Palabras
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Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoraban los leones y abrían los brazos a las aves. Rogó a Dios que los soltara de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y su arboleda, como un maestro con sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del monje y de los animales imitar sólo el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; algo que se había posado y le hablaba, algo que a veces tenía la forma de un pájaro y otras, de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un deseo perverso de apresar a los pájaros inocentes. Entonces, desgarró y consumió a los pájaros azules y después regresó a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera, todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules y, así, el pecado fue descubierto.
Gilbert K. Chesterton (1874-1936), poeta, ensayista, novelista, creador de un detective metafísico, el querible Padre Brown, nació en Londres. Publicamos un fragmento de una obra de 1922: El hombre que sabía demasiado.
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