
Las invasiones inglesas
No es cuestión de asustarse. Esta vez nos llega un aluvión de gente de paz, son músicos y, para mejor, de condición profesional óptima. Porque el hecho es que Inglaterra, en estos días, está de temporada en Buenos Aires. Y no porque se haya estrenado un título de Rossini que alude a la primera Isabel de su historia, porque en realidad, si nos atenemos a la ópera, de música de "Inghilterra", ¡nada! Pero en cambio esta nueva invasión inglesa comenzó hace unas semanas con los dos conciertos de la BBC de Londres para el Mozarteum Argentino, dos presentaciones arrolladoras que nos dejaron sin aliento, tan cerca de la perfección están, tan lejos de la rutina y el desgano.
Y luego está otra vez con nosotros un viejo conocido de Buenos Aires, Steuart Bedford, un director que desde su aparición en el Colón en 1978 ha dejado huellas profundas en el curso de varias temporadas, sea con el estreno de "Peter Grimes" de Britten, o con Holst y sus Planetas o Elgar con su Primera sinfonía y "El sueño de Geroncio". Y es con la Tercera Sinfonía de Vaughan Williams con la que reaparece esta noche Bedford, en el ciclo de la Filarmónica, antes de revelarnos, dentro de doce días, "Muerte en Venecia" de Britten, que él mismo estrenó en 1973. Es que, íntimamente ligado a los festivales de Aldeburgh, así como al English Opera Groupe, uno y otro creados por Britten, Bedford forma parte de la gran historia de la música inglesa de los últimos cuarenta años.
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Cuatro décadas, justamente, en las que la creación sonora de ese país pudo movilizarse para buscar su lugar en el mundo, cuando muchos veían a esa nación como la pariente pobre de la gran familia musical europea.
Hubo que esperar la llegada de la corriente historicista para que el siglo XX tomara conciencia de que Inglaterra tuvo épocas de gloria, ya en el final del Medievo y la temprana polifonía, pero sobre todo con el brillante florecimiento instrumental y vocal de los músicos isabelinos y sus directos descendientes, antes de ingresar, y excepción hecha de Purcell, en una zona oscura y silenciosa. Hasta que aparecieron los Elgar, Delius, Ireland, Holst, Bridge, Bax, Walton, Lambert, Tippet... antes del ascenso de Benjamin Britten, que arrasó. Pero atrás quedaba una figura consular, con la que nos encontraremos esta noche, la de Ralph Vaughan Williams, que perteneció a esa estirpe dispuesta a echar por tierra el mito de que Inglaterra es "un país sin música".
Y para desmentirlo, no sólo escribió en sus ochenta y seis años de vida, que se apagó en 1958, una cantidad impresionante de obras, entre ellas nueve sinfonías y seis óperas, a veces, es cierto, influidas por sus maestros Max Bruch y Maurice Ravel.
Convencido, como dijo él mismo, de que "el arte y la caridad deben comenzar por casa", Vaughan Williams realizó una fenomenal tarea científica, como recopilador de las viejas fuentes sonoras inglesas, desde su cargo de presidente del English Folk Dance and Song Society, lo que le permitió probar ante el mundo que su amada Inglaterra "es un país que canta". Y tenemos sobradas razones para creerle.
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