Andy Kusnetzoff: los años de CQC, los logros de la paternidad y la decisión que tomó sobre los políticos
A días de regresar a Telefe con PH, el periodista y conductor habló de todo con LA NACION; sus comienzos en el medio, la familia que formó y qué lo motivó a regresar a la TV
12 minutos de lectura'
“No me hagas preguntas personales ni sobre el pasado”, bromea Andy Kusnetzoff, irónico y risueño, apenas instantes antes de comenzar la entrevista. La frase, lejos de ser una advertencia, funciona como un guiño para romper el hielo. En los estudios de Kuarzo y a días de regresar a la televisión con PH, Podemos Hablar —que estrena nueva temporada este sábado 8 de agosto a las 21.30, por Telefe—, el conductor se abre: repasa sus comienzos, habla del hambre que todavía lo empuja a mejorar, cuenta cómo lo transformó la paternidad y revela sus expectativas ante el regreso de uno de sus grandes éxitos.
-¿Cómo te encuentra este regreso a la televisión?
—Estoy contento. Si vuelvo es porque estoy contento; si no, no volvería. En el tiempo que no estuve me dediqué más a lo familiar y estuvo bueno. Ahora tenía ganas de regresar para esta temporada posterior al Mundial. La verdad es que me gusta.
—¿Hay que saber cuándo detenerse para poder regresar?
—Es como una pareja. Hay momentos en los que uno puede sentir que, si se separa durante un tiempo, todavía queda algo pendiente y se puede volver. Si seguís, te desgastás y llega un punto en el que ya no hay regreso. No lo digo solo por la televisión, sino por cualquier formato que entra en una especie de fin de ciclo. Yo no sentía para nada que PH hubiera terminado su ciclo; sí sentía que estaba bueno que descansara. También quería dedicarme mucho a mi familia. La televisión saca mucha energía: no son solamente las horas de aire, sino todo lo que consume emocionalmente, incluso cuando uno no está al aire. Ahora estoy preparado para volver.
—¿La gente se va a encontrar con novedades en el formato?
—La esencia de PH está clara: es un programa en el que se habla. Para mí es una mezcla de historias y emociones. Venir a PH es una experiencia. A lo largo de siete temporadas le fuimos agregando secciones y distintas cosas. Esta vez buscamos volver un poco a las bases, aunque también hicimos cambios e incorporamos elementos divertidos.
—Después de tantos años de entrevistar personas, ¿qué descubriste sobre los seres humanos?
—Entre las siete temporadas de PH, las charlas con Gabriel Rolón y el hecho de ser hijo de psicólogos, tuve contacto con la psicología durante toda mi vida. Hay dos grandes temas de la humanidad: la muerte y el amor. A partir de ahí se deriva todo. Lo que descubrí haciendo PH es que no importa cuán famoso seas, quién seas, qué hayas logrado o cuánto éxito hayas tenido: todos tenemos, más o menos, los mismos deseos, problemas y angustias. Por supuesto, cada uno vive en un contexto socioeconómico diferente. Pero el amor, el desamor, la angustia, la búsqueda, el vacío, la muerte y la soledad siempre están dando vueltas alrededor de todos.
—¿Preferís entrevistar a una megaestrella o a alguien menos conocido pero con una historia potente?
—Las dos cosas. En la televisión abierta, uno de los aportes de PH fue humanizar a personas públicas, pero a mí me gustan las historias en general. Me interesa hablar de las cosas que nos pasan y también de las anécdotas divertidas. Es más lo que nos une que lo que nos diferencia.
—¿Incluso en un año electoral?
—En PH, sí. Creo que la política nos diferencia muchísimo. La grieta existe en todo el mundo: la derecha, la izquierda, la lucha ideológica. Pero cuando sacás la política, aparecen muchas más cosas en común. Cuando PH empezó, la idea era: “Podemos hablarnos aunque pensemos distinto”. Desde 2017 pasaron tantas cosas que el programa terminó convirtiéndose más bien en un encuentro entre personas que, a primera vista, parecen no tener nada en común. Comparten un espacio durante dos horas, se conocen y cada una cuenta su historia.
—¿Sos el mismo entrevistador que en 2017?
—Espero que no, espero ser mejor. Si estás en modo aprendizaje, cada año incorporás cosas. Tener hijos, por ejemplo, me dio muchas que antes no tenía. Trato de usarlas en la vida, y entrevistar forma parte de la vida.
—¿La paternidad te convirtió en un mejor entrevistador?
—La paternidad me hizo una persona distinta. Para mí fue el comienzo de una etapa mucho mejor. Tuve que ponerme en modo aprendizaje. A la hora de entrevistar también te saca de la soberbia de creer que uno sabe todo y que no necesita preguntar nada. Indirectamente, sí; me hizo mejor.
