El modo natural de caminar de Nicolas Cage consiste en un tranco imponente e inverosímil, que incluye pasos largos y un ligero movimiento de caderas, un andar que no permite adivinar los bloques de músculos que tiene en los hombros y en el pecho.
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Con papeles tan diversos como el alcohólico suicida de Adiós a Las Vegas [Living in Las Vegas, Mike Figgis, 1995] el romántico protagonista de Ciudad de ángeles [City of Angels, Brad Silberling, 1998], Cage siempre se ha revelado como un maestro de la transformación. Pero nunca tanto como en su propia vida. Hace no mucho tiempo era todavía una especie de samurai hollywoodense, tan harto de sí mismo y del mundo que daba la impresión de que podía llegar a automutilarse para lograr un lugar en una película y curarse a sí mismo golpeando paredes.
"Nic parece un hombre atormentado", dice Scorsese. Y hay una buena razón. Esos ojos soportan una historia agitada: la del confundido hijo que tuvo que aguantar que su madre fuera internada por esquizofrenia y depresión crónica; la del muchacho enjuto al que las chicas rechazaban por ser un tipo raro; la del marginal rabioso que le envidiaba a amigos y a familiares sus coches, su ropa y sus casas; la del actor de 17 años que se fastidió tanto cuando su tío más famoso, el director Francis Ford Coppola, le dio un papel en La ley de la calle [Rumblefish, 1983], que decidió cambiarse el Coppola por Cage para rendir homenaje a Luke Cage, personaje de un libro de cómics. Entonces, Nic Cage empezó a inventarse para sí mismo la imagen de chico duro.
"Ese rebelde obsesionado consigo mismo era yo", dice Cage. "Pero dejé de serlo." El Nic Cage que asoma a este nuevo siglo es un miembro del establishment hollywoodense -estatuilla del Oscar incluida-, un hombre que vale 20 millones de dólares y es capaz de sacar adelante papeles como héroe de acción (La Roca, Con Air, Contracara) o como protagonista romántico (Ciudad de ángeles).
Cage no pierde tiempo en señalar que, a los 35 años, tiene muchas responsabilidades. Es padre de Weston, de 8 años, el hijo que tuvo con Kristina Fulton, su antigua pareja. Y hasta hace poco fue padrastro de Enzo, de 11, el hijo de la actriz Patricia Arquette. Cage se casó con Arquette en 1995, dos semanas después de que ella se lo propusiera a él por teléfono. (La relación duró cinco años: pocas semanas después de mi último encuentro con él, la pareja se separaró.)
-En mis comienzos puse en práctica mis fantasías de lo que, suponía, debía ser un tipo interesante -dice-. Quería ser impredecible y aterrador, y me imagino que lo era. No me imagino que ahora pueda llegar a enojarme tanto. Hace años que no golpeó una pared. Es decir… -aquí Cage hace una pausa en una, aparentemente, sincera autoinquisición-, ¿debería estar golpeando paredes?
En este preciso momento, Cage es llamado para enfrentar las cámaras como Frank Pierce, el paramédico cuya vida se parte en dos durante tres noches de trabajo. Para lograr las tres noches consecutivas en que transcurre la película, Cage y Scorsese debieron filmar durante setenta y cinco días. Vestido con pantalones de un uniforme verde, camisa blanca manchada y una banda de la ciudad de Nueva York en el brazo, Cage penetra en un manicomio iluminado con luz fluorescente mientras Scorsese ensaya con su equipo.
Marc Anthony, la estrella de salsa, personifica a Noel, un loco callejero. Sus dreadlocks están atados con correas a una camilla metálica. Intercambia insultos con un hombre mayor que está en la camilla de al lado. En las paredes brillan, como si fueran incandescentes, radiografías que muestran espantosos derrames cerebrales; la sala de emergencias -ubicada en realidad en el Hospital Bellevue de Manhattan, pero acondicionada para representar el ficticio Nuestra Señora de las Mercedes- está llena de pacientes vagamente amenazantes, salpicados de sangre, aturdidos, y de algunos doctores y enfermeras frenéticos.
"No, no, no, ni se te ocurra", ladra la enfermera a cargo cuando Frank intenta calmar a Burke, su afligido paciente, con métodos que van más allá de lo que establece el tratamiento. La preocupada hija de Burke, Mary, interpretada por Arquette, espera en el umbral de la puerta, acurrucada junto a su familia. Frank sólo quiere aliviarla.
