
Una familia marcada por la música
Treinta años de anécdotas, arriba y abajo del escenario
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“Yo era músico de jazz y luego me metí en la música coral. Fui arreglador de Opus 4 y una vez nos contrataron Osvaldo (Piro) y Susana (Rinaldi) para actuar en el local Magoya, que tenían en Mar del Plata, y todavía estoy acá... casado y con dos hijos”, dice el músico Juan Carlos Cuacci.
Aquella anécdota marplatense, que tiene 30 años, dio origen a una familia musical y a la foto que ilustra esta nota con padres e hijos, tíos y sobrinos. El bandoneonista Piro, la tana Rinaldi, sus hijos Ligia y Alfredo (cantantes de jazz y de tango, respectivamente); Cuacci, su esposa, Inés Rinaldi, que muy bien se expresa en el folklore argentino, Juan Esteban, que siguió los pasos de su padre Juan Carlos, y Ana, la menor de la familia, que matiza el teatro con la música.
Luego de las fotos en Barrancas de Belgrano comienza la charla con el clan Rinaldi-Piro-Cuacci en el departamento que Susana tiene a pocas cuadras. Se habla de música, de muchos escenarios compartidos y del espectáculo “Tangos de una noche de verano”, que hace cinco años reunió a casi toda la familia. Más tarde, las hermanas Rinaldi, Piro y Cuacci dicen con cierta nostalgia que “Magoya era una fiesta”; recuerdan esas temporadas veraniegas que comenzaban en diciembre y terminaban en abril, donde compartían cartel con Espalter y Almada, Ulises Dumont, Norman Briski, Gila, Jorge Schusheim y la Antigua Jazz Band, entre otros artistas.
Pero el remate lo da Alfredo con una pregunta socarrona. “Yo nací en Mar del Plata (en 1973). Eso está claro, pero si estaban todo el tiempo en Magoya, porque hacían dos funciones diarias sin días de descanso, ¿dónde fue que me hicieron?”, indaga con picardía.
La música siempre estuvo presente, ya en la infancia de Osvaldo, con un padre violinista y tíos aficionados al bandoneón. Una buena motivación para que Piro se sumara, con apenas 16 años, a las filas de la orquesta de Alfredo Gobbi, como puntapié inicial de una exitosa carrera conocida por cualquier amante del tango. “De todas formas, creo que el talento no se hereda –aclara el músico–. Así que cuando el hijo de un intérprete trasciende es porque tiene un talento propio.”
Las primeras imágenes que comparte Inés memoran su adolescencia: “Aquellas reuniones que se hacían con amigos, en casa. Yo tocaba la guitarra, se cantaba folklore y algunos boleros. También iba a las peñas y bailaba. Me abracé al folklore porque en los años sesenta era muy fuerte en nosotros. Lo sentimos representativo. Al tango comencé a entenderlo a partir de las canciones que interpretaba mi hermana”.
En contra de lo que muchos creen, la música de Buenos Aires no fue la primera pasión de Susana: “Mi formación fue variada. Quería ser cantante de cámara, porque me había formado en ese gusto. A papá le debo Vivaldi y el gusto por la ópera. A lo mejor, lo que siempre quise cantar fue «La Bohème» y eso haya sido una frustración. El tango tiene que ver con mi identidad y apareció por la poesía”.
Para Juan Carlos no existen dudas de que la música es herencia de familia. Su padre hacía “exactamente lo mismo” que él. “Siempre digo que tuve la suerte heredar una profesión y de transmitirla. Misión cumplida. Juan Esteban es la tercera generación y yo el eslabón del medio.”
Herencia y vocación
Radicado en España, con sus 28 años, Juan Esteban se proyecta como un pianista dúctil y un arreglador original que busca un camino propio: “Hay formas que se aprenden en casa –aclara–. Primero mi necesidad fue artística, luego vino la elección de la música. Pero la mejor forma de hacerla es cuando la música no resulta perjudicada.” Y para Ana Cuacci, de 23 años, la búsqueda musical es compartida con la actuación. Dice que desde que tiene uso de razón desea estar sobre un escenario, quizá porque durante la infancia vio los espectáculos de su padre, “las presentaciones de mamá y de la tía” y de su hermano, que empezó a tocar (profesionalmente) a los 18. “Nunca pensé hacer otra cosa. Estudié teatro y aparecieron oportunidades de trabajo antes de lo esperado. Luego tuve altos y bajos, pero en este momento del país tengo la tozudez de no querer irme".
