
Un Beethoven infrecuente
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Concierto de la pianista Silvia Kersenbaum , perteneciente al ciclo de conciertos organizado por el Banco de la Nación. Programa. Sonata N° 28 Op. 101 en La mayor y Sonata N° 29 Op. 106 ("Hammerklavier") en Si bemol mayor. En el Banco Nación.
Nuestra opinión: excelente
Dos obras de especial significación del último período creador de Beethoven, notables por haber traspuesto su autor los límites formales conocidos en su época, abriendo nuevos horizontes a la libertad creadora, pudieron escucharse en el Auditorio del Banco de la Nación. Las sonatas Opus 101 y 106 pertenecen a un grupo de cinco que no por casualidad coinciden con un período de la vida de Beethoven en el que dio cima a realizaciones titánicas, como la Novena Sinfonía y la Missa Solemnis, concepciones sinfónicas y polifónicas ambas que superan todo lo que en su época se escuchaba. Silvia Kersenbaum es una de las pocas pianistas de nuestro medio -o aun del extranjero que nos visitan- que puede acometer un programa así formulado, y no es menor el mérito de los organizadores del ciclo al convocar a una artista de su calidad.
Obras como las mencionadas, que Beethoven destinó al piano de su época con la designación alemana (Hammerklavier, piano de martillos), aludiendo, así, al pianoforte, voz que designa a la Sonata Op. 106, la más extensa de todas las que compuso. Las obras constituyen el patrimonio exclusivo de muy pocos pianistas y oyentes, y la escucha requiere en estos casos una atención sostenida y de gran aliento. El recital se inició con la Sonata Op. 101 en La mayor, música deliciosa y transparente insuflada por la fantasía de su autor, desde sus compases iniciales. Fue vertida con la dosis de lirismo y expresividad necesaria en su Allegretto ma non troppo inicial, no obstante el tono brillante del instrumento empleado en esta oportunidad (particularmente en el registro agudo), que resultó menos notorio en el Vivace alla marcia que siguió, cuyo firme ritmo puntillado generó la energía de una expresión pujante.
El amplio arco expresivo de la sonata se manifestaría en el Adagio, la extensa meditación doliente que siguió, un canto firme y grave, apoyado por la mejor sonoridad del piano en el registro grave, con figuras melódicas en el bajo. Tras un retorno cíclico al tema del primer movimiento, el abordaje del Allegro final, de gran vivacidad, fue ejecutado con pujanza y escrupuloso cuidado en la fuga, trabajada con clara discriminación de las voces. En cuanto a la "Hammerklavier", se trata de una obra trascendente y desafiante, que pone en juego todos los recursos técnicos del intérprete, con pasajes de difícil ejecución, muchos de ellos riesgosos, pero, sobre todo, por la amplitud de la concepción de un mundo musical y espiritual privativo de uno de los más grandes genios de la humanidad.
En sus tres primeros movimientos, la sonoridad requerida remite una y otra vez a la orquestalidad del piano de Beethoven. Y así se pudo corroborar desde los enérgicos acordes iniciales del Allegro, que reviven el estilo heroico, en el "tempo" requerido, encuadrado en una sonata gigantesca que combina la forma sonata con la textura polifónica. Significativamente atenta a la particular sintaxis de este discurso, Kersenbaum lo expuso minuciosamente en los aspectos temáticos y dinámicos en una amplia gama de contrastes, captando así el latido interior que inspiró la obra.
La fulguración del Scherzo, con su variedad de "tempi", acentos rítmicos, y cambios repentinos, luminosos, cuya fantasía inunda la primera parte, fue recreada por Kersenbaum con propiedad, igual que la segunda, de expresión reconcentrada, corporización de voces surgidas de la soledad y el silencio. La variedad de acentos y la graduación de la dinámica fueron los aspectos de la ejecución que confirieron la mayor relevancia al nivel interpretativo. La aclaración realizada, previamente, por la intérprete de introducir una pausa después de este movimiento y antes del Adagio, como algo factible dadas las varias opciones formuladas por Beethoven a su editor de Londres, resulta una opción posible. La experiencia de escuchar la obra en dos partes no resulta desdeñable, aunque será conveniente en tal caso un intervalo no muy extenso.
El Adagio sostenuto, en tono menor, verdadero canto a la melancolía, constituyó un contraste expresivo de notable efecto con el siguiente movimiento, la grandiosa Fuga final, a tres voces con una introducción lírica, es exaltación polifónica pura, de rigor austero, donde se emplean de manera exhaustiva todas las posibilidades combinatorias. Reveló por sí sola hasta qué punto Silvia Kersenbaum está compenetrada de la sustancia del mensaje beethoveniano, de su extraordinaria complejidad expositiva, hecho que la audiencia recibió con una aclamación. Al término, se añadieron dos movimientos de la Sonata Op. 31 N° 3.
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