
La hora de Marc Antoine Charpentier
"Italia es la verdadera fuente de la música; sin embargo, no pierdo las esperanzas de que algún día los italianos vengan a aprender de nosotros; pero para entonces yo no estaré más en este mundo." Así hablaba el francés Marc-Antoine Charpentier cada vez que algún joven compatriota le pedía consejos para componer. Tranquilamente, los mandaba a Italia. Nacido cerca de París, Charpentier inició allí sus estudios artísticos, tanto de música como de pintura, aunque, dispuesto a dedicarse a esta última, se trasladó a Roma para aprender con los grandes maestros. Pronto cayó sin embargo bajo la fascinación del arte de Carissimi, el creador del oratorio musical latino, y allí eligió su verdadero camino.
Al retornar a Francia alrededor de 1670 empezó a lograr importante reputación en su país como compositor de obras sagradas, lo que le valió la estima de Luis XIV y los sucesivos nombramientos como maestro de capilla de la más prestigiosa iglesia jesuita de París, la Saint-Louis, y luego de la Sainte-Chapelle, donde se mantuvo hasta su muerte, en 1704.
Durante casi dos siglos Charpentier fue un desconocido, hasta que en 1892, haciéndolo surgir de una sombra profunda, se iniciaron los estudios en torno de su vida y obra. Pero faltaban los intérpretes capaces de darle vida, y en ese renacimiento los grandes artífices -ya en los últimos tramos del XX- fueron el director William Christie y su conjunto Les Arts Florissants, cuya denominación procede, justamente, del título de una obra de Charpentier que ellos mismos nos hicieron conocer en Buenos Aires, en 1990.
A tres siglos de su muerte, que se conmemora el martes próximo, Charpentier ha logrado varios de sus sueños. Ante todo, que los italianos aprendieran de los franceses, aunque hubo que esperar bastante tiempo. La segunda conquista consistió en demostrar no sólo que era un grande de la creación sonora sino en haber sabido ganarse el amor y la admiración de los públicos de estas últimas décadas, por sus obras tanto religiosas como profanas. El grupo liderado por Christie, que llegó a la Argentina más de una vez, invitado por Festivales Musicales, ha dejado aquí traducciones memorables de varias de sus obras, entre ellas la pastoral "Acteón". Ojalá algún día nos entreguen aquí, en Buenos Aires, su inigualable versión de la tragedia en cinco actos "Medea", del mismo autor.
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Ahora que, para enorme alegría de todos, conjunto y director retornan en septiembre, invitados por el Mozarteum Argentino para su gran homenaje a Charpentier, vale la pena recordar los 300 años de quien en vida sufrió la persecución de Lully, el dictador indiscutido del teatro lírico francés en tiempos de Luis XIV. En tal sentido la vida de Charpentier aparece llena de sombras provocadas por aquel hombre que fue grande en su arte, pero que tuvo escasos escrúpulos en el momento de eliminar a posibles rivales.
Sintiendo la cercanía de la muerte el propio Charpentier escribió su epitafio, donde confiesa: "La música me dio escasas satisfacciones y en cambio muchas desdichas".
Ahora, y una vez más, la posteridad ha puesto las cosas en su lugar.




