
Bestia mediática, francotiradora, sexy, bocona, bardera, poster de gomería... así es Nazarena Vélez, la reina indiscutida de un nuevo universo trash donde se alinean la televisión bastarda, Sofovich, la calle Corrientes, Tinelli, los paparazzi y las fantasías sexuales de los argentinos.
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Es la número 1 del país numero 2. Grande entre pequeñas, reina cristalizada de la B Nacional. A ver, como si dijéramos: Susana Giménez y su reverso de emergencia, alta bijou de fantasía.
De emergencia. Sí, pero la Su.
¿Cómo dibujar a Nazarena Vélez? Okay, se hace así: imaginen que los siguientes nombres son puntitos dispersos sobre el blanco expandido de su mundo público (que es tantas veces su mundo privado). Unan los nombres con una línea y descubran quién les queda. Ahí va: Rolo Puente, Jorge Rial, Marcelo Polino, Marcelo Tinelli, la Ritó, una que se llama Belén Franchini o Franchesi o algo de eso, uno que se llama Gerardo Sofovich, la temporada en Villa Carlos Paz, la revista Paparazzi, Iliana Calabró, Daniel "Ventanita" Agostini, Hernán Caire, Freddy Villarreal, Pachu Peña, el Canal 26, Diego Maradona, una que era una secretaria de Corcho Rodríguez y que con eso le alcanzó para terminar de columnista chimentera, uno que se llama Ventura y que también es columnista chimentero pero más grosso, la disco Sunset, una que era de Gran Hermano y su novio que era de Gran Hermano, capaz que una Juanita Viale, y paren ahí. Entonces… ¿qué les quedó?
Naza, Naza, Naza. Huevo, huevo, huevo.
Son casi las nueve de la noche y entramos con Nazarena en Lelé de Troya. De los restaurantes de Palermo Soho, tal vez el más Palermo y el más Soho de todos. Naza mira. Lindo, dice y sigue mirando.
–Sí, lindo, otra onda.
–Sí, más Gastón Pauls.
–Más Leo García, sí.
En una figura como ella, la conciencia del mundo de referencia es constante, la marca del territorio, el propio, el ajeno, es una marca que no se desvanece. Nazarena pide un tostado. La moza no entiende si de tofu, queso de cabra, con o sin tomate confitado, con o sin rúcula. Naza la mira, y repite:
–Un tostado.
La moza se va, atribulada por tanto sentido común.
Van diez minutos y ya se puede ir bosquejando con quién parece que nos vamos a encontrar: alguien que no busca significados entre los pliegues de su mundo, que no se hace demasiadas preguntas sobre el costado icónico de su identidad, alguien que la pasa bien con lo que Ricardo Arjona le dice desde el estéreo de su auto: alguien para quien dos cortes de miga con jamón y queso en el medio y puestos al calor se llama tostado. Vale.
–Una diva, pero más de la tarde, como una Susana de reserva. ¿Te sentís así?
–Yo siento que me muevo en la mitad de dos mundos posibles. Mi personaje está entre el gato putón, la boluda que muestra las tetas y el culo, y, digamos, la actriz, la mina que por ahí puede trascender ese estereotipo.
–Un equilibrio.
–Msé, ahí me muevo, el tema es que por ahora no puedo bandearme demasiado para ninguno de los dos lados, porque los dos mundos siguen necesitándose mutuamente. Siento que por cualquier camino que agarre me voy a terminar cayendo. Ahora es tiempo de mantener.
–¿Alguna referencia?
–Bueno, a Moria le salió toda la vida, siempre al filo del escándalo, popular e inteligente, nunca terminás de ubicarla, eso es tener cintura. Yo quiero que me pase algo así. A mi escala, claro. Y a mi edad.
–¿A qué jugás cuando vas a lo de Rial?
–Ellos me utilizan, yo los utilizo, es así. Y cuando yo no le sirva más, patadita en el orto, lo tengo muy claro. Hace dos años que soy su nena mimada, pero mañana aparece otra que le da más rating que yo y se terminó el amor.
