Ravel y su fascinante Rapsodia española

Pola Suárez Urtubey
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28 de abril de 2017  

Con la Rapsodia española, que la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires incluye dentro de un muy atractivo programa anunciado para el 4 de mayo venidero en el Colón, dirigido por Enrique Arturo Diemecke, Ravel había logrado una vez más desconcertar al público de París, incluso a profesionales de la música. La historia retiene como anécdota el hecho de haber sido estrenada en el teatro del Châtelet el 28 de marzo de 1908 ante el auditorio semipopular y apasionado que asistía habitualmente a los Conciertos Colonne. Y si bien a juicio de la crítica de entonces las exigencias interpretativas de la obra sobrepasaban las posibilidades de Edouard Colonne, por la avanzada edad de este director, la ejecución parece haber sido bastante discreta.

Se afirma que el público recibió con verdadero entusiasmo la nueva composición, sobre todo el segundo fragmento ("Malagueña"), que debió ser repetido por insistente pedido de las terceras galerias. La platea había respondido, en cambio, con explícitas manifestaciones de rechazo e ironía, lo cual originó que desde lo alto del "paraíso", el compositor Florent Schmitt pidiera a viva voz que se tocase "una vez más para los de abajo, que no habían comprendido".

La Rapsodia española, dividida en cuatro partes, fue compuesta en 1907 y evoca con asombrosa maestría descriptiva y a su vez con una leve sonrisa irónica, el espíritu del folklore musical hispano.

La primera parte se titula "Preludio a la noche" y está íntegramente basada en un breve inciso de cuatro sonidos descendentes, recurso que le permite lograr una intencionada monotonía. Por encima de esa figuración insistente, la orquesta sugiere todo el hechizo de un anochecer español. El segundo fragmento es la "Malagueña", danza popular habitualmente acompañada por castañuelas y guitarra, timbre y efecto que logra Ravel con los pizzicati de los arcos. Se caracteriza esta segunda parte por un bajo ostinato, un breve tema entonado por trompeta con sordina, el cual conduce a un grandioso crescendo para volver al motivo del "Preludio a la noche" y al ostinato inicial.

"Habanera" es el título de la tercera parte. La versión original raveliana de esta danza popular cubana es para dos pianos y se remonta al año 1895. Ya por entonces la composición había resultado sorprendente, por la inesperada confluencia de recursos expresivos, tal el caso de acordes duros y cerrados para destacar el contorno de una melodía acariciante y fácil de la insistencia agresiva del pedal rítmico o de las implacables armonías que Ravel adhiere al candor armónico de una habanera. Orquestada, pero no modificada, aparece posteriormente la obra incorporada a la Rapsodia española la cual finaliza con un brillante número, "Feria", donde el sinfonismo arrollador de Ravel se desata en la turbulencia del baile gitano. Después de un fortissimo a cargo de toda la orquesta, en movimiento molto vivo, cambia por un molto moderato con predominio del corno inglés, para volver al torbellino inicial que conduce al exultante final.

Debe advertirse que los cuatro fragmentos están estructuralmente ligados por el retorno del breve inciso sobre el cual está basado el primer movimiento. Así logra Ravel, una vez más, una construcción coherente, sólida, magistral en su definición formal, fascinante en sus ideas temáticas y con esa suntuosidad digna de quien queda para la historia como uno de los más grandes orquestadores de todos los tiempos.

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