Lavandera y un gran homenaje a Mozart

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19 de agosto de 2006  

Concierto en homenaje a Mozart por el pianista Horacio Lavandera e integrantes de la Orquesta Sinfónica Nacional, con la conducción de Pedro Ignacio Calderón, perteneciente al ciclo Nuova Harmonia. En el Teatro Coliseo.

Nuestra opinión: muy bueno

Una audición rica en expresiones musicales resultó ser el último concierto del ciclo Harmonia, a cargo del pianista Horacio Lavandera y de la Sinfónica Nacional, con la batuta de Pedro Ignacio Calderón.

La aparición de Lavandera en la primera parte del concierto dio testimonios de un pianista en vías de una madurez interpretativa apreciable, atravesada ya la etapa en la que dio muestras cabales de la facilidad con que puede abordar obras de considerable complejidad técnica con singular destreza. El joven pianista es hoy una personalidad que amplía sus horizontes musicales creativamente, no sólo apelando a obras contemporáneas, tal como se pudo apreciar una vez finalizado el concierto cuando añadió una deslumbrante tocata del joven compositor Esteban Benzecry, después de un nocturno de Chopin.

Lavandera demostró que, asimismo, puede frecuentar con holgura el repertorio pianístico tradicional, en esta oportunidad con obras de Mozart. Para comenzar, en las Nueve variaciones sobre un minué de Duport puso en evidencia un sonido depurado, suma pulcritud en las ornamentaciones y especial disposición para alcanzar el encanto expresivo que cada una de ellas encierra.

Con idéntica soltura y contralor de sus medios técnicos y expresivos abordó una de las sonatas "parisienses" de Mozart, la N° 12 en Fa mayor K. 332, obra que figura entre las más personales que produjo su genio cuando atravesaba una etapa crítica de su existencia. Musicalmente, su escritura pianística se torna más compleja, apela a efectos orquestales, a un tono patético y a la búsqueda de contrastes expresivos, reflejo quizá de la pugna entre sentimientos opuestos, a los que Lavandera dio cabida con propiedad expositiva. Hubo en todo momento coherencia conceptual, lo cual dio interés musical al discurso; con intensidad expresiva abordó el fraseo del adagio y con brillante despliegue el allegro assai final, cuya movilidad pletórica puso en riesgo el equilibrio y la perfección clásicos a los que, precisamente, había llegado Mozart en esa etapa de su vida.

La actuación de los músicos de la Sinfónica en la segunda parte del concierto ofreció un digno marco, con la dirección de Calderón, con la obertura de "La clemencia de Tito". Hubo respuestas precisas por parte de cada sector instrumental; la sonoridad general estuvo bien calibrada y hubo equilibrio dinámico, bellos solos instrumentales y ritmo pujante. La reaparición de Lavandera en escena con el Concierto en La mayor K. 488 permitía, pues, suponer una complementación ideal. Y así fue. El equilibrio alcanzado entre el solista y la orquesta fue perfecto. El allegro fue dicho con persuasiva nobleza, con brillantes despliegues virtuosísticos, buenos acoples con las cuerdas y las maderas, finos contrapuntos con el clarinete y ritornelos orquestales bien dosificados. En el adagio central , de particularísima factura instrumental, Mozart hace "cantar" al piano, en un discurso ligado que se habría beneficiado de suavizar el pianista su articulación. El allegro assai fue la expresión gozosa, rotunda y vivaz de la alegría mozartiana que logró entusiasta aprobación general.

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