Residente: un viaje a su ADN

Soy Residente. Decidí hacer música basada en mi ADN. Viajé a diferentes partes del mundo recolectando sonidos y encontrando historias. Todos somos residentes del espacio que ocupamos y en nuestro espacio las fronteras no existen". En pocas líneas, René Perez Joglar, conocido por ser el volcánico letrista y cantante de Calle 13, define el espíritu de su nuevo y ambicioso proyecto solista: un disco, un libro-bitácora del viaje, un documental que viene a presentar al Bafici y una plataforma interactiva multimedia que reúne todo el material.
L.os seguidores de Calle 13 no quedarán defraudados con la nueva aventura solista de Rene Pérez Joglar. Los que todavía no conocían su capacidad para la rima y para moverse por otros géneros musicales con naturalidad quedarán sorprendidos con el nuevo material del rapero puertorriqueño. El primer disco de Residente, grabado en los estudios Electric Lady de Nueva York y producido junto al argentino Rafael Arcaute (una pieza fundamental en el audio del disco) amplía su concepto artístico y logra un sonido transcontinental.
La exploración por su ADN musical, lo llevó a convertirse en un cronista de Indias a la inversa. Durante dos largos años, René Pérez se transformó en un nómade. Fue grabando y recopilando las historias anónimas de músicos en fiestas populares, hombres y mujeres desplazados por la guerra, cazadores furtivos, niños criados entre bombas, chamanes, historias prohibidas detrás de la gran Muralla China y guerreros orgullosos de su identidad en lugares como Rusia, Armenia, Georgia, Osetia, China, Burkina Faso, Ghana, Níger, Serbia, España, Inglaterra, Nueva York y Puerto Rico.
Acompañado por artistas de distintas latitudes como Osmar López (Mars Volta) que vive en El Paso, La Orquesta de Música de Pekín (China), el africano Bombino (Burkina Faso), la francesa Soko, los cantores de Tuva (población nómade de Siberia) y de Ghana, el rapero fue trazando una autopista musical con un flow que resiste el mestizaje de estilos y exhibe otro mapa sonoro, donde se combinan alquímicamente los riffs del blues del desierto africano que hacen los tuareg con la música balcánica, la guajira del caribe, el trip hop, la electrónica, los cantos mongoles y las plegarias religiosas de Odessa.
Siguiendo el genoma de su identidad, el poeta callejero abre simbólicamente el disco con un tema donde canta en espanglish su primo tercero Lin Manuel Miranda (músico y director estrella en Broadway), que resume el destino migrante de los portorriqueños, cuyos descendientes nacen y viven Estados Unidos. Le siguen trece reveladores tracks, en los que Residente demuestra su crecimiento y su profundidad como letrista, por fuera de sus frases gancho más provocadoras contra el sistema o las instituciones religiosas. El mejor ejemplo es "La leyenda china". Como un pequeño saltamontes del rap logra resumir en una canción de 4 minutos y medio miles años de historia de la filosofía oriental para transformarla en unas de las fábulas más bellas del disco. También sabe cómo hundir el bisturí en larealidad global o jugar al profeta díscolo en canciones como "Guerra" y "Apocalíptico", donde dispara su metralla de versos envueltos en sonidos sacros y orientales que ponen la piel de gallina. Hasta desnuda su lado más personal en "Mateo", una preciosa nana rapeada, dedicada a su primer hijo. Hay una pulsión nueva y un rastro conocido en el trabajo de René Peréz que recuerda los trabajos de Manu Chao. Aunque en términos musicales el portorriqueño alcanza giros más sofisticados, en esa poderosa base de beats orgánicos y electrónicos con hip hop furioso y sonidos étnicos, que aparece en "La sombra", o en la marcha balcánica "El futuro es nuestro", compuesta junto a Goran Bregovic. Después de la explosión llega la calma. Residente cierra el disco con "Hijos del cañaveral", un himno caribe a Puerto Rico: una obra poética que lo pone a la par de Rubén Blades (su mayor influencia). Es el fin del viaje, el regreso a su lugar en el mundo.
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