Maxim Vengerov: virtuosismo y emoción
El violinista refrendó sus muchos pergaminos en su regreso a la actividad plena, en el Colón y con un coequipier de lujo, el pianista Roustem Saitkoulov
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Recital de Maxim Vengerov, violín; Roustem Saitkoulov, piano.Programa: Schubert: Sonata en La mayor, D.574, “Gran dúo”; Beethoven: Sonata para violín y piano N°7, “Heroica”; Ravel: Sonata para violín y piano en Sol mayor; Ernst: Variaciones sobre La última rosa del verano; Paganini: Cantabile en Re mayor, op.17 e I palpiti, variaciones sobre un tema de Rossini, op.13. Mozarteum Argentino. Teatro Colón
Nuestra opinión: excelente
En su regreso a la actividad plena, Maxim Vengerov demostró que nada de aquello que había maravillado al mundo se ha perdido sino que, por el contrario, parece haber encontrado un nuevo modo de manifestación, ciertamente, más interesante, más completo y, a su manera, más musical. Después del silencio de varios años que se autoimpuso y que comenzó a disolverse hace menos de un trienio, afortunadamente, el gran violinista ruso está de vuelta.
El programa del primer recital que ofreció en el Colón para el Mozarteum, presentó dos secciones bien diferenciadas. En el comienzo, tres sonatas para violín y piano y, en el final, tres piezas de virtuosismo, un tipo de repertorio que no es habitual en la actualidad pero que, hace algunas décadas, no sólo que era frecuente sino que, con sus formatos y contenidos conocidos, tenía un público muy vasto que lo esperaba ansioso. Si bien para este tipo de repertorio es esencial un violinista, precisamente, virtuoso, para las sonatas son necesarios dos músicos en pie de igualdad. En este sentido, Vengerov vino provisto de un estupendo pianista de cámara, el también ruso Roustem Saitkoulov. En las tres sonatas que interpretaron, hubo equivalencias técnicas y exhibieron una íntima comunidad de ideas e intenciones. Por supuesto, a la hora del reparto de elogios y alabanzas, los aplausos deberían ir tanto para el consagrado Vengerov como para el desconocido Saitkoulov.

Un detalle cardinal fue que el piano no tenía su caja completamente abierta sino sólo hasta la mitad. Si bien los pianistas gustan de poder expresar sus aportes con el instrumento en todo su potencial, para el buen equilibrio de la música de cámara, en función de las obras escogidas, esta decisión es capital. Ninguna de las tres sonatas del programa alcanza esos ribetes de alta emocionalidad romántica o de alto voltaje trágico sino que, clásicas dos de ellas y neoclásica la otra, requieren de otro tipo de sonido y de elaboraciones interpretativas precisas. Y Vengerov, que no tuvo que combatir contra la sonoridad omnipresente del piano, pudo mostrar infinitos matices, fraseos y delicadezas sin tener que exigirse para sobreponerse a la reconocida plenitud de un piano de gran cola.
Con rigor estilístico y conocimiento de obras, Vengerov y Saitkoulov ofrecieron una versión inmejorable de la Sonata “Gran dúo”, de Schubert. Con el sonido mágico y envolvente del violinista y las certezas de un toque clásico y expresivo a la vez del pianista, el Schubert juvenil y prerromántico emergió invicto y atractivo. Frente a Beethoven, ya haciendo ambos gala de un despliegue técnico admirable, aplicaron otra sonoridad y otra actitud. Dado que la Sonata N°7 de Beethoven no presenta los arranques fogosos y volcánicos de la “Sonata Kreutzer”, los músicos no apelaron a vehemencias que hubieran desvirtuado los contenidos de una sonata intensa pero todavía aferrada a formatos y emocionalidades clásicas.
No pareció que el toque demasiado etéreo y brumoso de Saitkoulov fuera el más apropiado para el primer movimiento de la Sonata en Sol mayor de Ravel, una obra detallista y de precisiones, muy posterior a los ocasionales intentos impresionistas de Ravel. Pero luego de los empastes y las nebulosas, la obra se encaminó victoriosa en el segundo movimiento, ese “Blues” que Ravel escribió con fantasía y que Vengerov interpretó con maestría. Incorporó sonidos no temperados, arrastres expresivos y acentuaciones sumamente pertinentes. Por último, a pura claridad, todo desembocó en un tercer movimiento velocísimo y arrasador.
Por último, con tres obras de virtuosismo, Vengerov demostró que es un violinista impactante. En todas ellas, las variaciones para violín solo de Heinrich Ernst y las dos de Paganini, Vengerov ofreció un muestrario absolutamente completo de cuanta pirotecnia se puede hacer brotar de un arco y una mano izquierda. Pero no fue sólo una muestra fenomenal de dificultades extremas. Como fuere, y tal vez él sea el único que puede hacerlo, a pesar de los mil demonios a enfrentar y derrotar, el hombre no se olvidó de traer a colación musicalidad, lirismo y arte.
Fuera de programa, el show de virtuosismo continuó con dos piezas de Fritz Kreisler hasta que, por suerte, Vengerov decidió que ya había sido mucho el virtuosismo y trajo la bellísima Vocalise, de Rachmaninov, para volver a los cauces de la poesía y el mejor refinamiento. Por último, una última muestra final de pirotecnia llegó con la Danza húngara N°5, de Brahms, por supuesto, tocada a la velocidad de la luz.
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