
Vida y pasión de La Lupe
La cantante cubana fue reina de la canción latina en los 60 y 70
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"Su historia es tan dramática que no me imagino que exista una actriz capaz de encarnarla", dijo un resignado Pedro Almodóvar para explicar por qué bajaba el telón de uno de sus proyectos más soñados: llevar al cine la tormentosa vida de La Lupe, la cantante cubana que, después de disfrutar fama como "reina de la canción latina" en los años 60 y 70, murió pobre y olvidada hace hoy exactamente diez años.
Ni siquiera un especialista en melodramas como Almodóvar se sintió capaz de volcar en imágenes todo lo que La Lupe vivió (y sufrió) a lo largo de su difícil existencia. El cineasta manchego había recurrido a "Puro teatro", bolero infaltable en cualquier antología de la artista, para acompañar los títulos de crédito en el final de "Mujeres al borde de un ataque de nervios" (1988), inaugurando el tardío reconocimiento de una figura que sólo supo ser reconocida en plenitud luego de su muerte. Inclusive, Almodóvar se dedicó a rastrear en Cuba a parientes, amigos y todo aquel que pudiera hablar de Guadalupe Victoria Yoli Raymond, nacida el 23 de diciembre de 1940 en una de las barriadas más pobres de Santiago de Cuba.
Para iniciar el camino hacia el reconocimiento artístico, La Lupe tuvo que sobreponerse al escaso apego hacia la música que tenía su padre, un obrero de la fábrica de ron Bacardi que la obligó a recibirse de maestra. Mientras enseñaba, la joven despuntaba su precoz vocación con actuaciones al aire libre en las que comenzaba a depurar su estilo, llevando al extremo el dramatismo con que Olga Guillot hablaba de engaños, traiciones y desencuentros amorosos.
Las ganas de cantar pudieron más. Primero ganó un concurso radiofónico de cantantes nuevos y luego se hizo un nombre en los clubes nocturnos de La Habana junto al Trío Los Tropicales. Le gustaba entonar adaptaciones en español del cada vez más popular rock and roll, pero con las canciones de su tierra daba muchísimo más que hablar.
"Se convertía de pronto en un temblor demente, en una incursión trepidante, en un verdadero ataque. Parecía poseída por el demonio del ritmo y su miedo escénico se convertía en una forma de terror", dijo de ella Guillermo Cabrera Infante, que la vio actuar en el club La Red cuando despuntaban en Cuba los aires revolucionarios.
El autor de "Tres tristes tigres" describió al detalle el modo único con que La Lupe iba a ganar éxito: "Se golpeaba, se arañaba, se mordía las manos y los brazos. No contenta con ese exorcismo musical se arrojaba contra la pared del fondo, dándole trompadas con los puños y con uno o dos cabezazos se soltaba, literal y metafóricamente, el moño negro. Tras aporrear el decorado atacaba el piano y agredía al pianista con una furia nueva".
La Lupe utilizaba sin pudores su belleza salvaje. Lloraba, gritaba, maldecía y hasta se animaba a arrancarse la ropa en el escenario. Su propio temperamento y la poco favorable opinión que suscitaba en Fidel Castro y su estado mayor (su música era vista como "antirrevolucionaria") la llevaron a dejar la isla e instalarse primero en México y más tarde en Nueva York, donde comenzó a hacer famosa su carcajada y sus gritos (en los que se mezclaba el gesto combativo y la sensualidad) junto a Mongo Santamaría y Tito Puente.
En los años 60, La Lupe fue una de las dos grandes divas indiscutidas de la canción latina en Estados Unidos. Cantaba a la perfección desde boleros, sones y guaguancós hasta hits como Watermelon Man", de Herbie Hancock. Pero a la vez era "visceral, impúdica y salvaje tanto dentro como fuera del escenario", como observó el periodista español Diego Manrique.
Este espíritu individualista y poco confiable la llevó a perder terreno frente a la otra gran estrella femenina del momento, Celia Cruz, que se acomodaba perfectamente a las exigencias industriales y discográficas. Las cantantes debían ser "volcánicas en el escenario y moderadas en su vida cotidiana". Celia lo era, La Lupe, no. Y, para peor, sumaba gestos muy mal vistos como su decisión de desnudarse durante un festival transmitido por TV a todo Puerto Rico, además de no adaptarse a ese híbrido musical llamado salsa que estaba surgiendo en los años 70 en Nueva York.
La Lupe inició así su decadencia artística y personal, acentuada por los recelos que provocaba su ferviente práctica de la religión afrocubana conocida como santería. Primero tuvo que vender parte de su patrimonio para atender la enfermedad de su segundo esposo; luego cayó en su casa mientras colgaba una cortina y su espina dorsal quedó paralizada; poco más tarde, su departamento se incendió.
Paralítica, ignorada por sus anteriores amigos de ocasión, sin techo, La Lupe se convirtió al evangelismo y se dedicó a vivir de la caridad y a cantar himnos en las ceremonias de la iglesia pentecostal a la que asistía hasta que falleció, víctima de un ataque cardíaco, el 29 de febrero de 1992 en el Bronx, sin percatarse del todo del progresivo rescate que por entonces su figura vivía en Europa, donde era vista como una especie de furiosa mezcla latina entre Judy Garland y Bette Midler.
De a poco, la reivindicación de La Lupe llegó a la propia comunidad hispanohablante de Estados Unidos. Varios cantantes recurrieron a su clásico grito de "ahi na má" y la comunidad gay latina se hizo ferviente devota de sus gestos, movimientos y actitudes.
Hoy, la tumba de La Lupe es la más visitada en el cementerio de St. Raymond, en el Bronx, donde existe una corriente de opinión en favor de colocarle su nombre a una calle. A la vez, un musical inspirado en su figura ("La Lupe: mi vida, mi destino") fue la representación cantada en español de mayor éxito en Broadway durante todo 2001."Cuando escribí esta obra pensé que la vida de La Lupe no fue otra cosa que un intento por esquivar el destino", dijo Carmen Rivera, autora del musical. Este musical acentúa el fervor que aún despierta una cantante que conoció por igual gloria y tragedia y cuyo talento supo remontar el olvido en el que había caído en los años previos a su fallecimiento. Si el fervor se mantiene, tal vez Almodóvar reconsidere pronto su decisión y vuelva a juguetear, aunque con propósitos muy serios, en su búsqueda de llevar al cine una vida apasionante.