"Traten de encontrar un ritmo para no superponerse", sugiere Scorsese mientras la enfermera y Cage se pelean. Entonces, de repente, a la camilla en la que está recostado el anciano se le salta una tuerca, se inclina y amenaza con hundir al viejo de sopetón, y sin que pueda protegerse, en el suelo de linóleo, duro como la roca. En el cuarto de segundo que sigue, antes de que surja el suspiro colectivo de advertencia, Cage ya metió una mano debajo de la camilla. Absorbe el sacudón, vuelve la camilla a su nivel original y mira pacientemente alrededor buscando ayuda en el todavía inmóvil equipo de la película.
"¡Un héroe en la vida real!", grita Scorsese, exultante. Un aplauso discordante surje de los extras e incluso del normalmente inexpresivo equipo de producción. Sonriendo con timidez y más para sí mismo que otra cosa, Cage murmura: "No soy Superman".
Al mascullar eso, Cage dice la verdad. Recientemente le había confirmado al productor Jon Peters y al director Tim Burton que protagonizaría el muy difundido proyecto sobre el superhéroe (al que se había bautizado hasta el momento Superman Reborn) antes de que la producción se tragara a dos guionistas de primer nivel y Burton decidiera posponerlo. Cage dice que planeaba interpretar al Hombre de Acero como "un loco lindo". De hecho, él construyó su carrera interpretando a memorables héroes impensados: por ejemplo, el veterinario con la cabeza vendada de Alas de libertad [Birdy, Alan Parker, 1984]; el padre trash del bebé secuestrado de Educando a Arizona [Raising Arizona, Ethan y Joel Coen, 1987], una mezcla entre el Coyote y Jerry Lewis; el tímido panadero de escasas neuronas de Hechizo de luna [Moonstruck, Norman Jewison, 1987]. Tuvo además su toque cómico à la Elvis en Corazón salvaje [David Lynch, 1990]. Y, antes de encontrar el papel de Adiós a Las Vegas [Mike Figgis] por el que mereció un Oscar, filmó su "trilogía alegre": Honeymoon in Vegas [Andrew Bergman, 1992], It Could Happen to You [Andrew Bergman, 1994] y Guarding Tess [Hugh Wilson, 1994].
Sin embargo, Scorsese figuraba "al tope de la lista" de los directores con los que quería trabajar.
-Cuando el proyecto de Superman se cayó, supe que podía hacer esto -dice Cage sobre Vidas sin límites-. Y como Marty [sobrenombre de Scorsese] hace una película más o menos cada cuatro años…
Francis, el tío de Cage, hizo el llamado que contribuyó a reunir por primera vez a Scorsese y al actor. "Los ojos de Nic transmiten una gran ternura", dice el realizador. "Como en la escena en que está comiendo pizza con Patricia. Es una escena muy simple, pero las más simples son las más difíciles." Cage quiere destacar más la crisis espiritual de este paramédico que trata de hacer el bien en un mundo amoral. "No es el héroe tipo pum pum, los mato a todos", dice. "Frank es una persona muy solitaria y confundida."
Cage contó con la ayuda y consejos de Joe Connelly, el autor de Bringing out the Dead, que escribió la historia de Frank en forma de novela utilizando experiencias de sus diez años en el purgatorio como médico.
-Cuando lo veo hacer el papel a Nic -dice Connelly- y lo miro a la cara, veo que toda la historia de Frank está a la vista… lo que le pasa por la cabeza está fuera, delante de uno.
Cage se documentó para su papel recorriendo Los Angeles en distintas ambulancias y en esos viajes se encontró con realidades muy sombrías.
-Vi a una mujer que habían apuñalado… todas esas cosas… que parecían cables en el cuello. Y lo peor fue el nene de nueve meses que no podía respirar y por esa razón tenía daños cerebrales. En esos momentos es cuando uno puede ver realmente cómo son esos microcosmos donde todo es negro, donde todo es negativo. Los días en que nadie está a salvo. Los paramédicos dicen que no pueden pensar en eso mientras trabajan. Pero cuando volvía a mi casa, yo pensaba: "Esto les puede pasar a mis hijos". Después las imágenes comenzaron a perseguirme. Y eso es lo que le pasa a Frank Pierce con su trabajo. Lo persigue la imagen de esta muchacha, Rose, a la que no pudo salvar.
