
Rodolfo Mederos: el regreso a la típica
En un ciclo que comienza esta noche, el bandoneonista presentará a la orquesta con la que toca desde hace un año
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Tras su presentación el año pasado, y su coronación, en la gran milonga del último festival de tango, frente a veinte mil personas, la Orquesta Típica de Mederos volverá a actuar hoy, mañana, el viernes 25 y el sábado 26, en el Torquato Tasso, de San Telmo. Allí, los 13 muchachos (que no le temen al número fatídico) regalarán aquellos tangos que hicieron danzar a los argentinos en los albores del siglo XX.
La primicia de Mederos es que acaba de fundar un trío, que lanzará en breve, y que ya está ensayando, para exhumar tangos antiguos que ya casi nadie recuerda y jugar con aquellos chamamés, rancheras y zambas que el fueye supo acoger en sus pliegues a lo largo de la vida musical argentina.
Rodolfo Mederos no termina de sorprender. Deambuló el tango del derecho y del revés (como la tortuga de María Elena Walsh). Empezó en una típica, cuando muchacho, en Córdoba. Desafió enseguida en la misma ciudad mediterránea con formaciones insólitas de timbales, vibráfono, guitarra, flauta y cuerdas, a las que nadie se animaba todavía, y un poco antes de que Piazzolla le aconsejara instalarse en Buenos Aires. Se internó por los recovecos del tango moderno, con Osvaldo Pugliese, y demostró su predestinación vanguardista al convertirse en cofundador de aquel proyecto innovador, bautizado “Generación 0”, junto a otros intrépidos, como Daniel Binelli y gente ligada al rock.
“Así fue mi vida –asiente el bandoneonista–. Dos pasos para adelante y uno para atrás. Un regreso a las esencias, y un escape, pero siempre con ellas.”
Lo cierto es que la última odisea de Mederos, a la que se consagra con alma y vida, habiendo dejado de lado su larga trayectoria como profesor en la Escuela de Música Popular, de Avellaneda (a la que, junto con Manolo Juárez y otros quijotes, consolidó para lanzarla como modelo en la enseñanza), es esta Orquesta Típica, que con sus trece miembros se presentará hoy y mañana, a las 22, para volver el viernes 25 y el sábado 26, en ese gran boliche, Tasso, en pleno San Telmo, frente al parque Lezama, para hacer escuchar tangos que Mederos llama “clásicos”. Clásicos, por cierto, del tiempo de Greco, Arolas, Bardi, Filiberto, Bernstein, e incluso Pugliese y el propio Mederos. Tangos que invitan al baile, aunque el Tasso esté lleno de mesas y sillas...
La flamante Orquesta Típica de Mederos había sido presentada en sociedad aquel 1° de julio del año pasado, en el Palacio San Miguel. En ese elegante debut, estuvo la crème tanguera vestida de fiesta, para celebrar tal renacimiento, a cincuenta años de haber quedado relegada esta formación orquestal, por un cúmulo de factores culturales, sociales, económicos, políticos y vaya uno a saber qué otros.
“Esta orquesta la vengo presentando hace 65 años –exagera Rodolfo, dando cuenta de sus años–. Ocurre que de una forma u otra la fui presentando, si bien, paradójicamente, éste es su cumpleaños cero.”
–Rodolfo, vos aclarás que esta es una “orquesta típica” y no un cuarteto típico o un sexteto típico, al que algunos tratadistas denominan “orquesta típica”, como se nombró a aquel primer sexteto de Vicente Greco...
–Claro. Orquesta típica es cuando hay una “fila” de instrumentistas. Yo tengo cuatro bandoneones, cuatro violines, viola, chelo, guitarra, piano y contrabajo. Cuando se apagaron las orquestas de Salgán, Troilo y Pugliese, nacieron orquestas sin gravitación artística. Y más adelante una sarta de imitadores de Piazzolla; unos “Piazzolla chiquitos” que nos demostraron cómo malgastar y deteriorar el genio de Astor. Con esas copias se intoxicó todo el mundo. Yo sostengo que el único que fue capaz de tocar Piazzolla fue el mismo Astor. Los que pretendieron continuar esa línea trazada por él no demostraron creatividad ni originalidad.
–¿Qué determinó tu decisión de crear la orquesta: algún hecho concreto, alguna contrapropuesta por cambiar el estado de cosas en el tango?
