
Sueños en vano
"No quiero ser recordado como una loca vieja que se murió de SIDA", era la obsesión de Liberace en la navidad de 1986, mientras la misma prensa que había manipulado como quiso durante cuatro décadas se hacía un festín con su agonía. La enfermedad terminó con él pocas semanas más tarde -mañana se cumplen dieciséis años- y aunque no resultó como temía, tampoco ocupa el pedestal de leyenda del espectáculo que se pasó la vida construyendo.
Es un caso único de permanencia por logros que no harían feliz a nadie, porque si se ha seguido mencionando su nombre, es como unidad de medida de música banal y aduladora, o sinónimo de superficialidad disfrazada de virtuosismo instrumental, eso sin contar su asimilación con todo lo que signifique desmesura en materia de diseño indumentario o decorativo.
Liberace comenzó a trepar a fines de la Segunda Guerra Mundial, un concertista frustrado que inventó trucos para diferenciarse entre la multitud de pianistas de intermedio. Primero fue una rutina en la que rivalizaba con discos de los máximos solistas de la época terminando siempre primero, después llegaron los candelabros sobre el piano, un detalle romántico que tornaba en recital pretencioso lo que debía ser un acompañamiento a la charla de gente comiendo en hoteles de lujo.
La televisión lo convirtió en figura familiar, ya no tuvo que escribir la fonética de su apellido ("liber-AH-chee") en los carteles y, aunque fracasó reiteradamente en cine, le fue muy bien con los primeros discos y cada temporada mejor en giras que comenzaban en algún casino de Las Vegas y culminaban en el Radio City Music Hall, donde siguió batiendo récords hasta el final de su vida.
Convencido de que nunca iba a ser aceptado, entró en guerra con los comentaristas musicales y cuando trataban cruelmente sus resúmenes clásicos -"La misma sonata que a otros les lleva quince minutos, yo la resuelvo en tres", se jactaba- respondía acentuando más aún el sentimentalismo de su Chopin o el patetismo de lo que dejaba de Tchaikovsky. Igual, quienes criticaban la chabacanería egocéntrica de sus espectáculos, que sólo lograban incitarlo a imaginar pianos aberrantes, cuando no marmóreos, transparentes o espejados, más seda y encajes en su ropa, otro medallón oscilando en el escote y algún agregado en dedos que ya no parecían capaces de admitir una nueva sortija.
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Hasta lo que no es necesario saber sobre Liberace se encuentra en sus memorias, un par de telefilms póstumos, varias biografías ("An American Boy" de Darden Asbury Pyron, es la más entretenida), "Detrás de los candelabros", venganza firmada por un joven vividor al que hizo operar para convertirlo en su reflejo, y el libro-objeto "El maravilloso mundo privado de Liberace", obra maestra del kitsch que compiló durante su enfermedad y anduvo promoviendo hasta que no pudo tenerse más en pie.
Pero la pieza faltante para entender a este peligroso burlador ha tardado casi medio siglo en aparecer, es la versión completa de "Liberace at the Hollywood Bowl", un concierto de 1954 durante el cual "Rapsodia a la luz de las velas", obra suya, va seguida de "El cumbanchero", "Tico-Tico", "Clair de lune", "Mezcladora de cemento" y un popurrí Chopin -cinco piezas en ocho minutos- antes de implorar un aplauso para su madre y cerrar la primera parte con la polka "Barrilito de cerveza".
Liberace habla durante la mitad de la función, un rap de sensiblería, cinismo, hipocresía y viejos chistes que, intercalado en semejante secuencia instrumental, no deja lugar a dudas de que lo que hacía no iba en serio, aunque ya no suena a broma sino como algo maligno: la revancha a cuenta de alguien que había soñado con ser más que el esperpento enjoyado en que se transformó poco después, algo así como un espejo del mal gusto nacional que, luego de su muerte, pasó a llamarse Gianni Versace.





