
Lucio Mantel y sus confines, en la Usina del Arte
El músico cierra el año de shows esta noche, con un gran concierto en la sala de La Boca
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Lucio Mantel despide el año con todo. Apoyado por la Orquesta Confín se presentará esta noche, a las 21, en La Usina del Arte (Caffarena 1, esquina Pedro de Mendoza, en La Boca) con entrada gratuita (se entregan hasta dos por persona dos horas antes de la función). La idea es revivir buena parte del rico repertorio de ese álbum que contó con unos cuantos invitados ilustres (Fito Páez, Gillespi, Sebastián Schachtel, Axel Krigyer) y que le permitió a Mantel girar por gran parte de la Argentina (Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Tucumán, Salta, Chubut), México, Uruguay y Puerto Rico. "Vamos a a tocar canciones de todos los discos y también alguna rareza -revela Mantel-. Pero de alguna manera los temas viejos tendrán el tratamiento sonoro que estamos trabajando en esta etapa, el que proviene de Confín. Hay una base con guitarra acústica, guitarra eléctrica, bajo/contrabajo y batería a la que suma una orquesta con un cuarteto de cuerdas, una sección de dos trombones y una tuba y algunos otros instrumentos ejecutados por invitados especiales".
¿Cómo sentís que evolucionaste desde tu primer disco, Nictógrafo (2008), hasta hoy como cantante y guitarrista?
-No creo que hoy toque mejor que en ese entonces. Tal vez toque un poco peor, porque no tuve tanto el foco puesto en la guitarra. De hecho Confín fue compuesto desde el canto. El instrumento tiene su lenguaje, que es condicionante. Y para componer necesito tener una mirada que se salga un poco de los límites que impone la guitarra. Compuse cantando por la calle, o tocando mal el piano, para tener otra forma de encarar las cosas.
-¿Valorás el virtuosismo en un músico o te parece un detalle irrelevante?
-Para mí,un instrumento, como su nombre lo indica, es una herramienta. La habilidad como un fin en sí mismo me parece la nada. No suelo escuchar instrumentistas. Veo que muchos colegas están pendientes de los discos de tal o cual guitarrista y a mí, no sé por qué, no me atraen en absoluto. Salvo excepciones, me aburren. Me interesan mucho más los compositores. Me vuela la peluca mil veces más un temazo de Björk o de Chico Buarque que cualquier disco de Pat Metheny. Me apasiona sobre todo la canción. Es en lo que pienso todo el tiempo. Igual, por otro lado, está bueno que, si te dedicás a la música, puedas tocar un poco, que no tengas una limitación física para llevar a tu instrumento algo que se parezca a lo que se te aparece en la cabeza. Pero la velocidad es algo más del atletismo que de la música. Y hay muchísima gente que toca técnicamente mal, digamos, y me conmueve totalmente.
-¿Cambió mucho la manera de trabajar para un músico desde que empezaste hasta hoy, con el auge de las redes sociales y las ediciones independientes, la baja en la venta de discos, las diferentes maneras de distribución, etcétera?
-Lo más difícil para nuestra generación es el choque entre el paradigma con el que crecimos con la realidad actual. Puede ser frustrante ser músico si pensás en los parámetros viejos y te la das contra los nuevos. Todo cambió mucho. Hace poco, cuando estaba de gira por Puerto Rico, alguien me contaba que en los últimos diez años en el mundo se produjeron más contenidos que en toda la historia. No sé si será cierto, pero sí creo que esa idea ilustra estos tiempos. Todo el mundo está haciendo música. Eso no es ni bueno ni malo, pero es muy distinto a la situación cultural que nos crió como compositores y oyentes. Supongo que es más entretenida la búsqueda, y a la vez más superficial la escucha. Tal vez ahí esté el gran desafío para un compositor. Cómo darle algo profundo a alguien que tiene apenas veinte segundos para dedicarle a tu música. Se hace difícil imaginar cómo escucharemos música en el futuro. El panorama es tan distinto que es difícil saber si es alentador o no. Creo que a la distancia lo entenderemos mejor.
-¿Qué artista que hayas escuchado últimamente se te ha revelado como un gran descubrimiento?
-Uff, nunca sé por donde empezar a responder esas preguntas, y siempre me pasa que después pienso “me olvidé de nombrar a X"… Me gustó mucho el último disco de Marina Fages. En México grabé en el disco de la mendocina Mariana Parawäy que no está terminado, pero me encantó lo que escuché. En los últimos años estuve escuchando mucho a Johana Newsom y a Chili Gonzales. Y estoy flasheado con una obra de Max Richter que me hizo conocer Alejandro Terán: se llama Sleep, dura ocho horas y acompaña todas las fases del sueño.
-¿Recordás tu primer contacto con la música?
-Siempre me acuerdo mucho de la euforia que tenía cuando en casa sonaba el vinilo que tenía "She Loves You" de Los Beatles. De lo que sonaba en casa recuerdo ese disco, uno de Serrat, uno de Pipo Pescador y el de Almendra. Tenía un piano de juguete que me regalaron y que no podía soltar. También jugaba con la guitarra en casa, pero mi instrumento era el piano. Después conocí al kiosquero de la esquina de casa, que tocaba la guitarra súper bien. Y quise tocar como él. Me pasé a la guitarra, me puse a estudiar con él, que me daba las clases en el kiosko. Al mes tocaba mejor la guitarra que el piano, era mi instrumento, sin dudas. Hoy sigo siendo amigo de Coco, que ya no es kiosquero.




