
La lección de piano
Semblanza y anecdotario de un prodigio frente al teclado que iluminó el siglo XX
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El pianista Claudio Arrau fue una de las más eminentes figuras de la música del siglo pasado. Mañana hubiera cumplido cien años, ya que su nacimiento se produjo el 6 de febrero de 1903, en Chillán de Chile.
Fue un niño prodigio de aquellos que aparecen muy de tanto en tanto, porque a la edad de cuatro años, sin haber estudiado música, era capaz de tocar en el piano cualquier tema musical con una armonización completa, y a los cinco -asombra el corto tiempo transcurrido- ya leía perfectamente composiciones de Mozart, Beethoven o Liszt.
Su primera visita
Para tener la dimensión de su genio, basta recordar que en 1911, cuando todavía no había cumplido ocho años, tocó un concierto en Santiago y al poco tiempo viajó a Buenos Aires, en transito para continuar hacia Alemania donde haría uso de una beca de estudios que le otorgó el presidente Pedro Montt.
Pero en aquella jornada de permanencia en Buenos Aires fue recibido en la embajada de su país, donde se dispuso la organización de una reunión social para agasajar al niño y, de paso, para que un conjunto de personalidades de la cultura pudiera escucharlo en un breve recital.
Como fue invitado el crítico musical de LA NACION, las alternativas de aquella noche, incluyendo el recital, fueron comentadas años después en la nota que el mismo testigo escribió el 6 de febrero de 1983, con motivo de celebrarse los ochenta años del artista.
El prestigioso colega escribió: "Siete años de edad, una presencia tan desenvuelta como simpática, una maravillosa ejecución que sorprende no sólo por las dificultades que supera su pequeña mano, sino también por la gracia y la expresión que pone su todavía ingenuo corazón en las obras de un vasto y elevado repertorio, hace de él un prodigio verdadero y una mayor esperanza.
"Al oírle interpretar -continuó el artículo- con ajustada técnica y a primera vista los trozos de los maestro clásicos, al escucharle ejecutar con cuidadoso estilo las piezas de sus compositores predilectos, se experimenta la emoción mezclada de congoja que presenta una vida de trabajo y de gloria..."
Si bien es cierto que la segunda actuación de Claudio Arrau en Buenos Aires fue en 1913, con diez años de edad, se comparte el criterio de Enzo Valenti Ferro, que en su libro "100 años de música en Buenos Aires", donde consigna estos datos, sostiene que fue el año de 1921 el que debe ser considerado el verdadero debut profesional.
Es que en aquel momento ya contaba con dieciocho años, había asimilado enseñanzas superiores de piano y de apreciación musical, había sido ganador del Premio Liszt en 1919 y, fundamentalmente, ya era un experto como solista con grandes orquestas de Alemania, dirigidas por figuras relevantes como Carl Muck y Wilhelm FurtwŠngler, que fueron de los primeros en apreciar las virtudes del joven pianista.
Fue en el Teatro Nacional Cervantes, el 10 de octubre de 1921, esa presentación de Arrau en Buenos Aires, y el programa estuvo conformado por la Sonata N° 18, en Mi bemol Mayor, Op. 31, de Ludwig van Beethoven, los "Estudios sinfónicos", de Robert Schumann, "Reflets dans l´eau", "Voiles" y "Fuex d´artifice", Claude Debussy, "Soneto del Petrarca" y "Vals Mefisto", de Franz Liszt.
Arrau y Buenos Aires
A partir de 1921, el notable artista comienza a desarrollar una historia conmovedora por su vinculación con el público local y la atmósfera de la ciudad.
Sus visitas se producen con llamativa rapidez. Sólo pausas de dos o tres años y nunca más de cuatro; entre 1939 y 1942 se presentó en cuatro temporadas consecutivas y su última visita fue en 1973, después de haber marcado un récord hasta ahora no superado; el de ser el artista que más cantidad de recitales y conciertos con orquesta llevó a cabo en nuestro país.
Claro está que actuó en diferentes escenarios, entre los que se han contado el querido teatro Odeón, escenario de sus primeros grandes éxitos, Cervantes, Opera, Gran Rex y lógicamente el Teatro Colón que lo tuvo en su escenario en más de una docena de temporadas, desde 1930 hasta 1973.
