
Miles Davis, el músico eterno
Murió hace casi una década y hoy cumpliría 75 años, pero su obra sigue siendo un modelo para muchísimos artistas
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Cumpliría hoy 75 años el trompetista Miles Dewey Davis III, que murió el 28 de septiembre de 1991, es decir, hace casi diez años. Convertido con el paso del tiempo en una suerte de monstruo sagrado, el misterioso magnetismo de este genio musical durante los casi cincuenta años de su carrera despertó en el gran público un interés creciente hacia el jazz. Intuitivo y de confianza ilimitada respecto de sus gustos, este artista logró liderar cada cambio estilístico por los que atravesó el género. Comenzó a hacerse conocido en la primavera del bebop, refrescándose con el cool jazz, al que le dio su toque más personal. Cruzó después por el tórrido hard bop, vivió en las adyacencias del free durante una parte de los sesenta y encabezó el jazz sometido al electroshock a fines de esa década; en cada uno de estos períodos, su trompeta fue uno de los guías en el camino.
Nadie como Davis hizo corresponder las edades artísticas de su desarrollo estilístico con las estaciones del jazz, a las que le aportó su atmósfera, color y significado. Fue el músico más evolutivo entre los grandes creadores de la música afroamericana, con una extraordinaria capacidad para captar, seguir o incluso anticiparse a los cambios estéticos, a los que llegó con evidente desapego por la actitudes nostálgicas, virtud que contrastaría con ese profundo respeto por las fuentes. Davis solía decir: "Toco como un predicador". Lo era, pero no estrictamente del jazz, sino del espíritu creativo.
Falsas ideas
Davis, nacido en Alton, Illinois, es uno de los músicos que quebraron con esa falsa idea de que la gente del jazz es más creativa si ha tenido una infancia pobre y atormentada. Hijo de un dentista de clase media, vivió en el barrio East Saint Louis, de mayoría blanca. No le faltaba nada, pero es verdad que algo tuvo que sufrir: en su autobiografía cuenta que su primer recuerdo de infancia era el de estar corriendo perseguido por un niño blanco que le gritaba "negro sucio".
Tiempo después las teorías sobre el orgullo de la raza, sostenidas por Marcus Garvey -de quien su padre, Miles Dewey Davis II, era seguidor entusiasta-, calarían profundamente en su ánimo, al punto de que llegó a ser un sostenedor financiero de agrupaciones activistas por los derechos civiles y de otros grupos más radicales, como las Panteras Negras. Una de sus frases más conflictivas en ese tiempo era: "No toco para gente blanca", aunque nunca discriminó a sus músicos por su color.
Pero su vida era la música, que estuvo muy presente en el hogar en el que creció Miles. Su madre, Cleota Henry Davis, interpretaba en el piano música clásica, mientras que su padre era aficionado al jazz. Miles comenzó a tomar clases con Elwood Buchanan, quien tocaba con Andy Kirk y de quien es la histórica frase: "Toca sin vibrato, que ya temblarás cuando seas viejo". Seguramente, Buchanan nunca imaginó la fuerza que tendría ese consejo en la historia de los trompetistas de jazz.
Por cierto, esa sugerencia en un embrión de músico produjo un estilo liso y de temperatura lírica de aparente frialdad, pero de una emocionalidad que llegaba a producir un intenso calor. Así, resulta paradójico que su segundo profesor y ya mentor fuese el sonriente y expresivo Clark Terry, de quien tomó más sus conocimientos armónicos que su humor.
A los 16 años, Davis debió desistir de salir de gira con la orquesta de Tiny Bradshaw, pero la música lo iría a buscar y en 1943, con 17 años, aparecieron en su ciudad Charlie Parker y Dizzy Gillespie, y hasta alcanzó el sueño de tocar con ellos un tema. Quienes lo conocieron dicen que nunca más fue el mismo. Desde ese momento, Davis supo que debía ir a Nueva York, inscribirse en la Escuela Juilliard, donde se puliría como intérprete, aunque la abandonaría por su excesivo academicismo y, además, porque durante las noches toca en el Minton´s con el quinteto de Parker, a quien ya le había caído en gracia en aquel encuentro en Alton.
Por aquellos años sufría frente al tremendo virtuosismo de Gillespie. El estilo de Davis estaba construido con una técnica sin lujos. Más bien podríamos afirmar que lo creó a partir de sus limitaciones. La voz de su trompeta era pura, serena, reposada y con un legato de sonido introvertido. A lo largo de sus solos reconocemos su cálida sonoridad lineal, sin altibajos.
Su manera de tocar estaba desprovista de todo ataque temperamental, sus solos tienen una visible carencia de agresividad; su música suena estática, solitaria. Su sonido no empieza de manera precisa, claramente definible; Davis comienza en un momento que no se puede asir, como si viniese de la nada, y así también desaparece, en la nada.