–Eso está claro, ¿pero cuál es tu juego?
–El juego de los títulos y las declaraciones. Yo te puedo hacer creer que soy el putón más grande de la Argentina o, por el contrario, puedo convencerte de que hace dos años que no garcho…
–Claro, y entonces salís en tapa: "Hace dos años que no hago el amor".
–Y ahí la gente empieza a preguntarse si es verdad, si no, que por qué y dicen: "Mentira, sí que garcha", y yo voy robando veinte, treinta minutos, cobro y cobro y cobro de todos los que ponen las pelotudeces que yo digo.
–Negocios.
–Sí, también tengo claro que te pasás un poquito de la raya y te vas a la mierda enseguida. Creo que a esta altura sé medir hasta dónde decir y hasta dónde no.
–A esta altura quiere decir que conocés el terreno.
–Y… yo sé que voy a morirme laburando en esto, lo que no sé es si no me muero el año que viene.
Una nena de 14 años quiere su bici para andar por las calles de la patria esa que es su barrio de Quilmes. Pero su mamá no se la compra, no porque no tenga para una bici, sino porque si le compra a una le va a tener que comprar al resto de los hermanos, que son cinco; y si bien la familia vive con cierta comodidad, la cosa tampoco está para cinco bicis, seis.
Cierta comodidad porque en la casa hay una mamá que es muy mamá, y mucho de ahí no se mueve. El papá se pasa los días en el recinto del Concejo Deliberante como concejal por la ucr y, en sus ratos libres, se toma el laburito de hacerle llegar cajas del Programa Alimentario Nacional a la cooperadora del San José Obrero, el colegio de las chicas. Y el abuelo hace lo que hizo toda la vida, con intendentes de facto o democráticos, con radicales o peronistas: maneja el auto oficial. A la pequeña Nazarena la llena de orgullo que el abuelo sea el chofer del señor intendente: es como un abuelo importante, y para la nena ser importante ya saben lo importante que puede ser.
Total que Naza, que ya tiene 14 y un cuerpo que asoma, se mete en el concurso Miss Quilmes. Joder, que lo gana. Y con los primeros billetes obtiene dos cosas. Uno: la idea de que ese cuerpo que hasta hace poco era nada puede volverse una herramienta para llegar todo lo lejos que ella quiera. Y dos: una bici.
A los tres meses, la nena transforma sus bienes de capital y convierte la bici en un book. Después lleva el book a una agencia. Después la llaman de la agencia. Después hace su primer comercial. Después hace el segundo. Pronto llega el día en que deja de contarlos.
En el 89, con la llegada del menemismo, a la familia Vélez se le empezó a hacer cuesta arriba: el papá concejal ya no fue concejal y, tan boina blanca, tan ucr tradicional, se fue quedando sin espacios. Igual, papá y mamá no perdieron la fe. Siempre fueron muy católicos, lo suficiente como para ponerle Nazarena a una de sus hijas, y Jesús al varón, y Florencia Angeles a la otra hermana, y a la otra Jazmín Luján… en fin, que sin Dios no se iban a quedar.
Que un peronista de La Rioja llegara a la Casa Rosada fue una decepción, también para Nazarena, que había trabajado duro en el comité: ordenó los padrones, pegó afiches de Angeloz, fue presidenta de mesa. Pero la suerte estaba echada y hubo que remar. A mamá Vélez le pareció que Mis hijos era un buen nombre para una pizzería y ahí, en la esquina de 879 y 841, se pusieron todos a sacar grandes de muzzarella.
–Hoy vivís en Martínez. ¿Cuándo fue que se terminó Quilmes?
–Cuando murió mi abuelo, justo un par de días antes de que subiera De la Rúa… hubiera sido el mayor de sus orgullos, él que con 79 años seguía yendo al comité. Yo estaba ensayando Boeing Boeing, con Ranni, y era notera del 26. Me acuerdo que llené la casa velatoria con coronas y palmas que decían "La UCR te va extrañar", otra que decía "el intendente…", otra del club de jubilados. Era todo mentira, las coronas las había comprado yo.
–¿Por qué lo hiciste?
