Serguéi Diaghilev, historia de una pasión

Pola Suárez Urtubey
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28 de mayo de 2009  

El año 1913 marcaría el mayor acontecimiento coreográfico hasta entonces registrado en Buenos Aires con la presentación de los Ballets Rusos de Serguéi Diaghilev, empresario artístico excepcional que venía desquiciando a París desde su presentación en 1909, hace exactamente un siglo, en el teatro Châtelet. En 1917, volvió a vibrar nuestra ciudad, cuando en la primavera de ese año presentó 23 funciones, nuevamente en el Teatro Colón. Siempre con los más grandes coreógrafos y bailarines de su tiempo, ahora sumaba al ilustre Ernest Ansermet como director musical. Fueron tiempos gloriosos para nuestra ciudad, que conoció en esa temporada El pájaro de fuego y Petruchka de Stravinsky.

Desde la sensibilidad de los grandes compositores de las primeras décadas del siglo pasado es posible trazar una mirada profunda sobre ese prodigioso empresario, al margen de que creadores como Picasso o Matisse, Cocteau, Braque o Derain, desde su particular óptica, tuvieron sus propias visiones. Fueron varios los músicos que trabajaron para Diaghilev, tal el caso de Debussy, Ravel, Prokofiev, Satie, Poulenc, Falla y, naturalmente, Stravinsky, que sumó a aquellos dos títulos, La consagración de la primavera y Las bodas , entre otros. Es que había lazos profundísimos entre ambos, no sólo por el mutuo descubrimiento de uno por el otro, sino porque los unía la misma patria y esa colosal San Petersburgo, que estimuló sus sueños de eternidad.

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En las Chroniques de ma vie , Stravinsky habla largamente de su amigo: "Lo que me asombra en él es su tenacidad para lograr lo que se propone. Yo estaba siempre aterrado y a la vez confiado de trabajar a su lado. Aterrorizado porque cada vez que había divergencias, la lucha con él era durísima y fatigante. Confiado porque con él se estaba siempre seguro de que terminaría por sortear los enconos. (?) Una cosa me atraía, y era su inteligencia y su mentalidad. Tenía la extraordinaria facultad de captar la novedad de una idea y seguirla, llevándose por la pasión y el temperamento". Cuando Diaghilev murió el 19 de agosto de 1929, Stravinsky reconoció que su entrañable amistad había sufrido en los últimos tiempos un deterioro: las ideas y opiniones sobre el arte habían marchado por caminos diferentes. Pero para el músico, Serguéi seguiría siendo absolutamente irreemplazable.

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