
Música con toda la vitalidad de los pueblos balcánicos
Presentación de la Orquesta de Bodas y Funerales. Goran Bregovic (composición, guitarra, sampler, derbouka y voces) y Ognjan Radivojevic (dirección, derbouka, percusión y voces). Banda de vientos gitana: Bokan Stankovic (primera trompeta, gaita y flauta tradicional), Draganco Risteviski (segunda trompeta), Dragan Celevski (tercera trompeta), Ivica Mit (saxo y clarinete), Zivorad Barjamovic (primer tenor), Goran Odovic (segundo tenor), Aleksandar Rajkovic (tercer tenor) y Dejan Manigodic (tuba). Voces búlgaras: Dakova Ilieva, Radkova Aleksandrova y Radkova Trajkova. Orquesta de Cuerdas Polaca y Coro Masculino de Belgrado.
Nuestra opinión: muy bueno.
La música de Europa del Este está fragmentada en los mismos pedazos en que quedaron partidos los pequeños países de la región a causa de sucesivas guerras separatistas. Goran Bregovic trata de unir esos retazos desperdigados en diferentes culturas, músicas y religiones, que son parte de una misma identidad balcánica: su Orquesta de Bodas y Funerales está formada por búlgaros, gitanos, polacos, lituanos y un coro de Belgrado.
Hijo de madre serbia y padre croata, nacido en Sarajevo, bautizado por iglesia, este personaje encierra las mismas contradicciones y mezclas de su tierra. Esa mezcla que lleva a lo musical, desde que abandonó su etapa de estrella de rock, hurgando en lo tradicional para conseguir un sonido que atraviesa los sentidos con una orquesta que tiene impregnada las raíces gitanas.
Esa banda de metales que tiene el mayor protagonismo del recital y logra el sonido más auténtico es la típica formación que se usa tanto para tocar la música que le gustaba al difunto en su entierro o para celebrar un casamiento de gitanos que dura varios días. Es la misma formación que popularizó Kusturica en sus películas y la que despierta la adhesión inmediata de la audiencia, que pega un aullido cuando los metales se suman al conjunto de cuarenta integrantes. El grupo gitano, que logra los mejores momentos del recital, aparece junto a Bregovic, de impecable traje blanco, para tocar "Kalasnijikov", esa marcha frenética a manera de ska gitano que recuerda inmediatamente las primeras imágenes del film "Underground".
El otro elemento vital de la agrupación son las tres voces búlgaras, vestidas con atuendos tradicionales, que hipnotizan con su timbre diáfano. Y el complemento más importante junto al cerebro compositivo de Bregovic es Radivojevic, director y cantante, con una personalidad avasalladora que marca el ritmo de la orquesta con su "tapan" (bombo) y el derbouka.
Esta ecléctica formación zíngara le permite a Bregovic plasmar las piezas que imaginó para las bandas de sonido fielmente o darse el gusto de ser un chansonier a la manera de Leonard Cohen. Su grupo puede saltar naturalmente de esos réquiems balcánicos como "War", donde se respira ese clima dramático de la guerra, siempre presente en la vida de los países de Europa del Este, al clima de fiesta que imponen las trompetas, el saxofón (tocado con la técnica de la zurla, un instrumento para encantar serpientes que se usa en Paquistán) y las tubas en "Serbetiko".
Los ritmos más tradicionales que surgen en el acordeón, la gaita, las flautas o la percusión arrastran toda esa herencia nómade de una población que se fue moviendo debido a los sucesivos enfrentamientos internos: las bandas de gitanos surgieron cuando fueron contratados por ejércitos otomanos para tocar temas tradicionales. En la orquesta se rastrean los sonidos griegos, húngaros, búlgaros, rumanos, argelinos, egipcios, y hasta aparece un tango que suena a fado, que en la banda de sonido de "Underground" interpretaba Cesaria Evora y aquí canta con el mismo sentimiento Radivojevic, motor del grupo.
Cuando, antes del largo bis de media hora, suena el místico "Ederlezi", himno de "Tiempos de gitanos", llega la mejor declaración de principios de Bregovic: toda una nación separada por religiones vuelve a sonar junta en una sola canción.
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