Octeto de chelos que enfrentó desafíos

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20 de octubre de 2006  

Concierto del Octeto de Violoncelos ( sic ) (Francia). Solista y director: Jacques Bernaert. Programa: Haydn: Divertimento Nº XII/19; Hersant: In Nomine ; Esteban Benzecry: La lumière de Pacha Camac; Boulez: Messagesquisse; Capon: A tempo ; Joplin: The entertainer . Conciertos del Mediodía del Mozarteum Argentino. Teatro Gran Rex.

Nuestra opinión: muy bueno

Cierta idea largamente instalada, aunque nunca confirmada de modo oficial, indica que en los Conciertos del Mediodía del Mozarteum se ofrecen programas que no le exigen al público esfuerzos desmedidos de comprensión o de decodificación como son los que requiere, por ejemplo, la música escrita en los últimos cincuenta años. Pues en esta ocasión, el Octeto de Violoncelos ( sic ) alteró significativamente la norma con una propuesta muy osada. Afortunadamente, el conjunto francés no se quedó sólo en la novedad de un planteo diferente, sino que, además, lo llevó adelante con una realización digna de la mejor alabanza. El recital tuvo, claramente, tres secciones, la segunda de ellas decididamente inusual.

La primera parte estuvo ocupada, en exclusividad, por uno de los innumerables divertimentos que Haydn escribió para trío de baryton, viola y chelo. La profusión creativa de Haydn para este tipo de ensamble se debió a que el baryton, un instrumento de cuerdas que ni siquiera en su tiempo gozó de gran preferencia, era tocado y muy apreciado por el príncipe Nikolaus de Esterhazy, ni más ni menos que su patrón desde 1761. El Octeto sencillamente se dividió en tres grupos que duplicaron o triplicaron cada línea melódica e interpretaron la obra muy ajustadamente, tanto en lo técnico como en lo estilístico. Por lo demás, cualquier duda sobre la oscuridad o la lobreguez que, supuestamente, podría aportar un octeto de chelos quedó rápidamente disipada ante la belleza de un sonido amplio, terso y, ciertamente, muy bien afinado.

La sección central del concierto estuvo dedicada a tres obras contemporáneas, las tres para chelo solista y ensamble, dos de las cuales, las de Philippe Hersant y la de Benzecry, fueron escritas en el siglo XXI. In Nomine , del compositor francés, es una pieza muy atractiva, de comienzo estático y sombrío, que avanza consistentemente, con recursos tradicionales y siempre bordeando la tonalidad, hasta arribar a una sección veloz, muy densa y que desemboca en una cadencia. Bernaert, en su calidad de solista, ofreció una ejecución muy solvente. Seguidamente, fue el turno de La lumière de Pacha Camac, de Esteban Benzecry, que no le fue en zaga en cuanto a la atracción. Pero el compositor argentino, radicado actualmente en España y que continúa acumulando distinciones y estrenos, denota una mayor variedad y una gran destreza en la aplicación de múltiples recursos compositivos. Desde la casi nada, la obra plantea un gran crescendo y luego un diminuendo equitativo hasta desembocar en una cadencia dentro de la cual se puede discernir, ocasionalmente, alguna melodía pentatónica que refiere a las culturas andinas. Luego de la coda, sobrevino un aplauso tan estruendoso como previsible y justificado.

La tercera obra atípica para un concierto de mediodía, Messagesquisse , de Pierre Boulez, fue escrita hace más de treinta años y es un característico producto de cierta vanguardia europea de los años 70. Por supuesto, fue ella también la de recepción más dificultosa. Messagesquisse es también un concierto, en este caso para solista y seis chelos, y prescinde de recursos "argumentativos" tradicionales en la organización del material, centrándose en búsquedas sonoras, tímbricas o texturales, más allá de la percepción formal clara que van delineando los toques, las articulaciones y, propiamente, los diferentes sonidos emitidos. Aun cuando la interpretación fue muy buena, los aplausos escasearon.

La sección final estuvo teñida por la música popular o, más exactamente, por elementos devenidos de diversas músicas populares. Primero fue El anfitrión , el célebre ragtime de Scott Joplin, con algunas desafinaciones incluidas y una falta concreta de esos bajos firmes que deben sostener las melodías y las síncopas características de este género estadounidense. Después llegó A tempo , de Jean-Charles Capon, una pieza impactante, de ostinatos y figuras repetidas, con pinceladas de percusión agregada, armonías de jazz, algún eco de música de cine y mucha dinámica. El detalle distintivo estuvo en la habilidad demostrada por Capon, y muy bien plasmada por los músicos franceses, para entremezclar, constantemente, sonidos no habituales y "discordantes" que agregan ingredientes colorísticos muy originales. Fuera de programa, el Octeto de Violoncelos (sic) se despidió con un tango muy piazzolleano, incluso con comienzo fugado, pero que, sin embargo, era de Raúl Garello y que lleva por título Margarita de agosto .

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