En el guión de Paul Schrader -una nueva colaboración con Scorsese después de haber trabajado con él en Taxi Driver (1976), El toro salvaje (1980) y La última tentación de Cristo (1988)-, el personaje de Rose que aparece en el libro está sutilmente fusionado con el de Mary. El peso que Arquette lleva sobre sus espaldas, dice Cage, es "ser el corazón de la película, porque es la persona con la que todos van a poder relacionarse, la persona que está pasando por la experiencia, humana y real, de que su padre se esté muriendo".
Cage y Arquette se presentan al trabajo como si no estuviesen casados, como si no tuviesen su propia, única historia de amor, sino en plan profesional. De buena voluntad aceptan la indicación de Scorsese de tener trailers separados y de buscar, cada uno por su lado, su verdad como actores.
(Es un distanciamiento premonitorio. Durante el rodaje, rumores persistentes señalan que en la vida real la relación entre Cage y Arquette no atraviesa un momento precisamente exultante. Semanas después, habrá de confirmarse la separación.)
Durante nuestros encuentros, Cage aludirá a un magma personal de emociones que se niega a definir.
-Desde afuera, parece que tengo todo hecho, y comprendo que se lo vea así. No quiero aparecer como si me estuviera quejando. Pero, como ser humano, tengo problemas como cualquier persona. Y alguna gente que sabe cuáles son esos problemas me dice: "Por Dios, ¿cómo podés levantarte de la cama?". Pero estoy bien.
Arquette sufre tensiones similares. Su padre cayó enfermo durante la filmación y apenas un año antes de comenzar el rodaje su madre murió de un cáncer de pecho. La actriz hace referencia a su propio monólogo interno de frustración. "Me estaba sintiendo bastante rara, bastante obsesionada conmigo misma durante esta película".
Cuando empieza a terminar la noche, en el set aparece un camión lleno de tubos y repleto de gente del equipo. Detrás está la ambulancia. Y más allá, Scorsese, sus rasgos iluminados a medias por el monitor de video que está a centímetros de su rostro. El amanecer comienza a asomar furtivamente por detrás del East River. El grupo está a punto de haber pasado toda la noche en vela y Cage, bastante experto en cuestiones de vampirismo, tiene un aspecto intranquilo.
-Ya hace seis meses que estamos en este tren, dando vuelta en círculos, viviendo de noche -dice. Hace una pausa mientras una maquilladora le da unas pinceladas cerca de los ojos-. Cuando vuelvo a mi casa veo a la gente en la calle que compra café y muffins para empezar un nuevo día, y me espanto.
No existe ningún grande de Hollywood que se precie que pierda la oportunidad de contarle a un periodista cómo busca la "vulnerabilidad" en sus personajes. Por lo general, uno no va a oír esa palabra saliendo de los labios de Cage, que es muy meticuloso en la elección de su vocabulario y desmenuza la mayoría de los clisés hollywoodense antes de que puedan llegar del cerebro a la boca. Y sin embargo los tiene, y a montones. Antes que la vulnerabilidad manufacturada, Cage explica cómo controla y distribuye sus siempre presentes dones naturales. Tal transparencia no sorprendería si la carrera de Cage se hubiera quedado en un segundo plano, en una sucesión de lisiados y sinvergüenzas, como algunos pensaron que ocurriría. Pero Cage es un nombre de marca muy requerido y, no tan entre paréntesis, una estrella de acción.
Lo que hace algún tiempo era la gran noticia sobre Cage -que era el retoño rebelde de una dinastía consagrada al cine-, a fuerza de contarlo una y otra vez se ha vuelto simplemente una nota al pie de página. Criados en la periferia de clase media de Beverly Hills, Nic y sus hermanos mayores, Chris y Marc, pasaron unos cuantos años difíciles cuando internaron a su madre, Joy Vogelsang, y su padre, el académico August Coppola, los envió a vivir con su hermano Francis durante un tiempo. Cage recuerda que, durante las visitas a la casa de su tío célebre y rico, se sentía como un pariente pobre. Se fascinó con el personaje de Pinocho y los libros de cómics y sólo toleró el colegio para tener la oportunidad de subir a un escenario en las clases de teatro.
