Nicolas Cage aprende lo bello que es vivir
"Hombre de familia" ("Family Man", EE.UU./2000). Presentada por Eurocine. Dirección: Brett Ratner. Con Nicolas Cage, Téa Leoni, Don Cheadle, Jeremy Piven, Mackenzie Vega. Guión: David Diamond y David Weissman. Fotografía: Dante Spinotti. Música: Danny Elfman. Montaje: Mark Helfrisch. Duración: 124 minutos. Apta para todo público. Nuestra opinión: buena.
1 minuto de lectura'
Tengamos o no conciencia de haberlo experimentado, todos hemos vivido alguna vez (o varias) el momento crucial en que decir sí o no determinó el curso de nuestra historia.
A Jack Campbell, que también lo ha vivido trece años atrás (tal como el prólogo se encarga de subrayar), se le da sin embargo la oportunidad de echar un vistazo a lo que habría sido su vida si en lugar de tomar la decisión que tomó hubiera elegido otro camino.
Acá no hay un ángel de segunda clase, como en "¡Qué bello es vivir!", sino un locuaz raterito neoyorquino, pero estamos a punto de celebrar la Navidad, el espíritu es el mismo y la situación parece más que inspirada en aquel recordado film de Frank Capra.
La cuestión es que el "enviado", un poco molesto por la arrogancia de Jack (le ha oído decir que "nada le falta") decide trasladarlo sin previo aviso a la vida que pudo haber tenido si en aquel momento clave hubiera preferido quedarse junto a la mujer que amaba y enfrentar la perspectiva de algún sacrificio y una vida modesta en lugar de tomar un avión a Londres para descubrir todos los secretos del mundo de los negocios y poder convertirse en un campeón de Wall Street.
Hasta el encuentro con el ángel-ratero, Jack era un triunfador. Y ser un triunfador en la vida -como lo sabe cualquiera que atienda a los mensajes publicitarios- significa que tiene mucho poder, mucho dinero, va a los mejores restaurantes y disfruta de la incomparable libertad de comprar lo que se le ocurre, dormir con quien quiere y quedarse solo en casa a la hora que lo dispone. Está, eso sí, un poco solo. Pero a quién le importa eso si puede disfrutar del vértigo de su Ferrari, vestirse a puro Armani y resolver la fusión de su compañía con otra con la misma ligereza con que cualquier vecino decidiría dónde encargar una pizza.
Puede imaginarse, pues, la conmoción que le causará despertar de repente no en su sofisticado piso de Manhattan sino en una relativamente modesta vivienda de Nueva Jersey, y descubrir después que está casado (con su ex novia, claro), que es papá de dos chicos y tiene un trabajo bastante rutinario en el negocio de su suegro. Adiós a la Ferrari, a las reuniones de directorio, a los vinos importados y los restaurantes exclusivos; bienvenidos los cambios de pañales, los paseos con el perro y las tardes de bowling con amigos y vecinos que siempre hablan de deportes. En pocas palabras: toda una pesadilla. Tolerable porque se supone que es transitoria y compensada en buena medida por la belleza y el encanto (intactos) de su dulce mujercita.
Felicidad según Hollywood
No hace falta demasiada imaginación para intuir lo que se viene. Hollywood cumple con su deber aleccionador y hace que el personaje comprenda, al fin, la gran verdad que todo el mundo se veía venir: el dinero no puede comprar la felicidad. El film enseña que es posible vivir feliz aun en la pobreza (la pobreza, en este caso, es el estado en que vive la gente que debe conformarse con una casa de dos plantas y no puede comprarse un traje de 3500 dólares sin pedir un préstamo al banco). Y no sólo eso: sugiere asimismo que con un poco de espíritu emprendedor y otro poquito de talento, también puede aspirarse al triunfo profesional y económico, además de conservar lo fundamental: una mujer linda y cariñosa, un par de hijos enternecedores, una casa confortable y un montón de amigos. ¿Por qué conformarse con menos?
La descripción de los dos mundos de Jack es tan superficial y tan esquemática como corresponde a este tipo de fábula aleccionadora y navideña hecha para generar alguna sonrisa y despertar la emoción fácil. La fantasía del "qué habría pasado si..." tomada del clásico de Capra bien pudo haber sido mejor aprovechada de no haber estado el film tan atento a complacer a la platea más vasta posible. No obstante, pueden anotarse algunos aciertos.
Uno se refiere al personaje de la nena (Mackenzie Vega, todo un hallazgo), la única que comprende desde el principio que este papá de comportamiento tan extraño es un impostor. Otro es la visible química que se establece entre Nicolas Cage -aquí bastante menos tenso que en las aventuras de acción que últimamente lo habían acaparado- y la sensible Téa Leoni, que define con precisos toques la diferencia entre la mujer independiente que es y la mamá atareada y profesional que pudo haber sido. También, aun sin apartarse de la receta habitual, hay algún apunte ingenioso en la descripción de la vida social en el rincón de Nueva Jersey donde Jack recibe su saludable (y bastante elemental) lección de vida.





