
Pee Wee Russell, el clarinetista punk
Había una vez un mundo en el que reinaban los clarinetistas, vestidos siempre como para un concierto de gala, tocando de pie al frente de grandes bandas la música más bailada de su época, vendiendo discos como nadie, apareciendo frecuentemente en cine y, algunos, casándose por corto tiempo con las actrices más hermosas.
Los conocidos internacionalmente eran norteamericanos y se llamaban Benny Goodman, Artie Shaw, Jimmy Dorsey o Woody Herman, pero el fenómeno del clarinetista estrella se registró en todas partes, hasta en Buenos Aires, donde Barry Moral y Panchito Cao dirigieron agrupaciones muy famosas gracias a la destreza de ambos para ejecutar "Té para dos" igual que si la estuvieran cantando.
La preponderancia que en los períodos clásicos de la música no pudieron conseguirle un concierto perfecto de Mozart y magníficas piezas de Brahms la logró ese noble instrumento de caña en el siglo XX, impuesto desde palcos y salones de baile por aquellos virtuosos de mediana edad con un talento capaz de atraer lo mismo aficionados al swing que compositores insospechables de populismo como Igor Stravinsky, que concibió el "Ebony Concerto" para la banda de Herman, o Béla Bartók, autor del trío "Contrastes", en cuya primera grabación también tocó el piano junto a Benny Goodman, destinatario de la obra.
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Sin alcanzar a proyectar la sombra de un estilo alternativo, hubo clarinetistas -Barney Bigard, Omer Simeon, Buster Bailey- que permanecieron distintos en aquel período de esplendor uniforme y prolijo, pero sólo existió un renegado genuino, curiosamente de raza blanca: Pee Wee Russell, lo más parecido a un punk que el jazz tradicional produjo.
Residió la mayor parte de su vida en Nueva York y fue uno de los músicos característicos de la ciudad, pero había nacido en Saint Louis, Missouri -el lunes pasado se cumplió un siglo-, donde se vinculó con Bix Beiderbecke, luego conoció a Jack Teagarden en Texas y, ya en Manhattan, figuró en el plantel de Red Nichols y en la banda espectáculo de Louis Prima, antes de encontrar su destino, a la larga fatal, en el círculo de Eddie Condon, una pintoresca combinación de guitarrista, empresario, teórico y productor con quien estableció una relación musical que, aunque inexplicable, duró tres décadas.
Russell era una verdadera anomalía sentado en el centro de esos conjuntos de bebedores que tocaban dixieland hasta el amanecer para un auditorio de borrachos tan insaciables como ellos, no porque se tratara de un abstemio -en 1951 llegó a estar desahuciado-, sino porque su melancólico idioma instrumental era incongruente con la euforia escapista que a Condon le gustaba crear, una especie de llanto incontenible, de gritos quebrados que no tenían nada de incoherente ni sonaban como una consecuencia del alcohol sino de angustias que iban a seguir igual la mañana siguiente.
Fue el estilista más audaz que tuvo el clarinete dentro del jazz, pero negarse a escapar de esa bohemia pasada de moda por el temor de afrontar la responsabilidad del conjunto propio y no confiar en desconocidos le costó quedar catalogado como un tradicionalista más, privado de su lugar en vanguardias que se gestaban lo más lejos posible de Condon y su barra transnochada.
Que Pee Wee Russell era un genio capaz de funcionar naturalmente en los contextos más exigentes quedó demostrado en 1956 gracias a George Wein, quien lo juntó con Jimmy Giuffre en las prestigiosas jornadas de Music Inn. Siete años después, ya nadie lo dudaba, pero igual fue sorprendente cuando Thelonious Monk lo invitó a sumarse a su cuarteto en el décimo festival de Newport e interpretó "Nutty" y "Blue Monk" como si no hubiera hecho otra cosa en la vida.
A pesar de que su eterna apariencia de moribundo y la manera temblorosa como acostumbraba iniciar sus solos nunca alentaron la idea de que iba a llegar a viejo, duró hasta 1969, reconocido como el único artista que mantuvo vigente el clarinete cuando ese sonido ya no interesaba, porque Benny Goodman era una copia de sí mismo, Artie Shaw se había retirado a escribir maldades en Beverly Hills y Panchito Cao ya no tocaba jazz sino tangos antiguos al frente de Los Muchachos de Antes.




