
La ópera perdió a dos grandes artistas
Adiós a Simoneau y a Montarsolo
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El tenor canadiense Léopold Simoneau falleció a los 90 años, el 24 de agosto último, en Vancouver, Canadá. Poseedor de una voz de cautivante belleza, fue además un cantante de indudable jerarquía artística como quedó en el recuerdo del público argentino, al formar parte de los elencos de 1956, encarnando a don Octavio en "Don Giovanni", de Mozart, junto a Lisa Della Casa, George London, Birgit Nilsson, Benno Kusche, Emmy Loose y Ricardo Catena, con la dirección de Ferdinand Leitner; y de 1960 como Ferrando en "Cosi fan tutte", también de Mozart, con Nilda Hoffmann, Grace Hoffmann, Eberharth Wächter, Carlos Feller, Olga Chelavine y la misma batuta de Leitner.
Había nacido en Quebec el 3 de mayo de 1916. Su debut se produjo en Montreal en 1943 y dadas sus cualidades de músico de llamativo refinamiento en el fraseo, tanto la Opera de París como los festivales de Aix-en-Provence y Glyndebourne se inclinaron por contarlo como figura exclusiva y casi obligada de las obras de Mozart y el reconocimiento se prolongó en la discografía y en los principales escenarios del mundo, entre los que se cuenta, naturalmente, el Teatro Colón, donde se destacó y marcó un jalón trascendente en su carrera (las ovaciones que recibió después de cada aria constituyeron un éxito significativo, ya que compartió el elenco con brillantes colegas).
Simoneau, a pesar de su amor y comprensión del estilo de Mozart, también fue uno de los más notables intérpretes de "Orfeo", de Glück, obra de la que dejó un registro discográfico con la batuta de Hans Ranbaud, con Susanne Danco y Pierrette Alarie, verdaderamente referencial. En 1953 la Opera de París presentó con su protagonismo el estreno en la ciudad "Luz" de la ópera "Rake s Progress", de Igor Stravinsky.
Un basso buffo inolvidable
Con la muerte de Paolo Montarsolo ha dejado de reír el mundo lírico. Nacido en Nápoles el 16 de marzo de 1934, fue desde el primer momento de su carrera un especialista de los roles buffos , producto de condiciones innatas de gran comediante y una vis cómica contagiosa e inimitable.
Buenos Aires conoció su arte en dos de sus mejores personajes rossinianos: don Magnífico, en "La Cenerentola", de 1979 y Mustafá, de "La italiana en Argel", de 1981, creaciones que provocaron un verdadero delirio de alegría y sonrisas en el público, de las que participaron también sus propios colegas.
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