–Pensé que desde algún lugar él iba a estar mirando.
–Fe en el show off, digamos.
–Puede ser, pero conseguí lo que quería, que la gente se fuera con los ojos abiertos. Fue el final de la mejor época de mi vida.
Después vino el crescendo de un tipo de fama más o menos sostenida, más o menos siempre un poco más. Y la ratificación, la rúbrica, de un estilo que venía componiendo desde nena: el tono vociferante, guaranguito, noisy, un autito chocador.
–¿De dónde te viene?
–No sé, tal vez mis viejos esperaban que yo fuera Verónica Varano, pero bueh, salí así.
No cuesta imaginar que el tipo de figura que fue perfilando la llevara hacia el ruido bailantero de los programas pila pila. Debe haberse constituido allí, antes que en ningún otro espacio, en esa diosa del ascenso, elegida y proclamada al calor de las masas. Y brillante. Y rubia, que es como de verdad hay que ser si querés ser una deidad en la tierra morocha de la estridencia tropical.
Con ese título nobiliario no podía menos que ser la chica del chico número 1 de ese planeta en ebullición. Hernán Caire, ex niño bonito by Cris Morena, morocho sonriente de Jugate conmigo y joven intrépido de Brigada Cola, era el indicado, y así Hernán y Naza tuvieron su amor en tiempo de cólera.
Cuenta Nazarena: "Por ahí él me decía: mirá el jean que tenés metido en el ojete, y venía y me rompía el jean. Entonces yo le gritaba: ¡pero rompete la pija la concha de tu madre! Yo me iba, me rajaba, y él me agarraba de la cadenita, me cortaba el cuello. Después terminaba arrodillado pidiendo perdón. Y entonces yo decía: ay, pobrecito".
Dice Nazarena que llegó a estar treinta días con pérdidas y ovarios inflamados después de haber rodado por una escalera. "Era una escena que se repetía, yo queriéndome ir, él que no me dejaba pasar. Una vez estábamos en eso y él me cerraba el paso hacia el ascensor. Entonces voy por la escalera y me empuja... no, no me empuja, me agarra, yo lo entro a cagar a puteadas, y él me larga, en el envión de queme larga, me voy por la escalera, no me maté de pedo."
–¿Siempre terminaban entre llantos y perdones?
–Sí, pero antes pasaba algo más: a él se le paraba la pija cuando me agredía. Muchas veces, después de una pelea fuerte, me terminaba agarrando la mano para llevársela a la bragueta y yo sentía que tenía el pito parado. Y ahí, con mi mano entre sus piernas, me decía: "¿Te das cuenta cuánto te amo?".
Hubo una vez que fue la última vez, y fue la última porque fue la peor: un compromiso a punta de pistola. El escenario fue la casa de los padres de Caire, en el barrio de Boedo, los padres no estaban. Nazarena dice que el diálogo fue así:
Caire: –Ponete la alianza, nos casamos.
Naza: –No me caso un porongo.
Caire: –Ponete la alianza.
Naza: –Con vos no me caso.
Caire: –Presentame a Bárbara (hija de Nazarena)
Naza: –No te voy a presentar a Bárbara.
Caire se va, se mete en el cuarto de sus padres, la sala queda en silencio. Ruido apagado de cajones, Caire vuelve, parece ofuscado, trae una 22 en la mano. Dice Nazarena que sintió el caño en la sien y otra vez, la voz de su enamorado: "Ponete la alianza porque te vuelo la cabeza".
–¿Qué hiciste ahí?
–¿Qué iba a hacer? Me puse la alianza y le dije lo bien que me quedaba… ¡tenía un chumbo apuntándome!
–¿Qué pasó después?
–Me cogió.
–¿Con el arma en la mano?
–Sí, bah… la puso al lado, en la mesita de luz. Yo no podía dejar de mirarla. Después me hice la pelotuda: mi amor, qué lindo que nos casamos… cuando salí, me metí en la primera comisaría que encontré, y lo denuncié.
