
La sonata y sus continuadoras
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La sonata barroca, en sus diferentes variantes, desapareció hacia 1750 (ver LA NACION, 14/6/2006). Sin embargo, el término "sonata" sobrevivió y comenzó a ser aplicado a una nueva forma musical aparecida de la mano de los compositores clásicos. Desde aquel tiempo, y hasta la actualidad, una sonata pasó a ser una obra para uno o dos instrumentos en varios movimientos. Así, hubo sonatas para piano, para guitarra, para chelo y piano, o para violín y guitarra. Pero cuando los instrumentos sumaban más de un par, las obras, aunque tuvieran el mismo formato, eran denominadas tríos, cuartetos, etc. Si bien en los comienzos la sonata clásica podía tener sólo dos movimientos, lo habitual fue que se estructuraran en tres o cuatro, cada uno de ellos con un perfil característico. Las primeras sonatas clásicas importantes fueron las que Haydn compuso para piano. Luego llegó Mozart, con un importantísimo corpus de sonatas para piano y para violín y piano. Por último, Beethoven aportó varias colecciones insuperables, las treinta y dos sonatas para piano, las diez para violín y piano y las cinco para chelo y piano. Entre las más conocidas de las primeras están las sonatas "Claro de luna", "La tempestad", "Appassionata" y "Patética". Entre las segundas, "La primavera" y la "Kreutzer". Por lo demás, es necesario recordar que ninguno de todos estos títulos agregados es original de Beethoven.
Los compositores románticos alteraron los planteos formales y hubo sonatas en cuatro movimientos, como las de Chopin, Franck o Brahms, o una sonata monumental en un solo movimiento como la que Liszt escribió para piano, entre 1852 y 1853. En el siglo XX, con mayores o menores modificaciones, la sonata para uno o dos instrumentos siguió con vida y compositores como Prokofiev, Bartók, Alban Berg o Poulenc dejaron páginas memorables. Pero así como Domenico Scarlatti se había apartado de las típicas sonatas barrocas, en los comienzos del siglo, tal vez como precursores de las rupturas que caracterizarían a la música de la pasada centuria, hubo dos compositores que produjeron sonatas extrañas. El primero de ellos fue Alexander Scriabin con sus originalísimas sonatas para piano en un solo movimiento. El otro fue Debussy, con sus postreras y proyectadas sonatas para tres o más instrumentos de las cuales sólo alcanzó a concluir, en 1915, la Sonata para flauta, viola y arpa.



