
La historia musical de Lolita Torres
Igual que ocurrió con Libertad Lamarque, el de Lolita Torres ha terminado siendo un caso más de notable cantante popular no reconocida como tal por culpa del éxito en otras áreas del espectáculo y de la imprecisión de su repertorio. Lo primero que hizo -lo que mejor hacía- fue cantar, comenzando desde muy chica y sin detenerse durante más de medio siglo; también registró una importante cantidad de discos y se escribieron no pocas canciones a su medida, sin embargo el nombre nunca surge espontáneamente en el momento de citar intérpretes de tango, folklore, melodías internacionales u otros de los estilos en los que se movió con legitimidad.
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Una de las causas debe haber sido el género en el que nació como niña prodigio a comienzos de la cuarta década del siglo pasado: la música española hecha en el país para consumo de inmigrantes nostálgicos, una especialidad que tentó a no pocas muchachas argentinas a vestir batas de cola, clavarse peinetones y cantar "La zarzamora". El problema fue cuando el público superó la melancolía, los colmaos quedaron desiertos y hubo que pensar en otros atuendos, canciones distintas y una nueva fisonomía.
Para algunas, como Eladia Blázquez, la mudanza fue algo natural y con consecuencias artísticas muy positivas. Esta talentosa contemporánea de la Torres, que había surgido también en la infancia como "La petit (sic) Imperio Argentina", tuvo una respetable carrera en la copla, y cuando llegó la hora de guardar para siempre las mantillas supo madurar como autora, primero de sensuales slows y posteriormente de los mejores tangos creados por una mujer.
Lolita también advirtió a tiempo que no había futuro en eso de hacerse pasar por española y se volcó al cine transformada en arquetípica colegiala de clase media porteña, caprichosa en una historia, soñadora en la siguiente, irreductiblemente pudorosa siempre. Tenía veintitantos años, pero no le dejaban terminar la secundaria, filmó diecisiete veces la misma película, dirigida por los realizadores más mediocres, rodeada de galanes que parecían ser su tío y declamando tonterías escritas por Abel Santa Cruz.
En tan deslucidos productos, concebidos para llenar bulliciosas salas de barrio con torturantes equipos de sonido, pasaron inadvertidas la apertura musical y la maduración interpretativa con las que intentaba despegarse de la españolada, interpretando "Anahí" en "La niña de fuego", "Caminito" en "Más pobre que una laucha", Gardel y Le Pera en "Un novio para Laura" y Schubert -el "Ave María"- en "La hermosa mentira".
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En los años 70, retirada para siempre del cine, debería haberse producido su valorización como cantante a partir de dos buenos álbumes: un mapa musical de España grabado en Madrid con toda la pompa de esperar en arreglos del Waldo de los Ríos de la época final y "Recital", que la reunió con Ariel Ramírez y Jorge Calandrelli en lo que es el mejor testimonio de su sensibilidad para transmitir letras significativas y también de una especie de impotencia para organizar programas equilibrados.
Injustamente olvidado, el disco mezcla notables piezas de Ramírez y Félix Luna, con "Tango mío" de Fresedo, una danza de Granados, el "Over the rainbow" inmortalizado por Judy Garland y "A mi manera". Lo mismo ocurre con "En concierto", grabado en 1991, donde salta de "La niña de fuego" a "Fragile", de Sting, "Milonga sentimental" y un extenso "El día que me quieras" con Antonio Agri, todo muy bien hecho, pero abrumador y desconcertante en cuanto a selección temática.
Lolita Torres amaba por igual demasiados géneros incompatibles, se pasó la vida interpretándolos muy dignamente, pero sin identificarse con ninguno ni lograr definir una personalidad que la volviera inolvidable, no sólo como gran estrella del entretenimiento familiar, sino también como la interesante cantante que supo ser.
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