
Michel Camino, el gran pianista del latin jazz
El músico conquistó al público ecuatoriano con dos actuaciones; una con la Banda Sinfónica, otra con su trío
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QUITO.- Es tarde y la zona histórica está desierta, los negocios cerrados y los monumentos, iluminados con tenues luces naranjas, parecen brillar con el esplendor de siglos pasados. La escena parece cinematográfica. El pianista Michel Camilo y sus músicos, parados en una esquina, contemplan absortos los edificios de estilo colonial y escudriñan cada recoveco del frente de la Iglesia de San Francisco, que se levanta sobre las ruinas de lo que fue el imperio inca. Por unos instantes, parecen olvidarse de la ovación de varios minutos que recibieron en el Teatro Sucre, la intensidad del concierto de dos horas que acababan de dar en el Ecuador Jazz 2015. Hasta se olvidan que les quedan sólo cuatro horas para regresar al hotel, preparar valijas, recostarse unos minutos y tomar el vuelo de regreso a Nueva York.
"No te podías ir sin conocer esto", le dice Chía Patiño, la directora de la Fundación del Teatro Sucre, invitándolo a entrar a La Compañía, el monasterio y la iglesia de la orden jesuítica, ejemplo máximo del arte barroco quiteño que tardó casi dos siglos en construirse. Una pequeña puerta del convento se abre y los músicos entran por la parte de atrás del complejo jesuítico, en silencio, guiados por el sereno. Después de pasar por habitaciones con pinturas de santos, restos santificados en vitrinas y espacios más austeros con imágenes de vírgenes, se sale a la nave principal de la iglesia.
"Esto es asombroso", musita Michel Camilo, el prodigioso pianista de latin jazz. La primera impresión es impactante. Las paredes, las columnas, la bóveda del techo y su retablo mayor están laminadas con el oro que los primeros conquistadores españoles nunca se pudieron llevar del imperio inca y que los jesuitas conservaron en este espacio brillante y opulento. El grupo de músicos queda paralizado frente al espectáculo, es casi la misma fascinación que ellos generaron a su paso por el festival.
A los melómanos ecuatorianos les gusta usar la expresión "Michel Camilo rompe pianos cuando toca". Tanto fue el fervor que despertó el año pasado que el festival volvió a invitarlo ahora con el trío que integran Lincoln Goines, en contrabajo, y Mark Walke, en batería. También actuó al frente de la Banda Sinfónica Metropolitana.
En vivo, Michel Camilo combina swing jazzero, frescura caribeña y la destreza clásica de quien fue niño prodigio. Él resume buena parte de la visión latina del jazz; puede pasar de una atmósfera dramática, a la cadencia del son y del melodismo a la intensidad rítmica que lleva a su batero a comportarse, por momentos, como el estudiante protagonista de la película Whiplash. Hay tumbao y bebop, y el chachachá puede mezclarse con el jazz con total naturalidad, como lo hicieron los maestros de los que aprendió y de los cuales cuenta historias: Machito, Chico O'Farrell, Ray Barreto y el Congo Santa María. Puede comportarse como un Jerry Lee Lewis azotando el piano sin piedad con las dos manos. Es como un prestidigitador. Y a pesar de la velocidad y la técnica, lo que impresiona es ese color solar que le pone a cada nota y acorde, que enloquece a quien lo escucha. Su baterista también asombra, con sus solos, aporreando el redoblante, recorriendo los platillos, creando cortes imposibles, y su contrabajista acompaña con solidez esos juegos de improvisación. La gente no puede esperar a que terminen los solos y aúlla varias veces en el medio de cada improvisación.
"Al piano lo dejó con reuma", bromea al final del show un músico local. Camino lo pasó tan bien que quiere volver. Por eso, cuando contemplaba más tarde la obra jesuítica, confesaba pícaro que había ido a buscar la bendición. A ver si los santitos lo ayudan a volver.
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