Una ópera de película
El Teatro Colón ofrecerá desde pasado mañana el estreno sudamericano de la notable versión de Benjamin Britten
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La vejez, la melancólica y desesperada búsqueda de la belleza; la tensión entre la pulsión homoerótica y la contemplación platónica y un lugar único en el mundo como marco para una historia crepuscular: Venecia.
Fue Thomas Mann quien concibió la trágica historia del escritor Gustav von Aschenbach, que publicó en 1913 con el título "Muerte en Venecia". Y que, por esos azares de la historia fue adaptada en forma simultánea, al cine y la ópera, por dos grandes artistas europeos, en el inicio de la década de 1970.
Uno fue el italiano Luchino Visconti, quien estrenó en 1971 su gema cinematográfica. "Morte a Venezia". Un film que, por la difusión propia del cine, devino en referencia inevitable (¿cómo no recordar a Dirk Bogarde como Aschenbach y el Tadzio rubio y pelilargo de Björn Andresen, o el "Adagietto", de Mahler como banda sonora?).
El otro fue el compositor inglés Benjamin Britten, quien comenzó a escribir la que fue su última y magistral ópera en septiembre de 1970; presentada como "Death in Venice" en 1973 y que el Teatro Colón ofrecerá, en estreno sudamericano, desde el próximo martes. De más está decir que la versión lírica escrita por Britten está a la altura de su par contemporánea y cinematográfica de Visconti. Recordemos por qué. Britten, nacido el 22 de noviembre de 1913 y fallecido el 4 de diciembre de 1976, tenía tras de sí al grueso de su notable obra musical, incluyendo 16 óperas, cuando se decidió a escribir “Muerte en Venecia”.
Britten encontró un vehículo poético ideal con el que expresar varios aspectos autobiográficos, incluyendo su propia condición homosexual; un tema tabú en la sociedad inglesa , pero que comenzaba a dejar de serlo. La obra está dedicada a quien fue su compañero, el tenor Peter Pears, en cuyo papel de Von Aschenbach recae casi todo el peso vocal de la ópera. La principal contraparte vocal está a cargo de un barítono que representa sucesivamente a diferentes personajes , como el gerente del hotel, un viejo gondolero y la voz de Dionisio. Una tercera voz solista es justamente la de Apolo, que aquí estará a cargo del contratenor argentino Franco Fagioli.
Bedford, director de lujo
Britten no pudo dirigir el estreno mundial de la ópera en 1973, porque había sido sometido a una operación a corazón abierto pocos meses antes, por lo que la batuta estuvo a cargo de Stuart Bedford. Precisamente, será Bedford quien tendrá a su cargo la dirección musical del estreno sudamericano en el Colón, todo un lujo y una garantía de fidelidad al texto de Britten.
Antes de ingresar en uno de los últimos ensayos, Franco Fagioli confirma a La Nacion todo lo que se puede esperar de bueno del director de orquesta inglés. “Se sabe la obra de memoria, literalmente. A veces estamos en los pasillos de camarines y si te escucha cantar se acerca para decirte, tal pasaje o tal nota es un poco más larga, me gustaría que la hicieran de tal forma o de otra.”
Lejos de parecerle una presión extra, Fagioli, que viene de cantar con éxito en la versión de Buenos Aires Lírica de “Agrippina”, de Haendel, asegura: “Te da una gran tranquilidad. El te marca un camino con claridad y uno se puede mover con seguridad en ese sentido”.
Faltan pocos días para el estreno y, en el ensayo al que pudo asistir La Nacion, se comprueba lo comentado por el joven contratenor. No se trata de una obra sencilla en su concertación, aunque la música no sea para el público de difícil audición. Lo que ocurre es que Britten despliega aquí todo su oficio como orquestador, con una agrupación en la que se hace un uso intensivo de los instrumentos de metal y se le agrega un importante grupo de percusión, este último funcionando como un color asociado al papel de Tadzio y su familia (que no tienen partes cantadas).
Sobre esta sólida base musical, se monta el equipo teatral, capitaneado por Alfredo Arias en la régie, Roberto Platé en la escenografía, Jacques Rouveyrollis en la iluminación y Diana Theocharidis en la coreografía.
Si el papel de Aschenbach es clave para el desarrollo en sí de la ópera, la presencia del tenor inglés Nigel Robson es para entusiasmarse. Hace tiempo que no se ve en un escenario de ópera a un cantante con tanta destreza en el aspecto dramático. La plasticidad en el manejo de su cuerpo le permite hacer ostensible, sin artificialidad, los diferentes estados de ánimo por los que pasa su personaje de Aschenbach, así como su progresiva e inexorable decadencia. No es algo casual, Robson, además de cantar con asiduidad repertorios del siglo XX y música barroca, está formado en la escuela teatral de Peter Brook.
Como siempre, los últimos ensayos son una suma de ansiedades, angustias e incertidumbres, incrementados por el hecho de tratarse de la primera vez que “Muerte en Venecia”, de Britten, se escuchará aquí. Pero, por la obra, bien vale la pena el esfuerzo.
Elenco y horarios
Habrá cinco funciones de “Muerte en Venecia”, ópera en dos actos, Op. 88 de Benjamin Britten, sobre libreto de Myfanwy Piper, basado en la novela homónima de Thomas Mann. Serán pasado mañana, el jueves, el martes 23 y el viernes 26, a las 20.30, y el domingo próximo, a las 17.
La dirección musical estará a cargo de Stuart Bedford, la régie de Alfredo Arias, dirección de coro de Alberto Balzanelli, escenografía de Roberto Platé; vestuario de Françoise Tournafond, iluminación de Jacques Rouveyrollis y coreografía de Diana Theocharidis.
El elenco estará integrado por Nigel Robson, como Gustav von Aschenbach, Jason Howard (en los papeles sucesivos del viajero, el viejo galán, el viejo gondolero, el gerente del hotel, el peluquero del hotel, el líder de los cantantes y la voz de Dionisio), Franco Fagioli como la voz de Apolo y Pablo Tellechea como Tadzio. Participan la Orquesta y el Coro Estable del Teatro Colón.
Los sobrantes de abono se venden con cinco días de anticipación en la boletería del Teatro Colón. Informes: 43781-7344.
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