
La magia de una artista integral
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Presentación de la cantante y actriz Ute Lemper, con Vana Gierig en piano y teclados, Mark Lambert en guitarra, Gregory Jones en bajo eléctrico y Todd Turkisher en batería. Músico invitado: Pablo Mainetti en bandoneón. En el Coliseo.
Un cono de sombra cae sobre el bandoneón, que arranca con una frase que traza un puente melódico entre Buenos Aires y Berlín. Entonces sale ella de entre las sombras. Relata la historia de una canción como esperanza en medio de la guerra. Corría el año 42 y una canción de tres minutos resultó un oasis en medio del dolor. "Lili Marlene" en su voz recobra ese aire original. Otros son los tiempos pero la música sigue generando un espacio reconfortante tanto ayer como hoy, sesenta y tres años después.
Ute Lemper revalidó en su concierto en Buenos Aires su papel de artista integral. Voz, cuerpo y alma integradas en el escenario. No sólo es cantante, no sólo es actriz; es ambas cosas, y su propuesta evidenció una compenetración absoluta de esas facetas.
Ute tampoco se olvidó de su faz de entretenedora. Será ese origen cercano, esa vivencia herededa de sabe quién del cabaret. La cuestión es que en su concierto jamás olvidó de anteponer el público a su propuesta o, mejor dicho, ambas corrieron por un mismo carril. El hecho artístico contó con una adhesión espontánea e inmediata.
A veces acompañada, a veces a capella, en ocasiones formal, en otras el aroma de vodevil bajaba desde el escenario. Por cierto, un sabor algo olvidado pero que en la artista se actualiza.
Ute encarna ese raro sortilegio de reunir tradición con modernidad. Su intuición, tal vez, la coloca en ese privilegiado lugar de conjugar ambos mundos que suenan genuinos en su voz.
Embarazada de tres meses por su compañero de los tambores, Todd Turkisher, Ute lució espléndida, pero a su modo, sin ataduras a la moda. La artista llevó el escenario del Coliseo a ese Parnaso que tiene como socios a Piazzolla, Brel, Piaff, Brecht y Weill, entre otros. Cada canción que interpretó necesitó de una introducción, de una forma de entrar en el papel, de explicar, de justificar cada composición.
"Balada para mi muerte", de Piazzolla, rebautizada "Buenos Aires" habla de ese deseo del porteño de morir en Buenos Aires. La música liderada por Mainetti sonó profundamente sensual, como Ute misma.
La artista se guardó para ella la dirección artística y aquí podemos convenir en que sabe trabajar sobre sus puntos fuertes, como su amplio registro, su voz plena de matices y dueña de una colocación tímbrica impecable. Su canto, su estilo, sorprenden por su ductilidad; la facilidad con la que aborda cada pieza. Ute cantó sin perder contacto con el público. A través de su repertorio nos introdujo por los bordes de la música de cabaret, el marcial tango alemán, también el porteño, pero estilizado por la genialidad de Piazzolla, la canción francesa, la música árabe y hasta algo de jazz como "Moritat" y sin perder un solo gramo de identidad.
"Amsterdam", de Brel, es otro de los pasos fuertes del concierto. Para Ute, el dolor de la lírica parece suponer una circunstancia, incluso una oportunidad. Homenaje al "Gorrión de París", luego "Oblivion", ambas con Mainetti, para el adiós, y cuatro bises para poder irse al hotel.
Buenos Aires vuelve a su rutina. Ute Lemper le regaló unas horas de su magia. Y a volar, pues lleva en sus alas una preciosa carga que debe ser contada sin dilaciones.
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