
La saga de la familia Wagner continúa
La joven es una colegiala extravagante, cómicamente vestida, y escucha una música extraña en su walkman. Su padre es un embaucador que la empuja a la prostitución si el precio es conveniente. Y luego está el hombre transgresor, quien finalmente es asesinado a golpes por skinheads con un bate de béisbol. ¿Se trata de una crónica policial o del argumento de una nueva ópera? De una ópera, pero no nueva. Fue estrenada en 1843 en Dresden, pertenece a Richard Wagner y se llama "El holandés errante", tal como se la vio representada hace unas semanas en el Mainfrankentheater de Würzburg, en Alemania.
"Es importante para mí que la obra refleje hechos del mundo actual", dijo Katharina Wagner, la responsable escénica de la producción. Katharina tiene 24 años; es alta, rubia y linda, y antes de este provocativo contacto con el teatro lírico sólo había actuado como asistente de su padre y por una única vez. Pero, es claro, se trata de la bisnieta del compositor, y su padre, Wolfgang, de 83 años, administrador desde hace más de cincuenta años del festival de Bayreuth, la considera como su legítima sucesora. Casi nada.
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El hecho es que con este golpe de efecto se abre un nuevo capítulo en la larga saga de los Wagner. Hay que recordar que tras la muerte de Richard, en 1883, su viuda Cosima rigió los destinos de Bayreuth, hasta que en 1907 se hizo cargo su hijo Siegfried, seguido tras su muerte, en 1930, por su mujer, la inglesa Winifred, antes de que Wieland y Wolfgang, los nietos del músico, reabrieran en julio de 1951 las puertas del teatro bávaro. "Dejaron de interesarnos los dioses germanos, sólo nos importan los hombres", sentenció Wieland, y cambió el curso de la historia. Muerto este último, su hermano Wolfgang quedó como único heredero de su generación.
En el año 2000, la fundación del festival, recordándole que ya era hora de jubilarse, votó para la sucesión a favor de la hija del primer matrimonio de Wolfgang con Eva Wagner-Pasquier. Pero el patriarca rechazó la elección al considerar que su cargo era de por vida, aunque aprovechó la ocasión para afirmar que Katharina, hija de su segunda mujer, Gudrun, es el único miembro de la familia digno de reemplazarlo.
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Ahora estalló el escándalo, como era de imaginar. Pero entre el ruido de los descontentos se escucharon vibrantes aplausos, entre ellos los del crítico de Die Zeit, quien comparó a Katharina con Brunilda, intérprete de los más íntimos deseos de su padre, Wotan. De alguna manera, aquella convocatoria a una joven delirante, un padre rufián y un amante desdichado modelo 2002 surgiría de las íntimas convicciones estéticas de su bisabuelo: en el mito, en la leyenda, el músico encontraba lo eterno-humano, el hombre en sí, con sus sentimientos más espontáneos, libre de toda atadura o convención histórica. Al apuntar Wagner a esta esencialidad, los régisseurs quedan libres para ofrecer las más dispares interpretaciones de tiempo, lugar y circunstancia. Y Katharina no se quedó atrás, dispuesta a vestirse de valquiria y emprender raudo vuelo, montada en su juvenil imaginación y fantasía.
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