
Rigoletto no tuvo su mejor noche
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Rigoletto , de Verdi , con Ricardo Ortale, reemplazado por Enrique Gubert Mella (Rigoletto), Norberto Fernández (el Duque), Vanesa Aguado Benítez (Gilda), Fernando Radó (Sparafucile), Guadalupe Barrientos (Maddalena), Mario De Salvo (Monterone) y elenco. Dirección: Antonio Russo. Régie: Anna D Anna. Juventus Lyrica. Teatro Avenida.
Nuestra opinión: bueno
Cuando todavía estaba ingresando el público y era exactamente la hora del supuesto inicio del espectáculo, se escuchó por los altavoces que la función comenzaría con unos diez minutos de retraso. Una inesperada inflación se instaló en el Avenida y multiplicó la cifra por tres. A las 21, exactamente, comenzó la ópera y las razones de la tardanza se pudieron intuir a partir de la observación de la actuación de Ricardo Ortale, en el papel protagónico, y confirmar cuando, antes de comenzar la segunda parte, se anunció que sería reemplazado por Enrique Gibert Mella. Si hubo discusiones o conciliábulos antes de arrancar con la presentación porque Ortale sufría un malestar, pues habría que haber sopesado, por el bien del artista y de la representación, hasta qué punto era conveniente asumir el riesgo. Después de todo, con una trayectoria lo suficientemente importante, al barítono no le hacen falta presentaciones heroicas para sostener una carrera y nadie hubiera puesto en duda que realmente su ausencia se debía a algún malestar físico. En todo caso, el profesionalismo muy bien entendido puede implicar reconocer que lo mejor, por el bien general, es dar un sabio y prudente paso al costado.
Más allá de que el protagónico no estuvo en plenitud, y se notó a través de una emisión despareja, algunas desafinaciones y una sobreactuación que trató de disimular las carencias del momento, Rigoletto no arrancó de la mejor manera. Antonio Russo no alcanzó a obtener los mejores resultados de una orquesta que sonó no sólo con algunos desajustes sino también con sonidos extrañamente destemplados y desapacibles. Por lo demás, y este tipo de minucias no son de responsabilidad directa del conductor, hubo cantantes que, por su escaso volumen, quedaron muy opacados por la orquesta. Pero además de los aspectos musicales, mayormente correctos aunque de escaso vuelo, y de una puesta convencional, en las disposiciones escénicas, en el vestuario y en las marcaciones actorales, se resolvió interrumpir el devenir con una muy extensa pausa, a telón cerrado, con el público en sus lugares y el teatro en semipenumbra, para cambiar la escenografía entre la sexta y la séptima escena del primer acto, cuando la acción se traslada del palacio del Duque a la casa de Rigoletto, y, de igual modo, en la segunda parte de la función, entre el segundo y el tercer acto. Una decisión respetable pero que, sin embargo, no pareció favorecer el desarrollo dramático.
En líneas generales, los cantantes que asumieron los papeles principales demostraron estar a la altura de las circunstancias. Norberto Fernández mantuvo una línea correcta, más allá de un inoportuno quiebre en el mismísimo final de "La donna è mobile". Vanesa Aguado Benítez aportó su juventud para construir una Gilda de aspecto teatralmente adecuado y pareció manejarse mucho mejor en las escenas de conjunto, en sus dúos con Rigoletto y con el Duque, que cuanto debió enfrentarse en soledad con las tremebundas coloraturas que Verdi introdujo en el "Caro nome", aria que cantó de acuerdo a la partitura original, sin las cadencias que la tradición le ha agregado. Enrique Gibert, entró para el segundo acto como suplente vestido de héroe, y cautivó al público con su presencia escénica. Con todo, para hacer "Cortigiani, vil razza adnata", no alcanza con demostrar furia en lo actoral sino que hubiera sido deseable acompañarla con una intensidad dramática del canto y las inflexiones pertinentes que no pudieron ser percibidas. Como lo que habría de acontecerle a su odiado Duque, su nota final tampoco fue impecable y una desafinación indeseada la dejó bastante más abajo de lo que realmente debería haber sido.
Quienes deben haber tenido un sueño por demás placentero después del debut, deben haber sido Fernando Radó y Guadalupe Barrientos, dos jóvenes de 21 y 19 años, quienes cumplieron con soltura sus trabajos como Sparafucile y Maddalena, un asesino repulsivo y su hermana de escasos pudores. Tal vez, de todos los aplausos finales, los más merecidos hayan sido aquellos que los tuvieron a ellos por destinatarios.




