
Persephone, bella pero también fría
"Persephone", de Robert Wilson (Gran Bretaña), con música de Rossini y Philip Glass, sobre textos de Homero, Brad Gooch y Maita Di Niscemi. Intérpretes: Alessandro Dieli, Marina Frigeni, Salvatore Giaconia, Marianna Kavallieratos, Elisabett Rosso, Kameron Steele y Evri Sophroniadou. Vestuario: Christophe de Menl. Iluminación: Aj Weissbard y Robert Wilson. Duración: 60 minutos. En el Avenida. Nuestra opinión: bueno.
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Robert Wilson, 58 años, fue el enfant terrible de los años 60. En esa época combatió las teorías imperantes y creó las suyas propias. "Persephone" es una muestra del pensamiento estético del creador.
Claro que ha pasado mucho tiempo desde aquellos alardes juveniles con los que combatió las enseñanzas stanislavskianas, pero sin duda Wilson ha logrado con la maduración desarrollar en sus obras la belleza en un límite de extrema perfección.
Con la mirada de un pintor, más que de un teatrista, el realizador escoge como herramientas la luz, la figura y el sonido. El texto, que siempre es de elaboración propia, es apenas un punto de partida para la creación de las imágenes.
Cuando se habla de la luz, no se trata de la simple iluminación. Sus puestas incluyen un equipo especial de parrilla lumínica, que habitualmente no se encuentra en los teatros. Claro que a la hora de evaluar los resultados, los efectos que consigue con esta luz son de fuerte impacto visual.
Sobre una gran pantalla blanca, colocada en la parte de atrás del escenario, se van alternando el gris, el azul, el naranja y el rojo, según el clima de la secuencia. Sobre ese inmenso panel de color se instalan los personajes, que parecen figuritas diseñadas por un pincel.
El contraste se hace más evidente con un vestuario que no tiene color, es decir, es blanco y negro.
No faltan algunos "chiches" como la iluminación parcial de una mano, que parece tener un guante blanco; de una roca o de la mano de Zeus encerrada en una caja. O la oscuridad total del escenario que proyecta la silueta del elenco como figuras chinas.
La expresión del cuerpo
Los intérpretes, especialmente los femeninos, muestran una clara formación dancística por el ajuste a una predeterminada coreografía, y entre los hombres se distinguen algunos adeptos al método Suzuki. De cualquier forma, como una marcación de dirección, en la composición de los personajes escapan de una elaboración interior. Como contrapartida, recurren al manejo del gesto, el movimiento y el estatismo para expresarse.
Una conjunción extraña pero de de alta resolución estética.
Con este estilo elegido, Wilson compone cuadros que se van sucediendo para contar la historia de Persephone, secuestrada por Hades.
En cuanto al texto, dividido en cinco partes, curiosamente en la primera El Poeta cuenta la historia que posteriormente se va a desarrollar en las otras cuatro.
Sin lugar a dudas, la narración es fiel a la mitología.
Sin embargo, no parece ser lo más importante para el director, quien busca en las voces extrañas disonancias auditivas al hablar los actores en inglés, griego y castellano, en emisiones por momentos superpuestas.
Y aquí llegamos al sonido que contempla la música de Rossini y Philip Glass (vaya mezcla), la voz trabajada hasta la emisión de un extraño alarido y los efectos sonoros.
Pero hay algo más; no iba a ser tan simple. Wilson utiliza la cuadrafonía para lograr que el espectador empiece a escuchar el sonido por el oído derecho, sienta que se traslada por su nuca, y termine por recibirlo por el izquierdo. Lo mismo sucede con la voz humana.
Una sensación muy envolvente e inquietante.
Usar los sentidos
Hasta aquí queda en claro que la intención de Robert Wilson apunta a los sentidos de la vista y el oído y nadie puede negar que las imágenes concebidas son de una perfecta belleza estética, pero... no llegan a conmover.
Es probable que ésta también sea la intención del realizador, que apunta a lograr una mirada distante por parte del espectador, libre de todo compromiso emocional. Y se puede asegurar que si recurre a los sentidos es para llegar directamente al cerebro, sin permitir una parada que despierte el campo sentimental. Falta un nexo entre el espectáculo y el espectador.
Y como en el teatro el intercambio emocional se hace necesario, en esta oportunidad también se cumplió con este requisito, porque el público respondió al final, pero con un aplauso frío muy elocuente.
Después de esta "Persephone", para algunos, Bob Wilson dejará de ser un mito inalcanzable, para otros fue una oportunidad para regodearse en una propuesta que solamente se apuntala en lo estético para tratar de alcanzar la belleza absoluta.
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