Pasó una semana sin llamados ni cruces. Ni ella sabía de él, ni él de ella. La distancia y la nada después del terror: ese eco de las cosas en la memoria y la convicción de que esto no terminó acá. Era de noche, tarde, dos de la mañana, cuando en la casa de Nazarena sonó el timbre. Dice que bajó asustada, que puso el ojo en la mirilla y sólo vio un montón de yuyos. Atrás bajó Barbarita:
–¿Quién es, ma?
Un montón de yuyos contra la puerta no querían decir nada, así que Nazarena abrió. Lo que vio entonces, lo que vio su hija desde unos metros más atrás, fue una corona fúnebre, con su faja violeta cruzándola al medio y una frase en letras doradas: vas a ser por siempre mia.
Porque eligió que su vida fuera eso, la proyección de su mundo íntimo al espacio público, multiplicador, del massmedia culebrón; porque su negocio y su vida son más o menos la misma cosa; y porque tiene conciencia de ese empalme resbaloso; porque ya no podría hacerlo de otro modo; porque ése es el juego que sabe ganar; porque registra su contrato y sabe, conoce, que del otro lado están/estamos esperando el combustible del morbo con el que echaremos a andar y sostendremos un rato más el avatar de su popularidad; por todo eso, la reconciliación fue en vivo y en directo, en el programa de Susana Giménez, con un puñado de decenas de miles de personas invitadas a la charla. Se habían visto por última vez con un arma de por medio. Y de pronto estaban en el aire.
Naza dice: "Ese fue nuestro último encuentro. Cuando terminó el programa sabíamos que nuestras vidas seguían por caminos diferentes. No volví a hablar con Hernán, no volví a encontrarlo. A veces lo veo en algún canal, y siento lástima".
Día de semana, tardecita, tipo tres. Rolling Stone y Diario Popular entramos juntos al estudio de Canal 9 donde se graba Palermo Hollywood Hotel. Freddy Villarreal, que va a dar unas notas, viene y nos da la bienvenida. Por ahí pasa Waldo (Waldo, el de Tinelli… lo tienen a Waldo, ¿no?) y Nazarena, que aparece con vestidito negro, escote jetón, maquillada como una puerta maquillada. Detrás, tres chicas vestidas de mucamas tan típicamente ratoneras todo servicio. Las cuatro graban un sketch junto a un jacuzzi, con chistes tipo: "¿Y este spa? Spa… que te hagan de todo".
Risas.
Después las tres se van a la sala de maquillaje, un lugar detrás de los decorados donde colgaron un espejo y alguien puso una mesa. Me invitan a acompañarlas y arrancamos. Ahí las chicas charlan de lo que yo creo que ellas creen que yo voy a creer que está bueno escuchar: sexo.
Una rubia de acento cordobés dice que ella lo hace todos los días, tres veces. Naza la mira raro y le contesta: "Yo me mato". La rubia pregunta que por qué. Nazarena le explica: "Porque yo soy una histérica. Me gusta juguetearlos y dejarlos con la pija pegándoles en la frente". La rubia dice que eso es una boludez, que ahí es cuando se van con otra. Naza, a los gritos, responde:
–¡Te llaman, boluda! ¡Si te quieren coger te llaman! No se cogen a otra, qué se van a coger….
Después cuenta cuando Luis Miguel se la quiso apretar. Que le comió un labio, pero ella le dijo que no. Y que el mexicanito insistía pero ella que no que no. Y que no se arrepiente. Haciendo montoncito con los dedos, dice: "Mirá si me iba a convertir en otra putita de su lista".
De golpe, el presente se mete en la charla y Nazarena dice no sé qué sobre Daniel Agostini, su ex. Entre aquella charla y este texto pasaron cosas: una audiencia de divorcio frustrada; un corazón de pollo enviado mafiosamente a Nazarena con la firma del Comando La Ventanita; una inspección de ella en las boleterías de un concierto de él; y otras delicias de la vida conyugal, siempre lo suficientemente ruidosas como para asegurarse una cantidad de segundos en el espacio chirle de la tele de la tarde.
