
Sonny Rollins, el señor del saxo
El músico, de 76 años, habla de su carrera y de su nuevo álbum, Sonny, Please
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"Las mejores afirmaciones que los negros hemos hecho de nuestras almas fueron dichas en el saxofón tenor"
Ornette Coleman
El jazz, desde la mitad del siglo XX en adelante, ha tenido dos saxos tenores: John Coltrane y Sonny Rollins. Este último, con 76 años y una de las carreras musicales más importantes en la historia del género, sigue en actividad y acaba de lanzar su disco Sonny, Please , un homenaje a su esposa, Lucille, recientemente fallecida.
Neoyorquino, de Sugar Hill, Harlem, Rollins es una de las expresiones más fuertes del jazz moderno; un verdadero coloso del saxofón tenor y un solista torrencial con un sonido apabullante.
El músico comenzó a tocar en clubes de Nueva York, entre 1949 y 1950; poco tiempo después el saxofonista Jeckie McLean se lo presentaría a Miles Davis, que quedó impresionado por su musicalidad. "Sonny, con veinte años, ya tenía una sólida reputación entre los músicos jóvenes. No pocos pensaban que tocaba el saxo al nivel de Charlie Parker. Yo sólo sé una cosa: le andaba muy cerca", escribió el trompetista en su autobiografía.
Lo concreto es que Rollins sigue trabajando duro en su sonido y en la búsqueda de una forma de tocar en la cual, como él mismo afirmó, "no me encuentre obligado a pensar lo que estoy tocando, sino dejar que fluya. Me preparo día a día trabajando con acordes que podría precisar en algún momento", expresó.
La historia de Rollins tiene grandes hitos, como cuando grabó, en enero de 1951, su primer disco como líder con los músicos del Modern Jazz Quartet, Miles Davis, Kenny Drew, Art Blakey y Roy Haynes. En sus trabajos posteriores dejó casi totalmente de lado el piano, y lleva grabados más de 55 álbumes y son bastante más de un centenar sus colaboraciones, entre las que se puede recordar que su saxo aparece en el solo de "Waiting For My Friend", del disco de los Rolling Stones Tattoo You .
Su música atravesó cambios enhebrados como un proceso evolutivo. Uno de ellos fue hacia fines de los cincuenta, cuando aún no tenía 30 años y decidió alejarse de lo resueltamente ornamental (algo que dolió a músicos como Davis, amante de esa forma estética) para internarse en un áspero clasicismo.
Este saxofonista, que debió luchar a brazo partido con una persistente adicción a la heroína, utilizó cualquier influencia nueva con la intención, al parecer, de proveerle a su música estímulos frescos y emancipadores dentro de su estilo hard bop.
A continuación trascribimos los pasajes centrales de la charla telefónica que tuvo Rollins con LA NACION:
- Usted ha tocado con Clifford Brown, Miles Davis, Thelonious Monk y John Coltrane y su música evidencia una constante evolución. ¿Dónde ubica, en ese proceso de permanente crecimiento, su Sonny, Please ?
-Fue simplemente producto de un buen momento personal, y me hizo feliz hacerlo. Los fans tuvieron que ver con esto, porque fueron los que iluminaron la idea de hacer este disco. Y, en definitiva, no era más que mi manera de decirles a todos "Ey, todavía estoy acá, vivo!" (risas).
-¿Cómo pensó la formación de este grupo donde además del saxo están la guitarra y el trombón? ¿Qué buscó con esta especial síntesis tímbrica?
-Siempre amé el trombón; desde mis comienzos con J. J. Johnson me gusta la combinación de sonidos del saxo y el trombón. Y en este disco me produjo mucha satisfacción tocar con Clifton Anderson, a quien considero uno de los mejores en eso. En cuanto al guitarrista, Bobby Broom, ya habíamos tocados juntos en los años 80, cuando él estaba en la escuela, y realmente fue un logro volver a traerlo a la banda. Es un músico muy sensible y me inspira a la hora de hacer mi parte. Además, hay otro toque especial en el grupo, que es el chico que toca la percusión latino-africana de la banda, Kimati Dinizulu, que es lo que le da un toque muy especial
-Su presencia en la banda, ¿tiene algo que ver con los lazos maternos? [su madre nació en el Caribe]
-Podríamos decir que sí, ya que al escucharlo su sonido me suena tremendamente natural. Siempre me sentí identificado con los ritmos latinos, me sonaron muy naturales, muy familiares. Supongo que debe ser por eso
-¿A qué respondió la idea de grabar este disco en vivo? ¿Considera que su propuesta en esta etapa está más ligada a una cuestión emocional que le permite la actuación o fue una simple cuestión de oportunidad?
-No lo grabé en vivo, aunque muchos lo creen así, sino en estudio. Tenía intenciones de hacerlo en vivo, pero Lucille estaba muy enferma y falleció poco después. Ella fue mi compañera de toda la vida y me afectó mucho, así que se pudo hacer así, y le dediqué este trabajo a ella
-Ella fue una influencia en su trabajo a lo largo de su vida, ¿de qué forma?