Nic detestó la secundaria. No le gustaba tomar el micro y después tener que atravesar a pie la playa de estacionamiento llena de lujosos coches alemanes que los niños ricos usaban para salir con chicas que no tenían tiempo para él. ¿Alguna vez le vienen ganas de pavonearse por ahí con su Bentley negro o tal vez el Lamborghini?
-Lo único que te diría es que por ahí no paso -dice Cage-. Nunca fui un chico de secundaria, sino más bien… -aquí se ríe cuando surge algún recuerdo mejor- definitivamente un delincuente de escuela primaria…
Cage salteó el último año dando un examen de equivalencias y comenzó en serio su carrera en una obra teatral de Clifford Odets que hizo con una compañía de repertorio de San Francisco. Sorprendió a su familia cuando consiguió un papel en una telenovela playera para adolescentes llamada The Best of Times; figuró como Nicolas Coppola en un papel secundario en Fast Times at Ridgemont High, en 1982; y después obtuvo otros dos papeles: en La ley de la calle, del tío Coppola, y en Valley Girl, de Martha Coolidge. Fue justo antes de 1983, el año de su despegue, cuando le mintió a su padre y logró convencerlo de que él, Nic, era el que cantaba en realidad "Is She Really Going Out With Him?", el hit de Joe Jackson. "Oh, sí", se acuerda ahora Cage. "Lo más interesante del caso es que fue y se lo compró. De esa sí estoy bastante orgulloso."
Cage vio con tristeza cómo Coppola entraba en bancarrota con su propia productora, Zoetrope, al hacer la fantasía de Las Vegas, Golpe al corazón. Ambos, Cage y su tío, pasarían tiempos difíciles en 1984, con The Cotton Club, el supuesto regreso de Coppola detrás de las cámaras. The Cotton Club era una obra ambiciosa, con mucha música, en la que el personaje de Cage, Vincent Mad Dog Dwyer, era un matón. Avido por meterse de lleno en la personalidad de un asesino, frustrado por las interminables esperas para filmar sus pocas escenas, se la pasó diciendo malas palabras y, en un día de furia, hizo pedazos su trailer. Después de eso, "en Manhattan mi nombre no valía realmente nada", recuerda. Y agrega: "La verdad es que me hice una pequeña reputación en aquel set, tratando de vivir como mi personaje. Me llevó años llegar a un punto en que los neoyorquinos en la industria del cine quisieran volver a trabajar conmigo. Debo decir que los dos, mi tío y mi padre, tenían sorprendentemente mucha paciencia con mis embustes, por así decirlo, como actor".
Y es cierto. junto a sean penn, en racing With the Moon [Richard Benjamin, 1984], comenzó a reconstruir su currículum. Después, en Peggy Sue [Coppola, 1986] virtualmente lo rompió.
-Acordáte: las películas quedan grabadas para siempre -le advirtió la coestrella Kathleen Turner cuando Cage empezó a hacer hablar a su personaje, Charlie Bodell, con la voz de Pokey, el caballo de The Gumby Show (célebre serie animada con muñequitos de arcilla)-. En realidad oí que Francis dijo que ese personaje se convirtió en una creación ejemplar -dice Cage-. No creo que él lo lamente para nada. Cuando voy a una retrospectiva y aparece ese personaje, realmente levanta el ánimo del público. Una parte mía querría, en cierto modo, poder volver a esa especie de… imprudencia. Creo que debería hacer algo así con Marty. Frank Pierce sabe que la gente le tiene miedo y también está un poco preocupado porque está perdiendo el control. No quiere en realidad que la gente se dé cuenta demasiado. Pero de cuando en cuando podría dejar que le salga el tipo insano que lleva adentro.
Cage mismo se salió un día de sus casillas en el set de Moonstruck cuando Julie Bovasso -que tenía un papel pequeño en el film- intentó darle indicaciones.
-Me estaba diciendo: "Dale, en voz alta y rápido, así hay que hacerlo, en voz alta y rápido". Y yo lo estaba haciendo bien sotto voce, tomándome mi tiempo. Creo que en el set hay un solo director y me puse como loco. Tiré una silla y dije: "¡No te atrevas a decirme cómo tengo que actuar!". Más tarde me disculpé. Y después de eso, ella fue muy agradable.
