"Las Indias galantes"
Brillante puesta en el Teatro Colón
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"Las Indias galantes" , ópera-ballet de Jean-Philippe Rameau, en versión de concierto con puesta en el espacio. Elenco: Isabelle Poulenard, Alejandro Di Nardo, Silvina Sadoly, Alejandro Meerapfel, Graciela Oddone, Carlos Ullán, Lucas Debevec Mayer, Pablo Pollitzer, Cristián Carrasco, Marie-Louise Duthoit, Anahí Scharovsky, Mónica Capra, Nahuel Di Pierro y Rubén Martínez. Orquesta Cisplatina y Coro Capella Cisplatina. Puesta en el espacio: Alejandro Cervera. Dirección: Gabriel Garrido. Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente
Muy poca gente en el Colón para asistir a la primera audición en la historia del teatro de "Las Indias galantes". Entre suspensiones, postergaciones y decisiones musicales y teatrales rodeadas de dudas y misterios, razones para tanta ausencia no faltaron. Además, una lluvia pegajosa puso el peor marco para la ocasión y ayudó a que los indecisos decidieran emprender otro camino. En definitiva, una situación impropia para una noche de intensa belleza musical y visual, con un estreno que superó largamente las expectativas.
La tan anunciada versión de concierto en conferencia de prensa no fue tal. Entre Garrido y Cervera pergeñaron un espectáculo con el acento puesto en la utilización del espacio, tanto para la generación de un tipo particular de sonido como para que, en lo teatral, hubiera distintas situaciones y territorios. El amplísimo escenario, sin divisiones explícitas, estaba, sin embargo, claramente sectorializado por un pequeño mobiliario -esencialmente, sillones antiguos, con un tapizado de un bermellón estampado un tanto desteñido- y por funciones asignadas.
La orquesta estaba en el foso, más elevado que lo habitual, con diferentes alturas, visible desde la platea. El coro fue dividido y ubicado en sillas y sillones ordenados sobre gradas a ambos lados de la boca del escenario, encerrando un pequeño espacio para la acción, casi un salón hogareño, en el cual sólo había otros sillones y una mesita y al cual acudían los solistas, cada uno en su respectivo acto o momento. Atrás, lejos, casi un banco de suplentes desde donde salir al ruedo, sentados, caminando, intercambiando posiciones, muy difusamente, estaban los cantantes. Y toda la amplitud del escenario rodeado de un negro impenetrable, a veces, matizado por un humo blanco muy tenue. El negro también dominó el vestuario de los solistas y de los cantantes del coro, aunque sin ninguna uniformidad. Formales, deportivos, sencillos, juveniles o festivos, hubo remeras, camperas, camisas, pulóveres, fracs, vestidos de gala y de entrecasa, sacos y chalecos. Y, por supuesto, hubo música, de la mejor y muy bien interpretada.
En la reducción de la partitura para esta particularísima versión de concierto, Gabriel Garrido optó por eliminar números de danza, pasajes corales y hasta algunas escenas, con personajes incluidos (Tacmas, en la tercera entrada, "Las flores", por ejemplo, se quedó sin su confidente Ali) sin que la acción se resienta mayormente y sin que se pudieran percibir enlaces poco felices. Además, la contundencia de su dirección terminó por despejar cualquier incertidumbre. Con movimientos muy ampulosos condujo a músicos, coro y solistas con gran eficiencia y una musicalidad superlativa.
Garrido demuestra una singular habilidad para lograr una sincronía general y un ajuste impecable sin atenerse a ninguna marcación rígida, logrando concretar una ejecución con los cambios de matices y de tempi más sutiles, con fraseos delicados y con intenciones dramáticas plenamente conseguidas. Los balances entre orquesta y solistas estuvieron muy cuidados y fueron pocos los momentos en los cuales algún cantante no pudo hacer oír su voz, aunque esto no fue responsabilidad del director.
Muy buen nivel
Entre éstos, y dentro de un muy buen nivel general, hubo, sin embargo, dos cantantes que sobresalieron por sus cualidades vocales y por un canto de excelencia indiscutible. Las dos sopranos francesas, Isabelle Poulenard y Marie-Louise Duthoit, construyeron sus personajes con grandes actuaciones, mucha música y, en definitiva, ofreciendo la mejor lección sobre cómo se debe cantar el tardío barroco francés. Sin enumerar a cada uno del resto, también se destacaron Carlos Ullán, Cristián Carrasco, Graciela Oddone, Nahuel Di Pierro y Rubén Martínez.
Por último, hay que reconocer que no todo fue perfecto de perfección absoluta. Las ingobernables trompetas barrocas fueron exactamente eso, al fagotista se le escapó una nota final demasiado solitaria, y hasta el tempo escogido por Garrido para la "Danza de los salvajes" del último acto pareció exageradamente rápido. Pero los conceptos musicales y estéticos generales fueron totalmente compartibles y disfrutables, del mismo modo que no se puede dejar de reiterar lo acertado y atractivo del componente visual aportado por Cervera. En este sentido, con este antecedente, cuando la ópera sea ofrecida completa en 2003, no será sencilla la tarea de Alfredo Arias, el regisseur a futuro.
Versión extraña de concierto y no de ópera tradicional, sobre el final, los aplausos lograron que Garrido ofreciera, fuera de programa, nuevamente la "Chacona" y la "Danza de la gran pipa de la paz" con el dúo y el coro agregados. A la salida, no había lluvia ni humedad que pudieran dispersar los placeres recibidos. Es de esperar que, para las dos funciones restantes, que se realizarán mañana y pasado mañana, con entradas entre 5 y 15 pesos, mucho público acuda al Colón para otorgarle a este espectáculo el mejor marco posible, el que se merece.



