
Oda a la Garganta del Diablo
Metida hace unos días en medio de la jungla, subida a un tren ecológico de la selva misionera, con unos razonables sesenta minutos de trekking entre árboles estranguladores, orquídeas, plantas parásitas, fauna inesperada y centenares de mariposas, seguidos por una larga recorrida por pasarelas hasta llegar a la mismísima Garganta del Diablo, tuve tiempo para imaginarme cómo podría ser la música que Alberto Williams dedicó a las cataratas del Iguazú.
Porque si Williams fue un pionero de la producción sonora nacional; si se contó entre los primeros directores de orquesta que dio el país; si fundó un gran conservatorio de música siguiendo los lineamientos del famoso Nacional de París, y si produjo en sus noventa años de vida (1862-1952) centenares de composiciones, transcripciones y obras teóricas, también le quedó tiempo para conocer los mares australes y las cataratas del Iguazú.
Es cierto, lo que debió ser un paseo por ese mágico lugar del mundo, allá por las décadas de 1920 y 1930 en que comenzó a abrirse al turismo, seguramente nada tiene que ver con la adrenalina que provocan las propuestas de estos tiempos: aproximación desde el río a las cascadas, con el placer de empaparse, recorridos sobre el dosel de los árboles, con deslizamiento sobre cables de acero, caídas libres al vacío que llevan los límites de audacia al extremo, navegación en lancha por rápidos y cascadas, recorrido en cuatriciclos por pantanos, arroyos, estrechos senderos abiertos en lo más espeso de la vegetación
Sin embargo, a Williams, que se alojó en lo que hoy llamamos el viejo hotel, que no alberga visitantes (lo reemplaza el gran hotel del parque nacional) sino un centro de investigaciones zonales, le fue suficiente para emocionarse con la magnitud de semejante espectáculo, con la visión de los grandes saltos bajo la luz de la luna, con el derroche de imaginación de una naturaleza que parece desafiar a la razón.
* * *
Es natural que el músico, bajo esta inspiración, haya compuesto un poema sinfónico. Los suyos se cuentan entre los primeros creados en el país. Surgido el género en el siglo XIX, a partir de algunas de las oberturas de Beethoven y de las sinfonías de Berlioz, obtuvo su carta de ciudadanía con los trece poemas sinfónicos de Liszt, a los que en un comienzo llamó, él también, oberturas. En Francia, donde se formó Williams, su maestro Cesar Franck lo llevó hacia la creación orquestal y, naturalmente, hacia el poema sinfónico, llamado a restituir musicalmente la atmósfera y el espíritu de un texto literario, de un pensamiento filosófico, de un paisaje exterior o interior del alma, o una pintura
Tras su Poema de las campanas y el Poema de los mares australes , Williams creó, en 1943, su Poema del Iguazú, Op. 115 , dividido en cuatro partes: "Las selvas dialogan con las cataratas"; "Barcarola del Iguazú"; "La luna ilumina las cascadas" y "Nocturno: la garganta del diablo".
Si bien los dos primeros figuran en los libros del Teatro Colón, incluidos en las temporadas de 1916 el primero (parcialmente) y 1942 el segundo, del Poema del Iguazú carezco de noticias. Ojalá algún día algún director de orquesta se interese por conocer las Cataratas desde la música. Y nos transmita su experiencia. Williams nos espera.
1- 2
Donald: de sus últimos problemas de salud a sus ganas de seguir cantando y el flechazo que sintió por su mujer
3El thriller alemán de seis episodios que está en Netflix y se convirtió en un fenómeno global
4De La Matanza a Gran Hermano y a tener hoy su propia marca de papel higiénico: la nueva vida de Brian Lanzelotta