Angustiado al ver cómo su actuación era masacrada en la sala de montaje -Jewison dijo que corría riesgos de que el actor dominara la película-, Cage esperó un año antes de aceptar El beso del vampiro [Vampire’s Kiss, Robert Bierman,1989], una "furiosa peliculita de vanguardia", en la que personificaba a un agente literario con voz de diva de película vieja y gusto por la sangre. Necesitaba demostrar que podía seguir a su propia musa inspiradora.
-Mi verdadero público es una pequeña base de fans que me ha seguido desde El beso del vampiro -dice Cage-. Siempre hubo un manojo de gente que respaldó lo que yo hacía y me dio fuerzas para seguir adelante. Creo que esa gente también se enganchó cuando hice películas más tipo mainstream, porque si ven El beso del vampiro van a ver ya en esa actuación mucho de lo que después aparecería en Contracara [John Woo, 1997]. Me encanta la naturalidad de tipos como Jimmy Stewart, Marcello Mastroianni… pero no hay que ser siempre tan serio.
Aunque existieron pasos en falso -como Fire Birds [David Green, 1990], una película de acción que protagonizó para pagar cuentas de su nueva pasión: los negocios en bienes raíces-, Cage logró pegar un giro y convertirse en un actor significativo, un hecho validado por el Oscar que ganó por Adiós a Las Vegas. El papel de Ben Sanderson fue una inmersión en zonas depresivas, pero que se tornaban luminosas gracias a sus ridículos toques cómicos. Es un camino que específicamente buscó evitar al meterse en la piel de Frank Pierce, otro bebedor pesado.
Con su típica pasión por contradecir, Cage dejó el Oscar en un estante y se lanzó al mundo de las grandes superproducciones que produce Jerry Bruckheimer, en las que todo vuela por los aires. Empezó con el papel Stanley Goodspeed, el excéntrico agente bioquímico del fbi en La Roca [Michael Bay, 1996], y en seguida siguió con el hirsuto y malísimo Cameron Poe, en Con Air [Simon West, 1997]. Estas dos películas de acción se han unido a la psicológicamente retorcida Contracara para darle a Cage una nueva personalidad como estrella de cine: la de actor que revienta las boleterías y que, ocasionalmente, puede darse el lujo de hacer obras más pequeñas.
-Me acuerdo que pasé por aquella fase en la que no quería hacer ninguna película depresiva, sólo comedias románticas y películas livianas, brillantes, radiantes. Eso fue consecuencia de mi realidad. Hace poco estaba en un parque de diversiones en Santa Cruz, metiéndome en la montaña rusa, y oí a alguien que decía: "Acá viene el malo de la película". Y me quedé pensando: "¿Ahora soy un tipo malo?". Está bien, quizá vieron sólo Contracara y se perdieron Ciudad de ángeles, pero de alguna manera mi imagen perdurable es la de villano. Para mí sería muy cómodo caer en un lugar así, haciendo películas bien negras y en las que tuviera que ser el malo. Muy fácil y bastante divertido. Pero ese tipo de películas pueden volverse una trampa.
Cage no se disculpa en absoluto por haber tomado el camino de las grandes superproducciones. "Siempre quise hacer películas de acción", dice. "Cuando era chico, me atraían los coches rápidos, [el acróbata de riesgo] Evel Knievel y las motos. Es una parte de mi personalidad.
Y qué pasa con las declaraciones Sean Penn. Quien alguna vez fuera amigo y compañero de actuación de Cage le dijo a The New York Times Magazine: "Nic Cage dejó de ser actor. Podría volver a serlo, pero ahora es algo así como un… ejecutante".
Cage lanza un largo suspiro y parece debatirse entre dar alguna respuesta o no. "Bueno", dice al fin, "me sorprendió un poco lo que dijo porque habíamos llegado a conocernos bastante bien y creía que nos teníamos un respeto mutuo. Yo también podría criticar su trabajo, pero no lo voy a hacer. Le deseo lo mejor". Hace una pausa antes de establecer su posición: "¿Un vendido? Oí esa palabra alguna vez, pero sólo es vendido aquél a quien le pagan por hacer algo que no le gusta. Yo quiero hacer este tipo de películas. Me gusta trabajar con Bruckheimer. Me gustan los trabajos que hicimos juntos".
