Un musical llegado de Australia
Son las mismas salas del centro teatral londinense en las que durante décadas no sonó otra cosa que textos dramáticos recitados por actores insignes, pero casi no se las reconoce, con sus marquesinas muy coloridas en las que se anuncian revistas como "Mamma mia", construida alrededor de canciones de Abba; "We will rock you", subtitulada "The Queen musical" por el grupo de Freddie Mercury, no por la soberana británica; "Tonight´s the night", que justifica su existencia con veinte hits de Rod Stewart; "Jailhouse rock" -temas de Elvis-, y "The rat pack", con el repertorio de Sinatra y su pandilla.
Son sólo escenificaciones rutinarias de discos eternos que, aun cantados y bailados por intérpretes inferiores al original, todo el mundo quiere escuchar otra vez. Un subgénero más parecido a las variedades que al teatro musical de envergadura con repercusión también en Broadway, donde prometen quedarse por largo tiempo la reproducción de "Mamma mia", "Movin´ out" -ballet épico de Twyla Tharp con treinta títulos de Billy Joel- y puede ser que "The boy from Oz", aunque su permanencia depende de que la siga protagonizando Hugh Jackman, el actor de "X-men", "Swordfish" y otros films famosos, que es también un notable cantante.
Además de la curiosidad de ser el primer musical originado en Australia que se estrena en Nueva York, esta ingeniosa combinación de recital y biografía escandalosa tiene el mérito de haber puesto nuevamente en circulación las extraordinarias composiciones y el estilo espectacular de Peter Allen, un creador que protagonizó dos décadas de la canción popular vendiendo millones y ganando casi todos los premios posibles, incluido el Oscar por el tema de la película "Arthur", sin que nunca lo tomaran en serio.
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Era demasiado frívolo y desafiante, la encarnación de lo que Susan Sontag acababa de definir como sensibilidad camp, y nunca terminó de pagar el precio de haberse vuelto conocido a costa de Judy Garland, que lo descubrió a los veinte años y, luego de una de esas relaciones imposibles que siempre terminaba con un exceso de pastillas, lo transfirió a otra vocacional en materia de fracasos matrimoniales, su hija Liza Minnelli, con quien se casó en 1967 y duró siete años, cuando ya no quedaba estandarte gay que Allen se negara a cargar.
Este llamativo personaje, que luego vivió sobreexpuesto en revistas de chismes y llenando lo mismo grandes teatros que pequeños clubes, era en realidad un sentimental vergonzante capaz de crear grandes baladas - "I honestly love you", "No grites demasiado fuerte", "Mejor me voy mientras estoy enamorada"- que, a pesar de su calidad, desaparecieron en cuanto Olivia Newton-John, Melissa Manchester y Carole Bayer Sager pasaron a ser voces estéticamente incorrectas.
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También escribió canciones autobiográficas -"Sólo una mujer mayor", "Todas mis vidas", "Continental American", "No soy el muchacho de al lado"-, un gran homenaje a la Garland titulado "Silencio por favor, hay una dama en el escenario", el megahit "I go to Rio" y hasta una comedia musical de culto, "Legs Diamond", con la que fracasó en 1988, cuatro años antes de morir de sida.
A pesar de ser un campesino australiano, Peter Allen imaginó obras que, según se ha dicho, "evocan el paisaje fantástico de una Manhattan romántica y sofisticada como no lo ha hecho ningún otro autor de su generación". Pero fueron presentadas en la época menos favorable para tal imaginería y, en cuanto terminó la fiesta de las discotheques, cayeron en el olvido tan velozmente como la música de Village People.
Veintiséis de ellas reaparecen en "The boy from Oz", que se desarrolla como un concierto póstumo en el que cada número es un capítulo de la vida del compositor, y puede ser que gracias al disco del elenco actual, acaparado por la reveladora interpretación de Hugh Jackman, ahora sí sean reconocidas como clásicos de un período que no los produjo en abundancia.
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