–Fue algo paulatino. Pensé que, de tanto mirar hacia adelante, había descuidado el “atrás”. Y advertí mi error. Ahora, siento la necesidad espiritual y estética de recuperar ese “atrás”. Es un desafío doble: por una parte, apostar por los jóvenes músicos (los de mi generación andan cada uno en lo suyo) mientras uno los va formando e involucrando en un proyecto en el que ellos también aportan; esto entraña una intención pedagógica, de transmitir lo que uno aprendió, por eso no ostento grandes figuras; y por otra, devolver a la gente la posibilidad del contacto, de la proximidad con la música a través del baile. Ya no me preocupa que no me miren mientras toco. El aplauso es la presencia misma de la gente. En mi juventud, no mirábamos más allá de nuestro ombligo. Porque se ventilaba la opinión de que la música para bailar era una mala palabra.
–Bueno, siempre se contrapuso, con fundamentos estéticos, la música para bailar a la música para escuchar. La música destinada al baile, a la diversión. Piazzolla mismo sostenía que su música era para ser escuchada...
–Es materia opinable. Pero es un error afirmar que toda música que invita al baile es simplona. Lo que importa es que sea genuina. Y la gente merece el más alto nivel artístico, pero no con música complicada de fugas y contrapuntos que sólo entienden 5 o 6 personas, como si uno regresara al Di Tella de los años 60. Mis arreglos para la orquesta apuntan a ofrecer algo diferente, siempre con un religioso respeto por el espíritu de cada tango; no cosméticos ni cirugías ni engendros forzados. No hago alardes con variaciones o modernismos ridículos para demostrar lo que sé de armonía e instrumentación, pero tampoco son arreglos simples. Ni Troilo ni Salgán ni Pugliese escribieron arreglos simples. Y la gente bailó con ellos. Nuestros tangos también pueden ser al mismo tiempo bailados y escuchados.
–¿Qué repertorio escuchará la gente esta vez?
–Tangos de Arolas, Bardi, Greco, Filiberto... Y ¡ojo! Ellos no están en el pasado, sino en el presente. Más aún, en el futuro. Este proyecto que lanzamos me parece histórico. Yo tuve el privilegio de tocar con los grandes, pero también supe mezclarme con los jóvenes. Ese es el bagaje que ofrezco. Algo digno ¡y bailable! Estos jóvenes de la nueva Orquesta Típica serán los continuadores del riquísimo legado de los grandes creadores del tango. Siempre con la calidad musical, sin concesiones.
Algo de historia
Salvo los memoriosos o algún tanguero recopilador de historias, casi nadie podría nombrar una docena de músicos de los que han deambulado por la orquesta típica, desde los albores del siglo XX. Alrededor de 600 bandoneonistas, más de 300 pianistas, 500 violinistas, cerca de 180 guitarristas, 80 contrabajistas, 60 músicos entre flautistas y clarinetistas, casi 40 violonchelistas, cerca de 25 violistas, tal vez 20 bateristas y unos 130 arregladores constituyen esa pléyade de músicos que nos regaló el tango instrumental a lo largo de un largo siglo: la orquesta típica. Serios estudiosos, como el abogado Luis Adolfo Sierra, nos proporcionan estos datos.
Todo comenzó con aquel embrión instrumental y finisecular (decimonónico por más datos) de violín, flauta y arpa, a los que se le acercó algún acordeón o un mandolín. En el seno de esos improvisados tríos, pronto habría de sentar sus reales la españolísima guitarra, para desplazar a ese instrumento cortesano y de resonancias antiguas que es el arpa.
De esos tres, el único destinado a perdurar como sonido insustituible del tango fue el violín. El piano habría de deambular solo durante mucho tiempo por los salones, anticipándose al bandoneón, si bien el fueye estaba predestinado a incorporarse, antes que el piano, a los conjuntos “típicos”, para convertirse pronto en el rey de los instrumentos del tango.
El mote de “típico” (exactamente “orquesta típica criolla”) fue idea de Ernesto Tossi, gerente comercial de Columbia en la Argentina, quien argumentaba que con tal apelativo se identificaría fácilmente a los grupos dedicados al tango, como aquel inaugural y exitoso de Vicente Greco, diferenciándose de los otros grupos que cultivaban polcas, valses, shotis, mazurcas, tarantelas, pasodobles y algún tango.
Desplazada la flauta por el bandoneón, y la guitarra por el piano, nace, junto al violín, el nuevo trío instrumental, vértice de la naciente “orquesta típica” y la transformación en la marcación del ritmo que sustituye la original división del liviano y saltarín dos por cuatro, por el más reposado cuatro por cuatro o cuatro por ocho. Había que esperar aún otro nacimiento, más definitivo: el del sexteto típico (dos bandoneones, dos violines, piano y contrabajo) fundamental, predominante y de mayor vigencia en toda la historia del tango y que impulsó la evolución de los estilos a partir de la década del 20.
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