Sandro cumplió con la profecía
Estrenó su show en el teatro Gran Rex
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Y sí. Sandro se dio el lujo de celebrar con un nuevo show, "La profecía", sus cuarenta años con la música que festejó con la multitudinaria audiencia que asistió a la función de estreno de anteanoche. Porque hay que reconocerlo. Sandro no es un cantante juvenil que convoca a sus congéneres; es un ídolo que arrasa con las emociones de un público integrado por treintañeras, cuarentonas, cincuentonas, sesentonas y, si seguimos enumerando, llegamos hasta las señoras de más de 80 años que volvieron a palpitar con los temas del artista. Y no solamente del sexo femenino. Pocos artistas cuentan con una audiencia tan perseverante y fiel.
Si el show comenzaba a las 21.30, desde las 19.30 las fanáticas empezaron a hacer la cola para ingresar a la platea, pullman y superpullman. Ahí estaban tarareando los temas musicales que las casas de discos aledañas se preocuparon en emitir por grandes parlantes. La avenida Corrientes tenía la voz y la imagen de Sandro. En los quioscos de revistas, en los vendedores que se prodigaban en fotos, vinchas, remeras, llaveros, pañuelos, todos con el rostro del cantante. Así fue la antesala que precedió al inicio del show, que empezó con un retraso de 20 minutos, pero porque los acomodadores no daban abasto para ubicar a los espectadores que llegaron a ocupar casi la totalidad de las 3300 butacas.
El bullicio que precede a todo comienzo se transformó en un alarido cuando se escucharon los acordes de "Así hablaba Zaratustra", de Richard Strauss, que anticipó el comienzo del show. Lo que no se percibe, aunque Sandro sí lo sabe, es que en cada presentación del cantante hay dos shows: uno sobre el escenario y otro en la platea. Por eso el cantante, aun cuando muchas veces ya está programado que la sala se ilumine, pide luces para ver las caras de esa audiencia que de pie aplaude cada uno de sus temas. Y no es lo único que recibe. Hay un clamor que emerge de las gargantas, con mucho de histeria, que supera cualquier parámetro. Las expresiones que se escuchan en boca de la platea femenina harían enrojecer las mejillas del menos pudoroso. Pero ése es el público de Sandro, y hacia esa audiencia activa van dirigidos los gestos, los mohínes, las palabras susurrantes, que el cantante maneja como pocos para movilizar las emociones.
La exaltación y excitación son de tal magnitud que exigen la presencia de seis custodios que protegen los escalones que llevan al escenario, mientras tratan de disipar a las fans que se acercan, continua y furtivamente, al escenario para registrar en sus cámaras de fotos la imagen del ídolo.
Comienza el show
Las características del show ya fueron publicadas por LA NACION en su edición del martes último. Sólo cabe decir que en la primera parte Sandro se tomó su tiempo para hablar, con un poco de misticismo y mucho de agradecimiento, del problema de salud que motivó su internación en terapia intensiva, del que salió no indemne y que le afectó las cuerdas vocales. Ochenta minutos que incluyeron un sketch dramatizado, "La profecía", acompañado por Rita Cortese y Matías Santoiani.
En la segunda parte, la estética visual cambia al compás de "Serenata a la luz de la luna" y el cantante aparece con traje para luego vestir un smoking. Ahí está, como siempre, desplegando seducción y gestos provocativos, y después de la presentación del coro Butterfly, tres jóvenes cantantes japonesas que interpretan en su idioma "Bésame mucho", y de la ruleta que selecciona a la participante que subirá a escena para compartir unos minutos con el ídolo, Sandro retoma ese diálogo personal y musical que establece con el público al exponer los clásicos de su repertorio. Y aunque su voz se siente lastimada; su respiración, agitada, y su potencia, reducida, en un solo clamor la platea se pone de pie para luego sumisamente sentarse y recibir, como si cada espectador fuera el único destinatario, las palabras de "Rosa, Rosa", "Te propongo", "Quiero llenarme de ti", "Así", "Por ese palpitar", "París ante ti". La culminación llega cuando Sandro aparece con su famosa y tradicional bata roja, para encarar un tema que es casi el himno romántico de su repertorio, "Penumbras", que, como siempre, carga la atmósfera de la sala con fantasías eróticas que empañan los ojos.
Casi tres horas de espectáculo, y el cierre del telón señaló el fin del éxtasis pero también el inicio de una decepción que sólo puede paliar la esperanza de que quizá dentro de dos años habrá un nuevo show de Sandro, más viejo, más gordo, con un poco menos de sensualidad, pero con la alegría habitual y la misma seducción que vuelca sobre su público, fiel hasta la muerte.




