Palabras
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Alicia sueña con el Rey Rojo, que está soñándola, y alguien le advierte que si el Rey se despierta, ella se apagará como una vela porque no es más que un sueño del Rey que ella está soñando. A propósito de este sueño recíproco que puede no tener fin, Martín Gardner recuerda cierta obesa, que pinta a una pintora flaca, que pinta a una pintora obesa que pinta a una pintora flaca, y así hasta el infinito. El sueño es inventor de poesía; son innumerables los casos de sueño como tema y entre los más ilustres están los libros que nos ha dejado Lewis Carroll. Continuamente, los sueños de Alicia bordean la pesadilla. Las ilustraciones de John Tenniel (que ahora son inherentes a la obra, pero que no le gustaban a Carroll) acentúan la siempre sugerida amenaza.
El genio algo perverso de William Faulkner que ha enseñado a los escritores actuales a jugar con el tiempo. Básteme hacer mención de las ingeniosas piezas dramáticas de Priestley. Ya Lewis Carroll había escrito que el Unicornio reveló a Alicia el modus operandi correcto para servir el budín de pasas a los convidados: primero se reparte y luego se corta. La Reina Blanca da un grito brusco porque sabe que va a pincharse un dedo, que sangrará antes del pinchazo. Asimismo, recuerda con precisión los hechos de la semana que viene. El Mensajero está en la cárcel antes de ser juzgado por el delito que cometerá después de la sentencia del juez. Al tiempo reversible se agrega el tiempo detenido. En casa del Sombrero Loco siempre son las cinco de la tarde; es la hora del té, y se agotan y se colman las tazas.
Jorge Luis Borges reunió en Prólogos con un prólogo de prólogos sus introducciones a obras ineludibles de la literatura universal. Presentamos un fragmento del prólogo para Alicia en el país de las maravillas.





