
Melodías desde la cuna
Si está comprobado, como sostenía el gran músico y educador húngaro Zoltan Kodaly, que la formación de la sensibilidad estética comienza en el período de gestación, es decir, en el vientre de la madre, cabe preguntarse qué es del oído musical de nuestros hijos y qué será del de su descendencia, sean niños o adolescentes.
En un mundo tan loco como el que nos toca vivir, donde la música ha invadido todos los espacios imaginables (consultorios médicos, estudios de abogados, colectivos, subtes, aeropuertos, supermercados, paseos públicos...) hasta convertirse en verdadera tortura para el oído; donde la radio, la televisión y los equipos de música junto al disco compacto han ocupado cada hogar, ¿qué sonidos percibe hoy cada embrión humano durante los nueve meses del embarazo?
¿Tienen nuestras madres tiempo, espacio y capacidad de elegir para dedicarse a escuchar buena música y preservarse de la polución sonora? ¿Han pensado alguna vez nuestros obstetras en aconsejar a las embarazadas escuchar música eufónica que eduque la sensibilidad y percepción de su criatura por nacer?
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Algunos científicos han podido verificar los efectos de la música en las plantas. Hasta se ha llegado a sostener que el rock, por ejemplo, produce en ellas efectos nocivos, en contraposición con la satisfacción y el placer que les depara la música de Mozart.
Si en las plantas se da tal respuesta, cabe inferir que en el ser humano en gestación se multiplica hasta niveles inimaginables y se prolonga en la niñez y en la adolescencia, que son los tiempos de formación del individuo.
Sin duda, la música que prolifera en el ambiente es la popular, ya que la música clásica es entre nosotros, masivamente, una convidada de piedra.
La mala música -que abunda y sienta sus reales tanto como la corrupción o la insensibilidad- puede producir secuelas nefastas en una sociedad. Sobre todo si aquel feto, aquel niño o aquel joven han recibido su maléfica influencia. De allí que, cuando asumen funciones públicas o privadas, suelen obstruir -aun sin darse cuenta- la misión cultural de formar, elevar y enriquecer el espíritu del ser humano. Hay, incluso, funcionarios culturales aficionados al rock que han menospreciado la música clásica en todos sus aspectos. Sin duda les han faltado la formación y los estímulos estéticos adecuados. Y el resultado de tales carencias se ha trasladado a toda una gestión. Nuestras madres deberían saber que son ellas las primeras en dispensar belleza al hijo y al mundo.
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