Tras su paso por el quinteto de Parker, a quien abandonó enojadísimo en 1948, formará una de las agrupaciones más revolucionarias de la historia del jazz, la orquesta Capitol, un noneto que abriría una ventana en el género a través de un puñado de composiciones arregladas por Gil Evans. Cool jazz se llamó su estilo, y su disco hizo honor a la definición: "Birth of the cool". En la corriente participaron John Lewis, Lee Konitz, Gerry Mulligan, Kenny Clark, Max Roach, J. J. Johnson y Kai Winding, entre otros. El estilo del grupo consolidó de una vez por todas la forma de interpretar de Davis. Quieta e introspectiva. Había logrado también expandir las fronteras del jazz y superar la barrera casi neurótica que imponía el bop.
Tiempos difíciles
Pero no todas eran bondades. Por esos años había comenzado a consumir heroína y era detenido. Tiempos duros para el creador, cuyos problemas en el ámbito familiar también lo llevaron a la cárcel, al menos un par de veces, por no pagar la pensión de sus hijos a su ex mujer Irene Birth.
Mientras que la primera mitad de los años 50 hallan al trompetista sometido por su adicción a la heroína -que aumentó en su viaje a París, en el que, como si fuese poco, se enamora perdidamente de Juliette Greco-, la segunda parte lo encuentra resurgiendo y, como si estuviese en un estado de gracia, produce el disco de jazz más importante de su historia: "Kind of blue", en el que junto a John Coltrane, Bill Evans, Cannonball Adderley, Paul Chambers y Jimmy Cob realiza el primer trabajo de jazz modal, en el que se liberan de los acordes para realizar sus solos sobre las escalas. La idea es independizarse más aún de la esclavitud de la armonía clásica. De esta nueva manera, sus frases se edificaban sobre una tónica que podía cambiar, y, con ella, la escala correspondiente. Es decir, no había límite. Davis decía: "Cuando improvisas así puedes irte hasta el infinito", aunque en rigor, siempre fue Coltrane quien más se acercó a ese lugar.
Luego vendrá otro gran grupo, quizás el mejor quinteto que formó. Tras varios cambios, a mediados de 1963 reunió a Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter y Tony Williams. Harán un jazz de virtuosos, con un increíble espíritu improvisativo, una química total liderada por la mano maestra y democrática de Davis.
"Miles smiles" es un disco que encierra una maravillosa muestra de cruza de estilos. Lo más atinado sería definirlo como free-hard bop, pues mientras que Williams toca free, el resto hace hard bop. Lo más free del grupo fue el "Plugged Nickel Concert", quizá también lo más audaz que hicieron en esa corriente.
Luego, tiempos de electrónica, con una primera parte en "In a silent way" y su continuación, "Bitches brew". En esos trabajos participan John McLaughlin, Chick Corea, Joe Zawinul. Fueron discos que crearon una nueva dirección en la música que, por momentos, abandona las estructuras propias del jazz.
Del jazz eléctrico a la fusión se pasó sin decir agua va. "Dark magus" es una muestra que desemboca en algunos pasos en falso, los únicos que dio en su vida. Albumes olvidables quizá porque lo movían intereses extraartísticos, como los de una mayor popularidad, a la cual todos tienen derecho, pero el camino, a veces, es traicionero. Y si bien le faltó probablemente un disco final que cerrase su carrera, era tanto lo que había producido que se convirtió en una leyenda aun antes de salir de escena.
Opiniones / Las razones del mito
- Ernesto Jodos (pianista). "Lo más importante es su manera de tocar, muy despojada, sin segundas intenciones. Su música buscaba el camino más directo y más sincero. No importaba si lo que tenía alrededor era el quinteto de los años cincuenta o sus grupos de fusión. Contaba con un gran sentido rítmico, que frente a cualquier grupo lo dejaba arriba. Es decir, siempre se lo escuchaba a él. El aporte que realizó al jazz supera lo estrictamente musical o las cuestiones armónicas y melódicas. Por ejemplo, si a alguien que no le gusta el jazz se le hace escuchar a Davis, le gusta. Eso pasa porque tocaba con sinceridad, abrumadora sinceridad..."
- Américo Belloto (trompetista). "Sin Miles, habría menos sonrisas. El jazz sería la mitad de lo que es. ¿Qué hubiese pasado sin Davis? Es el Van Gogh del jazz. Es un músico sin códigos, es la estética y la honestidad musical. Lo gracioso es que como trompetistas teníamos a Fats Navarro, a Clifford Brown, pero Miles Davis hacía la síntesis. Cuanto más crezco más me gusta Miles. Su muerte dejó al jazz sin sorpresas. Aún estamos esperando alguna sorpresa."
- Ricardo Cavalli (saxofonista). "Me siento muy agradecido por su música, de enorme honestidad. Dio sólo amor y cuidado a la música. Era auténtico y, aunque su aporte técnico es mayúsculo, lo más genuino que encuentro es que nunca se quedó en el pasado. Por ejemplo, "Kind of blue" fue un disco tremendo, pero cuando pasó, dejó de hacerlo. Miles era consecuente con su mundo creativo."




