
Otra iraní poética y con niños
"El globo blanco" ("Badkonak-e-sefid"; Irán/1995). Dirección: Jafar Panahi. Con Aida Mohammadkhani, Mohsen Kafili y Freshteh Sadr. Guión: Abbas Kiarostami, basado en una idea de Jafar Panahi y Parviz Shahbazi. Fotografía: Farzad Judat. Presentada por IFA. Duración: 85 minutos. Para todo público. Nuestra opinión: Muy buena
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Después de la sostenida invasión de cine iraní de los últimos años hay una serie de conceptos que pueden recitarse de memoria, casi como una plegaria. Los niños suelen ser protagonistas excluyentes de estas películas que se basan en una anécdota mínima, tan simple como eficaz. Su mirada inocente es una aliada vital para sortear los inconvenientes de la censura de Teherán.
Los precoces actores poseen una naturalidad, una convicción desconcertantes que hacen que el espectador se entregue a ellos sin ninguna clase de concesiones.
En ese sentido, el estreno de "El globo blanco" tiene un punto en contra: llega con demasiada demora. En la película, una vez más hay niños, también una mirada inocente, actores impagables y un hilo narrativo ascético, mínimo.
Hasta el más paciente devoto del cine iraní puede sentir cierto grado de saturación, concluir que ya ha visto algunos films del mismo origen que han ido bastante más allá que este primer film de Jafar Panahi ("La manzana", por caso) y que después los detractores tenían razón: tal vez no fuera más que una moda pergeñada por críticos franceses que ingresó en el círculo vicioso de la repetición, carente de nuevas ideas.
Con el sello de Kiarostami
Pero para poder disfrutar de "El globo blanco" en toda su plenitud tal vez convenga hacer tabla rasa de todo lo ya visto y recordarse al sentarse en la butaca que este pequeño film tiene ya su tiempo (es de 1995), que ya pudo verse en la Argentina la segunda obra del director ("El espejo") y que, más allá de que Abbas Kiarostami ya era reconocido en Europa en la época, fue justamente esta película la que dio un impulso vital a la distribución más allá de las propias fronteras iraníes a toda una cinematografía.
En el comienzo de este film estuvo el propio Kiarostami: Panahi le contó una anécdota y el director, en lugar de escribir un guión basándose en ella, lo relató a un grabador. Muchos querrán ver en esta circunstancia el dato que muestra hasta qué punto ésta es una obra hecha al pasar; otros, como el ejemplo de un homenaje a la riquísima tradición oral de la antigua Persia, que todavía pervive en la tierra de los ayatollah.
Tal vez, gracias a ese origen, la película tiene mucho de fábula iniciática, de cuento que bien podría ser narrado por un padre a sus hijos antes del sueño.
Una niña (la misma de "El espejo", con algunos años menos) logra convencer a su madre para que le dé el dinero para comprar un pez dorado con el que se encaprichó. Estamos en vísperas del Nowruz _las fiestas de año nuevo, que en Irán tienen una connotación preislámica y, por lo tanto, política_ y el billete, de gran valor, debe volver con su cambio exacto. Con esas monedas se comprarán los regalos familiares.
Razieh sale ansiosa al mundo en busca del objeto de sus deseos y en su camino se verá enfrentada y tentada por esas calles que nunca transita sola. Perderá de diferentes modos, más de una vez, el billete, hilo conductor del film. Lo recuperará. Y en su andar se irá topando con toda clase de personajes. Una constante en el cine de estas latitudes, estos caracteres secundarios, que aparecen y desaparecen para no volver, en un primer momento sugieren amenaza.
Lealtad y sabiduría
Sólo después, la protagonista -y nosotros con ella- descubre que los iraníes pueden llegar a ser bruscos o poco amables, pero que mantienen en el fondo de sí una lealtad y una sabiduría viscerales. El mejor ejemplo son esos dos magníficos derviches, que muestran sus serpientes a un público atónito en busca de limosnas, y que contra todo pronóstico en lugar de embolsarse el dinero lo devuelven tras una larga discusión, didáctica y dialéctica.
En su itinerario, Razieh -luego ayudada por su hermano Alí- es el vehículo para presentar el colorido de la ciudad y de sus rincones, aunque para mostrarla no se apela ni siquiera al menor rasgo exótico de exportación. Y también los muchos solitarios y descastados que pueblan sus calles: un soldado pobre que añora su casa en las provincias y, sobre todo, ese chico kazako que vende globos en la calle y cierra el film con una nota agridulce y perfecta.
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