
Wilco: cómo cobrar dos veces por la misma música
El ojo de buen cubero no siempre ha funcionado en la industria discográfica, y algunos de sus traspiés se han convertido incluso en famosas anécdotas. Como la del sello Essex, que, a mediados de los años 50, desechó el "Rock Around the Clock", de Bill Haley & the Comets, y vio cómo Decca conseguía con el tema un primer puesto en los rankings. No muchos años después, un ejecutivo de la propia Decca, pero en Londres, rechazó a Los Beatles porque "los grupos de guitarra ya pasaron de moda". Sin contar los buenos dividendos que hicieron los Sex Pistols cuando pasaron de EMI a A&M y de allí a Virgin, engrosando bolsillos con sólo un par de canciones.
Pero en pocas ocasiones una misma compañía debe haber pagado dos veces por el mismo disco. Sucedió hace poco, con las canciones del sorprendente nuevo álbum de Wilco, "Yankee Hotel Foxtrot". El grupo de Chicago presentó el año último sus nuevas composiciones a Reprise, el sello con el que había sacado sus tres trabajos anteriores. A la compañía le pareció "ineditable" y le ofreció, gentilmente, devolverle contrato y disco y romper relaciones comerciales.
La banda, que ya tenía arreglada una gira, decidió poner los temas en su página de Internet para que sus seguidores pudieran bajarlos gratis y conocerlos antes de los shows. El éxito de la gira, y especialmente la buena respuesta hacia las nuevas canciones, hizo que el sello Nonesuch le ofreciera un contrato para editar "Yankee Hotel Foxtrot". Y aquí viene lo más curioso: Reprise y Nonesuch pertenecen al gran grupo AOL Time Warner, que, finalmente, pagó dos veces por las mismas canciones.
Experimentación melódica
Que lo valen, no hay duda. Aunque al escucharlo también se entiende que Reprise se haya asustado. Porque las canciones de este álbum están lejos del alt-country de los orígenes de Uncle Tupelo, la banda de la cual se desprendió Wilco, tras la disolución de aquélla. Aquí la experimentación jugó a llevarse bien con la canción y la melodía desde el tema inicial, en el que se declara "I am an american" antes de que la melodía se vaya disolviendo, una y otra vez, en percusiones deshilachadas y sonidos extraños hasta la casi total disolución. En "Ashes of American Flags" canta sobre paraísos y desolaciones, de la vida cotidiana rodeada de cajeros automáticos, bolsas de compras mientras la melancólica voz de Jeff Tweedy se pregunta "por qué escuchamos a los poetas si a nadie le importa nada", sobre variados instrumentos, sonidos electrónicos, ruidos y radios sintonizadas.
Allí está el folk rock mechado de electrónica "War on war", donde se dice que "tenés que perder y aprender cómo morir si querés seguir vivo". O la bella "Jesus, etc.", que habla de canciones tan tristes, melodías amargas y "que cada estrella es un sol escondiéndose".
La edición local de este álbum revela un ojo de buen cubero por estas latitudes. Así, a despecho de la crisis, también se editaó a otras banda que disfruta del juego de derribar barreras y ampliar las fronteras del rock. Allí está también el extraño "Yoshimi Battles the Pink Robots", de los tan extraños Flaming Lips. Un trío fascinado por los viajes musicales-mentales y por el gusto de hacer lo que quiera (y que ha conseguido que, en 1997, su sello edite "Zaireeka", un álbum presentado en cuatro discos separados y diseñados para ser escuchados simultáneamente). Aquí su pop sinfónico, de melodías simples acompañadas de arreglos grandiosos, cuenta la historia de una chica japonesa que debe enfrentar robots gigantescos (el disco, dijeron los músicos, fue fuertemente influido por la muerte de un amigo cercano).
Transitan por un extraño borde que por momentos los acerca peligrosamente a lo kitsch -esos teclados, esa voz suave y volada de Wayne Coyne cantando desatinos-, pero que, sin embargo, logra hacer equilibrio y caminar por el filo de la belleza y el desafío sonoro. A sus cortes inesperados, guitarras puras, melodías que se alzan, voces que se escuchan en segundo plano como pensamientos sueltos, como una rumiadura mental, aplausos de público sin razón aparente hay que sumar nombres de temas tan extraños como "Ego Tripping at the Gates of Hell", "In the morning of the magician" o "Utopia Planitia".
El trío de Oklahoma que completan Steven Drozd y Michael Ivins y a los que se suma Dave Fridmann, el Mercury Rev que es su productor habitual, está decidido a hacer mutar el rock. Y lo está haciendo.