Los trailers en los que se alojan las estrellas durante una filmación deben ser pagados por la producción. Van desde pequeños vagoncitos hasta inmensas, visibles expresiones de poder. Una sola mirada a la ballena terrestre que ocupa Cage (un micro remozado, del tamaño de un ómnibus Greyhound, con el accesorio, hoy, de su Bentley Turbo r estacionado a un lado) nos demuestra que tiene un sentido muy claro de su estatus en la cadena alimentaria de Hollywood. "Me gusta porque parece un tren", dice Nic.
Pintado sobre un costado del vehículo, sobre el gris metálico, hay un dibujo verde del planeta Saturno, que enfatiza el papel que cumple el gigantesco ómnibus como puesto de avanzada de la propia productora de Nicolas Cage: Saturn Films. Pronto la estrella supervisará el montaje de Shadow of the Vampire, la película protagonizada por John Malkovich y Willem Dafoe, con dirección de E. Elias Merhige.
Los mejores trabajos de cage muestran hasta qué punto tiene una veta sensible a los sentimientos profundos. Alguna vez dijo que utilizó la muerte de su primo Gian Carlo Coppola, el hijo de Francis, como piedra de toque para su actuación en Adiós a Las Vegas. Cage hace grandes esfuerzos para mantener un equilibrio emocional en su vida personal.
-Dejé de tomar café, así no me asaltan ataques de ansiedad -dice-. Tengo que estar en un buen lugar. Quiero decir: no una posición en la que necesariamente sea feliz, sino donde sepa que me siento bien. Sé que tengo problemas de ansiedad. Tengo lo que se llama un trastorno de falta de concentración con hiperactividad. Fui así toda la vida. No puedo tomar café porque me pone totalmente híper. Así que tomo esta cosa que se llama Saint John’s Wort, que me ayuda a mantener el equilibrio y a no tener pensamientos obsesivos.
Este credo de Cage le ha dado un nuevo sentido de la responsabilidad que trata de inculcarle a los suyos. "Trato de enseñarles el valor del dinero", dice Cage, que instruyó a Weston para dividir sus ingresos de tres maneras distintas: "Un tercio lo ahorrás, otro tercio lo gastás en lo que querés y el último tercio lo das a alguna obra de caridad".
Cage cuenta que el dinero que él destina a la beneficencia está dedicado al tratamiento de las enfermedades mentales. "Está bien que hable de esto porque mi madre ya lo superó y ahora está bien", dice. "Pero lo que me jode es que tuvo que pasar por demasiadas cosas durante demasiado tiempo. Y nadie tenía ni una pista, nadie sabía qué era lo que hacía falta para ayudarla, cuál era el remedio adecuado, y… y era innecesario: todo ese sufrimiento innecesario, que duró años, podría haberse evitado con el médico correcto."
Estas son épocas de curación para Cage, que ha logrado conciliar las a veces tensas relaciones con su padre. "Hablamos mucho por teléfono, algo que me resulta muy cálido y es un gran apoyo", dice.
Cage está viviendo (al menos así fue hasta la última vez que nos encontramos, antes de su reciente separación) el segundo acto que a mucha gente, y entre ella al grueso de los actores de películas, les está negado. Lo que parecía una serie de apuestas alocadas terminó constituyendo un corpus artístico coherente. Y lo que parecía una secuencia de relaciones emocionalmente peligrosas y dañinas… bueno, ésa es una historia que continúa.
-Todo ese asunto fue una especie de invención mía, ¿sabés? -confía el actor-. Yo era un chico delgaducho, medio frágil, que soñaba con ser el Increíble Hulk. Y por momentos todavía utilizo esas fantasías para seguir transformando a aquel chico delgado… que es el que todavía soy en realidad.
En tren de confidencias, Cage se inclina por sobre la mesa, que ya no piensa destruir, para resumir ese conocimiento de sí mismo cuya conquista le resultó tan dificultosa: "Cuando me saqué de encima la idea de querer ser un actor rebelde, angustiado y tristón, que creo es una manera muy adolescente de ver las cosas, me di cuenta de que para ser cool no había por qué ser así. Y empecé a disfrutar más la vida. Me liberé".