Los hermanos Piro confiesan que durante la niñez y la adolescencia, por algunas inquietudes, no sintonizaban con las de gente de su edad. "El jazz fue lo que escuché durante mucho tiempo", asegura Ligia, quien a los 13 admiraba a Ella Fitzgerald y Billie Holiday. "El acercamiento a la música fue por casualidad. El primer trabajo que conseguí tenía que ver con eso, iba adonde se necesitaba una voz. Un día mi tía montó un espectáculo y fui con un amigo a hacer coros. Ahí cobré mi primera plata, tenía 17 años. No sé quién llama a quién. Si se trata del destino o de lo que uno busca", dice luego de haber pasado por conservatorios y escuelas de teatro hasta encontrar en el jazz y la bossa el lugar donde se siente cómoda.
Alfredo manifestó sus primeras inquietudes a través del dibujo, la pintura y luego en el rock y el pop. "Creo que me influyó una explosión de los 80 que tuvo que ver con lo estético", explica. Y a los 12, mientras sus compañeros de colegio iban a jugar al fútbol, él prefería los recitales o espacios como el Parakultural. Después de los 20 llegaron el tango y la devoción por Homero Expósito. Fue entonces cuando surgió el barítono que habla sobre las notas más graves del registro (igual que su padre) y cuando canta lleva una buena afinación, quizás heredada de su madre. Alfredo se animó, grabó el CD "Bien debute" y desde hace algunos años se lo puede ver en diversos locales del circuito tanguero.
-¿Es difícil trabajar con la familia?
Inés: -No. A Osvaldo le debo muchas cosas porque depositó su confianza en mí. Haber trabajado con Susana fue positivo porque compartimos una disciplina de escenario. Ella es un ejemplo claro. Con Juan (Esteban) no encontramos demasiadas coincidencias, quizá porque soy la mamá, y con Juan Carlos aprendo en lo musical. Soy feliz trabajando con gente que tiene una disciplina parecida y sobre el escenario dejo de sentir que está la familia.
Susana: -Yo no trabajo con la familia sino con artistas excelentes. Lo que agradezco es que pertenezcan a la familia. Si algo puedo sintetizar es que nos la pasamos estimulándonos desde lo que hacemos y con lo que hacemos.
Osvaldo: -Es cierto que uno trabaja con artistas. Me acuerdo de que cuando formé mi orquesta era muy amigo de un violinista. Pero no lo llevé conmigo porque tocaba muy mal. No me lo perdonó jamás.
-¿Se puede aconsejar a los hijos?
Osvaldo: -A Cuacci, a Inés, a Susana y a mí todavía nos queda cuerda en el carretel para seguir dando cosas. Pero el futuro ya es de ellos. Hay que alentarlos y apoyarlos porque, por intuición nomás, su generación te puede sorprender de manera constante. Sacan de la galera cosas maravillosas.
Juan Carlos: -Yo soy un hincha total. Ahora Juan (Esteban) no vive acá...
Osvaldo: -Se fue porque se cansó del padre ( risas ).
Juan Carlos: -No, al contrario. Le insistí para que fuera a hacer un máster a Suecia y desde que vive en España estoy muy pendiente de sus progresos. Siento que pude superar las posibilidades de mi padre -que hizo una carrera brillante pero murió a los 46- y que Juan está superando las mías.
-¿Los hijos sienten el peso de sus apellidos?
Ligia: -Genera responsabilidad y te abre puertas de la misma manera que te las cierra. Porque me ha pasado con gente que detesta a mis padres.
Juan Esteban: -Vuelvo a esto de que la música no debe resultar lastimada. Y no se trata del apellido sino de la coherencia.