Dos noches después, el entorno es otro, pero Nazarena parece la misma: el vestidito negro, el escote jetón, el maquillaje blindado, ahora sobre el escenario del Multiteatro, haciendo ella de mucamita cucurucha en una de Sofovich que se llama El champán las pone mimosas, una pieza muy a lo Darío Vittori de la época en que nada se llamaba sit-com.
Nazarena hace de Eutanasia, la mucama cómplice y un poco torpe. El intento es el de hacerlo bien: parece una tautología pero estamos hablando de chicas Sofovich que muestran piel en la calle Corrientes, así que ponerle a eso un esfuerzo escénico le alcanza para recortarla de sus compañeras de obra, como esa Belén Franchisi, Franchise… ésa. Por ejemplo, en algunos momentos de la obra, Nazarena extrema el ridículo y se afea, todo lo que puede se afea, deforma su cara hasta convertirla en otra cara, una mucho menos reconocible y sexy, como si se negara a sí misma, como si el problema fuera poder decir: miren todo lo deforme que puedo ser; o sea, ven, soy re actriz. Tampoco es que lo consiga, pero al lado de la Franchisi es Marilú Marini.
Y, claro, esa boca, ¿no?
De vuelta en Lelé de Troya, con los restos de un tostado al costado del plato, le pregunto por ese par de labios, ese colágeno. Naza enfurece:
–¿Colágeno? ¿Qué colágeno, querido? Tocá.
Okay, ahí voy.
Esta es la parte donde le toco la boca a Nazarena, donde me toca comprobar la mentira o la verdad de ese par de labios mientras ella sigue hablando, aunque se le entiende poco. Dice cosas como.
–Besh, she bueve tóo…
–[Sigo tocando] ¿Y qué tiene que se mueva todo?
–Queesh bandita.
–[Dejo de tocar] O sea…
–Que el colágeno te endurece todo, el colágeno es una piedra dentro del labio, pudiste comprobar que yo no, ¿verdad?
–Verdad, pude.
–Igual, mi boca es una gran fantasía y un gran problema. Es la típica boca de chupatoronja y ése es el conflicto de todas las parejas celosas que tuve.
–Pero vos la mandás bien al frente, igual.
–Es que los días que no tengo ganas de pintarme, me pinto la boca y tengo el ochenta por ciento de la cara maquillada.
–La pregunta sería si esa boca es tuya o de tu personaje.
–De las dos. Por un lado parece la boca más zarpada, onda que te agarro y te dejo sin aire, pero a la vez soy súper asquerosa y odio chuparla. Para que se la chupe a un novio tienen que pasar meses.
Un tostado es igual a un tostado: eso no se decodifica. Sin embargo, el resto del mundo Nazarena es un artefacto con más articulaciones que dos triángulos de jamón y queso. Y de todas, la única verdaderamente medular es la tensión bifocal entre la mentira y la verdad de un nombre y su estela mediática. La pregunta no es sobre su honestidad: la pregunta es de qué manera dice lo que dice, con qué tono, para ganar qué. El relato de Nazarena sobre un novio que la casa con una 22 en la cabeza es un relato más del tejido de historias que forman la currícula de un personaje: es laburo. Ella transforma (quizás ése es su talento, saber transformar) un hecho de abrumadora intimidad en otro sostén de su popularidad y por eso cuando me lo cuenta no hay más que palabras conjugadas correctamente, una detrás de otra, sin pasión. En cambio, un episodio mucho menos violento y salvaje como la memoria de un abuelo chofer le hace saltar las lágrimas y llora esa ausencia como nunca va a llorar a ningún boludo golpeador. Entonces: quién es la que está contando qué cosa. Qué se enciende cuando una rubia se mete en el tele-cabarulo del programa de Rial para contar que no coge, y qué cuando sale de ahí y pone Arjona en el auto y vuelve a casa pensando en el abuelo.
Es decir: la verdad y su venta.
La chica vende que te la chupa pero no te la chupa. La histeria es su negocio y ella conoce bien su negocio. Termina la charla, Naza se va y con ella su boca. Su boca de mentira, su boca de verdad, según.






