
Para White Stripes, menos es más
Recital de The White Stripes , integrado por Jack White, en guitarras, piano y voz, y Meg White, en batería. El sábado, en el estadio Luna Park.
Jack White presenta a Meg como su hermana. Lo hace siempre, y aunque se haya puesto en duda la filiación y se haya dicho que es fábula o juego, actúa como adecuada metáfora de un funcionamiento musical casi endogámico. Porque el dúo The White Stripes ha elegido reducir la cantidad de elementos disponibles, y desde ese minimalismo consiente hacer su música en un movimiento de expansión hacia adentro para construir desde ese poco el mucho de su universo.
Sobre el escenario del Luna Park se confirma lo que se escuchaba en los discos. Que ellos dos solos -guitarra, voz y ocasionales teclados, él; batería y algunas poquísimas voces, ella- son capaces de brindar un show impecable que durante una hora y media mantiene la atención y produce desconciertos, sorpresas y gratos desafíos.
Curioso y reconfortante porque invita al placer de reflexionar sobre la música que en tiempos en que la tecnología lo permite casi todo algunos decidan andar por la senda opuesta. No son los únicos que han reducido las opciones -desechando el bajo, descartando la guitarra-, pero los White Stripes funcionan como una extraña célula mutante que elige grabar en estudios antiguos y presentarse en vivo con lo poco que llevan puesto, sin secuencias, sin programaciones, sin invitados. Y, hasta casi parece, sin el mundo externo, porque en el escenario es como si estuvieran solos, mirándose, siguiendo el tren de las canciones, hasta tal punto que en varios tramos Jack canta junto a la batería de Meg, ocupando apenas un mínimo espacio del amplio escenario.
Llegaron a Buenos Aires en un interesante momento. Su nuevo disco, "Get Behind Me Satan" (el quinto de su carrera), saldrá a la venta en pocos días, y acá los tenemos, repasando los anteriores y estrenando algunas de las novedades. Una en la que la guitarra es desechada, para que esta vez el juego de constricciones esté basado en la voz y la marimba de Jack y la batería de Meg, un tema que, si se entendió bien su inglés tan Detroit, se llama "The Nurse"; el hillbilly "Little Ghost" (tocado con un pequeño banjo), y, ya en los bises, "Red Rain".
Luego todo es la guitarra, capaz de sonidos bajos y locuras sonoras, demostrando que Jack White es uno de los guitarristas más interesantes surgidos en los últimos años; la batería de Meg, que conoce los silencios, pero también es capaz de una potencia machacante de cabalgata desenfrenada, y la voz de Jack, que puede ser aniñada, salvaje o curiosamente enloquecida.
Y las canciones. Una manera particular de tomar los estilos -el blues originario, el rock and roll primal pre beatle, el del esplendor de los años setenta, el folk, el country, el pop- para pasarlos por su máquina de deconstrucción y sacarlos renovados.
En el recital, en su música, hay muchas referencias (los Who, los bluseros del Mississippi, Led Zeppelin, los Kinks), pero que funcionan como citas, es decir, algo que va más allá de tomar prestados sonidos ajenos, porque ese bagaje es pasado por un tamiz propio. Por eso no importa si son sus propias composiciones, como el country furioso de "Hotel Jorba", o la potencia del hit "Seven Nation Army", o versiones, como "Jolene", de Dolly Parton; "Love Sick", de Bob Dylan, o "I Just Don´t Know What To Do With Myself", de Burt Bacharach, porque todas son hechas con su manera particular que combina el homenaje con la desfachatez, como punks del siglo XXI y enmarcado en una estética que es sinérgica con lo musical (los colores rojo, negro y blanco; la referencia en su segundo CD a un movimiento estético minimalista holandés de los años veinte; la vestimenta de los asistentes de escenario). El recital había comenzado con Carca como soporte, otro respetuoso de la tradición, en este caso del rock nacional, y que contó con Andrés Calamaro como invitado sorpresa y bienvenido. Para el final los White Stripes eligieron "You´ve Got Her In Your Pocket", del disco "Elephant", con Jack solo en el escenario, el ya mencionado "Red Rain" y su cierre habitual, con la versión acomodada a las circunstancias de "De Ballit of De Boll Weevil", de Huddie Ledbetter.