—¿La paternidad marcó un antes y un después más importante que la fama?
—Creo que una persona que ya pasó los 50 tiene muchos momentos. Uno de los más importantes fue entrar a Caiga quien caiga: yo no era conocido y tenía 24 años. Después viví muchas etapas. Estuve afuera, viví en Los Ángeles y atravesé un montón de cosas. Pero cuando sos padre entendés realmente por dónde pasa todo. Los premios, los programas y las repercusiones quedan aislados frente a algo tan importante como dos personas que dependen de vos. Estas dos personas que dependen de Flor y de mí son lo más importante. También empezás a apreciar más a tus padres. Eso no significa despreciar el trabajo, porque forma parte de quien sos y de tu identidad. Hoy vino Helena a la radio y me encantó. En general, no mira videos ni conoce mucho de mi vida laboral. Fue lindo que viniera porque allí nos conocimos con su mamá. También está bueno que vea que su papá tiene una pasión, así como ve la relación de su mamá con los libros y el teatro. Es una parte linda de su aprendizaje: descubrir que sus padres tienen la suerte de vivir de lo que les gusta, algo que la mayoría de la gente no puede hacer.
—¿Te gustaría que tus hijos siguieran tu legado?
—Que sean lo que quieran, que sean libres. Quién sabe qué mundo les va a tocar. Por ahora intento transmitirles todos los valores que pueda. Helena está por cumplir diez años y es muy futbolera. El mundial la activó muchísimo. Le mostré el documental de Asif Kapadia sobre Diego Maradona —yo también estoy terminando uno sobre Diego— y se entusiasmó. El otro día cantaba una canción sobre Malvinas. Poder hablar de eso con mi hija y sentir que comprende el peso de ser argentino fue una emoción tremenda.
—¿Qué le dirías a ese Andy de 24 años que hacía notas en CQC? ¿Cambiarías algo?
—Lo entiendo. Era un pibe que había sido productor y que, a partir de cierta frustración por la poca generosidad que a veces había hacia la producción, pensó: “Hasta que un día lo voy a hacer yo”. Así empecé delante de cámara, con esa motivación. Sentía que el formato de Caiga quien caiga era en parte mío y me lo tomaba de manera muy personal. Nadie me decía qué tenía que hacer, entonces me lo tomaba muy en serio. Con el paso de las temporadas fueron apareciendo noteros y ahí me quedó la fama de que yo era bravo. No es que fuera bravo, defendía mi espacio. Venía alguien que acababa de salir de una escuela de periodismo y yo sentía: “Este territorio es mío”. Hoy soy otro.
—¿El periodismo era más bravo en aquella época?
—Sí. Yo aprendí mucho de los movileros. En los años noventa, los políticos —gobernadores, ministros, el vicepresidente— querían venir a bromear con nosotros porque les resultaba mucho más fácil que enfrentarse, en pleno menemismo, a los cronistas. Me di cuenta y dije: “Primero hagan su trabajo ustedes y después voy yo”. Me ubicaba al final. Así conocí a los cronistas y entendí cómo funcionaba el oficio: no quería que me usaran para evitar al periodismo. Fue una época divertida y de muchísimo aprendizaje. No tengo demasiado para decirle a aquel Andy. Me esforcé muchísimo, puse mucha creatividad y esos comienzos me permitieron llegar adonde estoy hoy. Fueron años muy intensos.
—Vos mismo decís que te quedó fama de bravo. Con el tiempo, algunos excompañeros también hablaron de eso.
—Yo era muy exigente, pero siempre traté de ayudar a los demás. Estoy hablando de mis primeros cinco años, cuando lo era todavía más. Era un ambiente muy bravo y también había mucha presión de arriba hacia mí. Todo era distinto, era otra época. Siento que estaba a la defensiva. Yo también sufría mucho porque vivía para el trabajo. Creo que estábamos todos un poco así: con mucha pasión y mucho trabajo. Me fui de CQC en 1999 y el programa continuó diez o quince años más. A veces mucha gente confunde quién era quién, y me adjudican notas o situaciones con las que no tuve nada que ver. Tampoco voy a salir a aclarar cada vez: “Yo no era ese, era otro”.
—¿El medio confunde seguridad con ego?