Una anécdota poco conocida
Precisamente en el Colón se vivió un acontecimiento insólito vinculado con Arrau que de alguna manera fue una consecuencia de su maravillosa personalidad. Hombre con un dejo de timidez, un romántico introvertido, solitario pese a su familia conformada por su esposa y tres hijos, dos varones y una mujer y, por sobre todo, una pasión por la lectura y por todas las manifestaciones del arte.
Aquí no es posible dejar de lado aquella tarde en el Colón, cuando mi padre, en ese momento director general del teatro, fue anoticiado de que el maestro Arrau no había entrado por Cerrito y que no se encontraba en el camarín.
El público lentamente ya comenzaba a ubicarse en las localidades y los minutos pasaban con mayor rapidez. Mi padre caminaba por los pasillos, junto al empresario Alfonso de Quesada que representaba al artista. Ambos no podían creer esa ausencia, minutos antes de un recital.
De pronto, cuando ya se había anunciado al público que habría una demora para comenzar el concierto, mi padre como tocado por una varita mágica, dijo; "Vamos en el auto, urgente que venga Pelossi (era el chofer), me voy a buscar a Arrau, que nadie se mueva de la sala", y partió raudo.
Habrían pasado unos veinte minutos y el Arquitecto (así lo llamaban sus colaboradores) entró por Cerrito con amplia sonrisa y con un Arrau del brazo con rostro encendido, sonrosado, serio y mirada vivaz.
Es que en su corazonada mi padre pensó buscarlo entre libros, por la avenida Corrientes, en los revoltijos de viejos y así fue. Olvidado por su inveterada costumbre, Arrau cumplió su rito habitual; hojear y comprar libros, libros y más libros...
De más está decir que el recital fue uno de los acontecimientos de la temporada y la demora por causas que nadie pudo imaginar no llegaron a provocar protestas.
Por otra parte, como en su camarín, Arrau disponía de su clásico jaquet, con corbata plastrón negra con su brillante, pantalón de fantasía gris perla rayado y polainas blancas apenas visibles, pero de indudable elegancia, se demoró muy poco.
El asunto que quedó en el recuerdo de todos los que tuvimos la fortuna de estar en el escenario en esos momentos fue observar la trasfiguración de Claudio Arrau, entre el tiempo de la zozobra y el de la concentración para ofrecer la primera obra musical.
Su habitual ausencia de agresividad, su delicadeza, su voz pausada y respetuosa, la ausencia de divismo, la seguridad en sí mismo, su serenidad por haber sido siempre un perfeccionista, entre otras facetas positivas de su ser, lo protegieron.
Memoria portentosa
Otro aspecto del genio de Arrau se refiere a su memoria, capaz de retener en su mente prácticamente toda la literatura pianística, incluyendo la obra para clave de Johann Sebastian Bach, la obra completa de Beethoven, Frederic Chopin, Robert Schumann y lo que resultó alguna vez excepcional, fue el haber brindado la obra completa para piano de Johannes Brahms, corpus nada sencillo por cierto.
Sin embargo, en una oportunidad, también en el Teatro Colón, ocurrió que al ejecutar los veinticuatro preludios, de Chopin, y cuando le faltaban unos pocos para el final, advirtió que había salteado uno. En ese momento, lejos de entrar en desesperación, el maestro con talento y temple incomparable construyó un intermedio, chopiniano hasta la médula y los dos últimos preludios cerraron el ciclo con normalidad, como si se hubieran escuchado todos.
Reconocimiento francés
Cuando hoy Claudio Arrau continúa a través de sus registros discográficos ocupando el Parnaso de los elegidos del mundo, su arte y su ser están vivos y vigentes. De ahí que en Francia el aniversario es celebrado con la publicación de una biografía de André Tubeuf y una reedición de su legado sonoro, del sello Philips, titulada "Arrau Héritage", que saldrá a la venta durante el año.
Ya se han editado seis CD con la integral de las obras de Liszt y diez con la integral inconclusa de las sonatas de Beethoven grabadas por el pianista en los años 80 y complementadas con "Claro de luna" y "Hammerklavier", de su primera versión para el sello.
Seguirá luego un álbum dedicado a Franz Schubert y Claude Debussy y en marzo, uno con las obras de Frederic Chopin y Johannes Brahms, en mayo y uno en julio, con Johann Sebastian Bach y Robert Schumann.


