En unas imágenes llenas de ternura y complicidad, el ex capitán de los Pumas posa en su nueva casa junto a sus dos amores, Valentina y Joaquina
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Desde que anunció su retiro del rugby profesional, en junio de 2009, Agustín Pichot (37) trabajó intensamente para convertirse en algo más que en el ex capitán de los Pumas. "No quería quedarme mirando hacia atrás ni transformarme en una estatua de bronce a los 34 años. No está en mi ADN vivir de la nostalgia", cuenta desde el living de su nueva casa de San Isidro. Agustín y su familia –su mujer Florencia (36) y sus hijas Valentina (11) y Joaquina (7)–
se mudaron hace apenas una semana, después de vivir el último año y medio en una casa del barrio cerrado Santa Bárbara, en Tigre. "Como Heráclito, creo que la vida es estar en constante movimiento. Es un impulso que forma parte de mi naturaleza", dice el nuevo –y más joven– miembro de la International Rugby Board (IRB), la institución que comanda las diferentes federaciones de rugby a nivel internacional. "Quiero ayudar a generar los cambios que los jugadores argentinos necesitan", asegura.
– El año pasado dijiste que tenías ganas de hacer política. ¿Estás comenzando algún proyecto en ese sentido?
–Por el momento no me siento preparado para hacerlo. Decidí, en cambio, vincularme más por el lado deportivo, creo que hoy esa es la mejor manera que tengo de hacer política, de colaborar con las próximas generaciones. Lo único malo es que mi nuevo cargo implica viajar demasiado. El otro día mi hija Valentina me recordó que yo le había prometido que cuando dejara de jugar no pasaría tanto tiempo fuera de casa, y eso me mató. Sufro mucho cuando estoy lejos de mis hijas.
–¿Te acompañan en alguno de tus viajes?
–Trato de llevarlas la mayor cantidad de veces que puedo. El año pasado me fui con Valentina a París y fue una experiencia divina. Ella aprovechó para visitar a sus amigas y yo trabajé. Este año vamos a volver a hacerlo, porque quiero que pueda mantener los vínculos que creó durante los seis años que vivimos en Francia. Además, ya estamos organizando un viaje en familia a la fiesta inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres. Quiero que mis hijas puedan vivir y formar parte de mi mundo.

–¿Qué heredaron de vos?
–Todo el tiempo ponen en jaque las cosas que se les presentan. Aunque son muy educadas, no hacen sólo lo que se les dice, y creo que eso tiene que ver con mi personalidad. En el caso de mi hija menor, Joaquina, es increíble cómo heredó la misma intensidad que tengo yo con el movimiento: no para un segundo.
–¿Te gustaría que se dediquen al deporte de manera profesional? –En ese aspecto no quiero que tengan ninguna presión, todo lo contrario. Valentina, por ejemplo, juega al hockey en el colegio y, si bien voy a ver sus partidos, nunca le digo nada. No soy de los padres que gritan al costado de la cancha. Creo que uno tiene que enamorarse del deporte. Lo peor que puedo hacer como papá es forzarlas... Ahora, desde el momento en que ellas eligen una actividad, ya sea hockey, piano o ballet, les enseño la importancia del compromiso y la disciplina. A las clases y los entrenamientos no se falta.
–Después de doce años volviste a San Isidro, la ciudad donde creciste. ¿Cómo fue el regreso? –La verdad es que estoy feliz. Nunca me acostumbré a vivir en un barrio cerrado. Yo crecí cerca del supermercado, del kiosco de revistas y de mi club. Y quería que mis hijas también pudieran tener eso. Necesitaba volver a mi lugar.
–Funcionás como un líder en todos los ámbitos en los que te movés. ¿Siempre tuviste esa habilidad o la adquiriste con los años? –Desde chico, soy emprendedor y curioso, me gusta hacer cosas y convencer a los demás para que me acompañen. Creo que el liderazgo, en mi caso, tiene más que ver con poder convencer a los otros de llevar adelante aquello que imagino y sueño. Me siguen porque soy un convencido: creo sinceramente en los objetivos que me planteo.
–¿No dudás nunca de vos? –No, aunque después soy muy autocrítico. Por mi forma de ser, en el momento no dudo, porque, además, la duda no lidera. Yo voy siempre para adelante con una intensidad que a veces es ingobernable hasta para mí.
–¿Te preocupa mantener tu buen estado físico? –Nunca fui un fanático del cuerpo ni mucho menos. No era de los deportistas que se pasan todo el día adentro del gimnasio. Sí fui siempre un obsesivo de la cabeza, de pensar que se puede dar un poco más. Hoy hago un poco de spinning, juego al fútbol y al squash con amigos y esquío con mis hijas, pero no mucho más.
–¿Dónde ponés la energía ahora que no entrenás? –En mis nuevos proyectos. Creo que está bueno pasar etapas. No me pongo en el lugar de buscar algo que reemplace aquel entrenamiento porque sería imposible. En cambio, hago cosas nuevas, busco otros desafíos y siempre miro para adelante. El tiempo pasado me mata.•
Texto: Julia Talevi
Fotos: Tadeo Jones
Producción: Georgina Colzani
Agradecimientos: Bonbón y AP9
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