-Bueno, imagínese que estuvimos 45 años juntos. Eramos compañeros de equipo, y diría que en realidad todos estos logros son de los dos. Era muy lindo poder compartir la vida con ella, poder confiar en alguien así. Ella me ayudaba mucho en todo, hasta a editar el material, y como teníamos un inmenso amor a la música en común, yo podía contar con ella para todo, depender de ella también. Fueron 45 años juntos.
-Quizá deberían darles un premio, no por los discos, sino por permanecer unidos tantos años...
-Es verdad (risas). Hoy en día esas cosas no duran tanto, ¿no?
-Respecto de este disco, ¿cuánto tiempo le llevó trabajar sobre el material, elegirlo y luego arreglarlo?
-El disco fue el producto de nuestra gira por Japón. Habíamos estado trabajando con algunas canciones nuevas en esa gira y cuando volvimos quisimos grabar lo que habíamos hecho. En realidad, en esa gira trabajamos no sólo temas nuevos, sino bastante material standard que conozco desde hace muchos años y otras cosas que teníamos ganas de tocar. Pero como en general era material que ya conocíamos bien, la grabación fue fácil y rápida. La banda estaba ya muy aceitada y los muchachos hicieron un trabajo buenísimo. Digamos que fue un disco que ensayamos en los propios conciertos de Japón.
-Es un disco con muy buenas críticas de parte de la prensa y que fue muy bien recibido por los amantes del género. ¿Cómo vive un músico con tanta experiencia como usted esta aprobación? ¿Cuenta ahora más o menos que en los años cincuenta o sesenta?
-En esta etapa de la vida, uno no presta tanta atención a lo que dicen los medios. La gente, el público, fue lo que siempre me importó y me importa hasta hoy, así que el hecho de que haya gustado el trabajo me encanta. Pero lo que digan los críticos no agrega mucho. Cuando empecé sí me influía mucho lo que escribían los diarios, pero ahora no; la gente ya sabe lo que hago.
- ¿La formación de su sonido estuvo más ligada a Coleman Hawkins y a una combinación de saxofonistas? Si es así, ¿cuáles fueron?
-Digamos que hay saxofonistas que todos admiramos, pero la mayoría sólo tuvo la oportunidad de escuchar en discos y yo, por ser el más viejo, tengo la fortuna de decir "yo toqué con estos tipos". Eso me impresiona, es un privilegio. Y claro que me influyeron mucho, pero no puedo decirte uno solo, son varios: Hawks, Charlie Parker, Johny Hodges, Don Byas, Ben Webster, Dexter Gordon, John Coltrane, Eddie Jacklock Davis, y la lista sigue.... son varios, a decir verdad
-Hubo momentos, que hoy son parte de la mitología jazzística, como cuando usted subía al puente de Brooklyn a tocar. ¿Recuerda cuál era su vivencia? ¿Su búsqueda?
-Fue uno de los momentos más hermosos de toda mi vida. Estaba saturado y quería volver a encontrar mi música. No sentía que estuviera tocando lo que quería tocar, entonces me dije a mí mismo que tenía que encontrar mi sonido de nuevo, así que salí a buscar un puente para ensayar. Y practiqué, practiqué y practiqué hasta que encontré lo que buscaba. Me busqué un lugar cómodo, donde no pudieran verme demasiado y listo. Estaba todo el día y toda la noche. Antes de eso, estaba confundido, y la prensa y las compañías decían lo que se suponía que yo debía hacer, y que era una locura eso de ir al puente, pero yo lo único que quería era hacerlo mejor, tocar mejor, y lo hice, y cuando volví, ya tenía lo que buscaba. Como le decía, en ese momento las grandes compañías me pedían algo, y yo quería otra cosa, aunque no sabía qué. Y lo encontré en ese puente. Luego, esa pequeña búsqueda personal terminó siendo un mito en la historia del jazz, pero yo lo hice simplemente porque necesitaba apartarme. Y fue un momento espectacular para mí
-¿Alguna vez volvió para revivir esa sensación?
-Quise, pero la ciudad cambió demasiado desde entonces. Cuando yo iba, podía ponerme en un lugar, tocar, y de vez en cuando alguien se paraba a escuchar, pero básicamente todos hacían su vida y yo podía estar ahí tranquilo. Era muy lindo. Ahora hay demasiada gente, y están los crímenes y la inseguridad, ya no es seguro como entonces...
- ¿Qué cree que le falta y qué le sobra a su sonido?
-Si lo supiera, no te lo diría, lo habría tocado. Para mí esto es una búsqueda constante del sonido perfecto. Todos los días practico para encontrarlo, para tener la expresión perfecta de lo que quiero decir con la música y sigo todos los días de mi vida detrás de eso. Con la música, que es una materia tan etérea, nunca podés saber que lo que tenés es lo perfecto. Y eso me parece que la hace única, la hace un regalo de Dios, un don tan espiritual, y que siempre puede mejorarse...



