como dice la propia canción, a los que tuvieron su viaje de nostalgia: “A los piñones que crecieron, yo les debo esta vida de payaso”.
La hora de Turnstile
Desde Baltimore, Estados Unidos, Turnstile inauguró su segunda participación en el festival y tercera visita al país con la energía arrolladora y la experiencia catártica de una banda que encuentra en el vivo su ADN y máxima expresión. Con su intensidad punk y su sensibilidad melódica, la banda se convirtió en uno de los nombres clave en la expansión contemporánea del hardcore, extendiendo los límites del género y llevándolo al mainstream.
En lo que fue uno de los sets más frenéticos de la jornada, aportando una dosis de guitarras, distorsión y baterías demoledoras, la electricidad del grupo rápidamente se tradujo en algunos de los moshpits más intensos del día. Una comunión caótica pero festiva que sorprendió también por la diversidad del público, entre adultos que siguen a la banda desde la escena hardcore, jóvenes que llegaron atraídos por su crecimiento reciente e incluso niños acompañados por sus familias. La potencia y la destreza vocal del frontman Brendan Yates se destacaron a lo largo de todo el show, sostenidas por el virtuosismo y la precisión de una banda que en vivo suena compacta, explosiva y profundamente conectada con su audiencia.
Más allá de su faceta más visceral, el show también dejó ver el costado experimental del grupo, que demostró una notable capacidad para construir climas más atmosféricos e íntimos, incorporando texturas que expanden su propuesta sonora. La aparición de percusiones por fuera de la batería tradicional, los cambios bruscos de energía y el uso de sintetizadores aportaron nuevas capas al sonido de la banda, generando momentos de suspensión y profundidad que funcionaron como un respiro dentro del torbellino. Esa dinámica entre caos y contemplación terminó de consolidar un set que se sintió como un viaje sonoro, capaz de alternar entre la descarga física del hardcore y una inmersión etérea.
El repertorio recorrió varios de los momentos más celebrados de Glow On, el álbum que los llevó a una audiencia global, con temas como “Mystery”, “Blackout” y “Holiday”, además de incluir material de Never Enough, su trabajo más reciente, manteniendo al público en un estado de euforia constante de principio a fin.
La vuelta de Lorde
Lorde volvió a la Argentina jugando de local. Con los primeros versos de su tema “Royals”, el público cantó de principio a fin. Un repertorio diseñado entre novedad y grandes éxitos. Porque no hay que olvidar que Lorde estrenó disco a mediados de 2025. Como es su costumbre, se tomó cuatro años entre un álbum y el siguiente. Y lo cierto es que el último, Virgin, es el más introspectivo. Entonces, la clave de un show de escenario festivalero seria poder combinar eso que puede sonar más “para adentro”, con aquellas canciones que desde mediados de la década pasada calaron fuerte en sus seguidores. Y, al parecer, había otro desafío: “Tenemos 77 minutos”, dijo en la primera pausa que hizo para saludar al público (¿Lo entendemos como una queja?).
Depende como lo haya sentido el público. Pero parecieron suficientes. Sus fans gritaban apenas sonaban los primeros acordes de “Perfect Places”. Suspiraban cuando Lorde se quitaba los jeans para dejar su minishort a la vista, al turno de “Currenr Affairs”, y volvía a un gran coro al momento de “Supercut”, o con aquel “crush” de “The Louvre”.
La canción de Lorde sobre un escenario (cualquiera de ellas, en realidad) suele ser ella misma; quizás por eso, con un plano sonoro electrónico y ecualizado siempre del mismo modo, y sin grandes efectos visuales ni pirotécnicos, su propio cuerpo es la clave de toda la performance.
“Gracias, estoy contenta de estar acá”, dijo más adelante. Y habló de aquello, cuando se refirió a lo representa su momento en el escenario. “Me conocen mejor que yo. Creo profundamente en ustedes, Argentina. Un buen preludio para “Liability”, el tema de piano voz y el extenso coro de su público.
Formato inmersivo
El escenario que lleva el nombre del fundador del festival, Perry (por Perry Farrell) y que suele tener programada una artística de música electrónica, urbana y de tendencia, tuvo un rediseño técnico de pantallas circulares y luces envolventes para dar una experiencia visual y sonora de máxima cercanía para los fans de la música urbana y electrónica.
Zona Relax
También hay novedades aquí. “La experiencia también evoluciona en el terreno del bienestar con una nueva Zona de Relax que funciona como un verdadero oasis verde en el corazón del predio, con áreas de sombra y vegetación diseñadas para desconectarse del ritmo intenso y recargar energías sin perder la esencia del festival”, detallaron desde la producción.
En torno a los escenarios principales, se extendió la gran vidriera de locales de comidas, los puestos de las marcas y activaciones, sectores de hidratación y el clásico espacio verde. “Fiel al cuidado del medio ambiente, Lollapalooza continúa impulsando iniciativas y espacios como Espíritu verde, Rock & Recycle y la alianza con Amigos de la Patagonia, promoviendo activamente la reforestación de bosques nativos.

Este año, el programa Rock & Recycle renovó su propuesta con un incentivo imperdible: los participantes podrán participar por un Golden Ticket para acceder a los mejores shows de DF Entertainment durante todo el 2026. Además, Personal marcará un hito en Lollapalooza Argentina: por primera vez en el país, la transmisión del festival será carbono neutral. Para ello se medirá el consumo energético del streaming, el traslado del equipo técnico y el promedio de usuarios conectados a Flow durante los tres días del evento. La huella generada será compensada mediante bonos de carbono certificados provenientes de un parque eólico en Chubut, bajo estándares del organismo internacional Verra".
El mundo de la electrónica
Por segundo año consecutivo, Lollapalooza ofrece la experiencia de El Túnel: “Un club oculto de carácter inmersivo con una estética retrofuturista inspirada en la ciencia ficción de los años 70 y 80. Además, Las Casitas, históricas pistas íntimas dedicadas a figuras emergentes de la escena local que esta edición cuentan con intervenciones artísticas de Damián Linossi, Ainelén Bertotti Burket y Bruno Rodríguez Maraude.
Escultura y arquitectura
Entre las propuestas destacadas de este año, Marta Minujín presentó “Golosina Emocional” y “Escultura de los Sueños Azules”, el estudio de arquitectos Adamo-Faiden hizo lo propio con “Pabellón Woo” y el artista Daniel Basso intervino el espacio con “Lazo Magnético”, su icónica obra a gran escala de merengues y un moño dorado gigante.
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