—A veces sí. Alguien es seguro, va para adelante, busca lo suyo y dice que no, y enseguida aparece la idea de que tiene un ego terrible. Yo nunca me sentí así. Estaba muy enfocado en el trabajo. Vivía para trabajar; el trabajo era todo. Con la perspectiva que después te dan los hijos, entiendo que quizá me tomaba demasiado en serio una nota de tres minutos. Pero también es cierto que así me fue muy bien. Defendía mucho mi trabajo y mis notas en la edición. Luché mucho por mis espacios y me los fui ganando. No me presentaron hasta el cuarto programa, aunque estuve desde el primero. Quise renunciar y [Carlos] “Bebe” Contepomi no me dejó. Así fui transitando todo el camino. Pasaron 30 años y cada uno recuerda lo que quiere, pero no fue fácil y me da mucho orgullo. Hoy haría algunas cosas de otra manera. Le diría a ese Andy: “Relajate un poco y disfrutá más”. Pero estaba decidido a hacerme un lugar. Tenía un hambre laboral enorme.
—¿Ves ese mismo hambre en las generaciones más jóvenes?
—El mundo cambió mucho. A mi generación le costó llegar a la televisión. En 1995 había cable, pero la televisión abierta era muy difícil de alcanzar. Hoy siento que, a veces, hasta sobra televisión. Aquel hambre tenía que ver con ese contexto y con las ganas de hacer y de estar.
—Sin embargo, todavía ves algo en la televisión: por eso decidiste volver a dedicarle tiempo y energía.
—Claro. Si no tenés curiosidad, ganas o hambre de hacer algo, no lo hagas. Me gusta volver a la televisión y me gusta PH. Valoro que sea un programa al que le fue muy bien y que es querido. Tengo ganas de seguir haciéndolo. Ya no tengo el hambre de que todo el mundo me conozca que podía tener a los 24 años, ni la necesidad de que todos vean mi trabajo. El deseo es distinto: pasaron 30 años.
—¿La sobreexigencia atenta contra la felicidad?
—A veces sí, pero también te da otras cosas. No necesariamente hay que pasarla mal, pero sacrificio seguro que hubo. Recuerdo una vez, en 1996, durante el Festival de Cannes. Yo tenía 25 años y me faltaba el remate de una nota: una actriz debía darme un beso. Y vi a Demi Moore que entró a la fiesta que duró cuatro horas y me propuse esperarla. Todos los periodistas se fueron, pero yo me quedé con el camarógrafo y el productor. A las dos de la mañana salió, grabamos esos tres segundos y terminamos la nota. El público ve una pieza de tres minutos y no sabe que detrás hubo cuatro horas de espera. Yo le ponía todo lo que tenía. Treinta años después quizá solo quede un recuerdo en YouTube o nada, pero yo era así: hasta que algo no estaba terminado, no terminaba.
—Cuando estabas tan sobrepasado por el trabajo, ¿tu papá alguna vez te pidió que frenaras?
—No. Mi viejo me transmitió la exigencia: “No importa lo que hagas, tratá de ser el mejor”. Elegí lo que quieras hacer, pero no te conformes con algo hecho más o menos. Ese fue el mandato que recibí.
—Y lo cumpliste.
—Lo cumplí. Pude compartir muchísimo de mi vida laboral con él, especialmente en la radio, aunque también en la televisión. Disfruté mucho de devolverle lo que me había dado.
—¿Hay algún invitado especial que todavía te falte llevar a PH?
—Siempre quedan figuritas difíciles. En otro momento hubo políticos; ahora no estamos pensando en ellos. Si me decís Lionel Messi, Manu Ginóbili, Guillermo Vilas o Susana Giménez, por supuesto que son personas que faltan. Pero no depende de cuán famoso sea alguien, sino de encontrar su historia.
—¿Decidiste no invitar políticos?
—Cuando surgió PH, la idea era sentar a dos políticos de partidos distintos. Pasaron muchos políticos por el programa. Alberto Fernández vino antes de ser presidente, cuando era exjefe de Gabinete. Pero hoy no tengo ganas de conectarme desde lo humano con ningún político. No es que no sean humanos, por supuesto, pero siento cierta desconexión. Estamos todos pendientes del discurso político y yo, a la clase política, hoy la veo por otro lado. No me nace.
—Ahora que los famosos cuentan gran parte de su vida en las redes, ¿es más difícil conseguir algo nuevo en una entrevista?
—PH no se trata de sacar confesiones. Se trata de reunir a cinco personas diferentes, que seguramente vienen de lugares distintos, y de lo que comparten durante ese momento. Hay personajes que vinieron muchas veces y siempre funcionaron bien, porque siempre apareció algo nuevo.
- 1
2“Cola” Almeida, de Gran Hermano: la “hija” que trajo al mundo, su curioso trabajo con empresarios y los mandatos que desoyó
- 3
La emoción de Nico Vázquez en el acto que lo declaró Personalidad destacada de la cultura
4Lali Espósito se confesó con Rosalía: del ex español que incendió un hotel y le debe plata a su casamiento con Rosemblat

