Bowie en el cine: el hombre que cayó a la Tierra, un rodaje entre la paranoia y la audacia

David Bowie
David Bowie
El músico protagonizó esta película en la cima de su popularidad, pero en un estado alterado por el consumo de drogas, lecturas ocultistas y habitando todavía su propio alien, Ziggy Stardust
Hernán Ferreirós
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3 de marzo de 2020  

"Fue el primer papel que me ofrecieron en el que no tenía que interpretar a una estrella de rock". Así explica David Bowie por qué aceptó protagonizar El hombre que cayó a la T ierra (1976), su debut en el cine . Las únicas experiencias de Bowie en el terreno actoral (sin contar sus performances sobre el escenario) habían sido su breve participación como mimo en la compañía de Lindsay Kemp y un rol de extra en un film llamado The Virgin Soldiers (1969). Sin embargo, es evidente la razón por la que el realizador Nicolas Roeg ( Venecia Rojo Shocking ) lo eligió para interpretar a un extraterrestre que arriba a nuestro planeta cuando el suyo está al borde del colapso: a principios de los 70, Bowie era Ziggy Stardust, el alien más famoso del rock, un marciano bisexual que también, según el relato del disco homónimo de 1972, llegaba a nuestro mundo poco antes de su destrucción.

Esta no era su única afinidad con el extraterrestre del film. "En ese momento yo vivía en dos planos completamente separados" dice Bowie en una entrevista de 1996. "Mi estado mental estaba fracturado. Era fácil para mí mantenerme al margen de todo lo que me rodeaba. Creo que Nic vio que yo tenía bastantes problemas para vincularme emocionalmente y por eso me buscó. Su recomendación para encarnar al alien simplemente fue 'sé tu mismo'".

Esperando a David

La raíz del problema emocional de Bowie por 1974, cuando estaba abandonando al personaje de Ziggy y se mudaba de Londres a los Estados Unidos para grabar el disco Young Americans (1975) era una adicción de diez gramos por día a la cocaína. La droga lo había vuelto anoréxico: se alimentaba exclusivamente de morrones y leche, curiosamente los únicos colores que quedaban en su cuerpo de pelo rojo y huesos. También padecía un delirio persecutorio: orinaba en botellas y frascos que conservaba porque sus lecturas obsesivas de ocultismo lo habían llevado a creer que sus secreciones podían ser usadas para hacer magia en su contra.

Tal era su estado mental cuando accedió a encontrarse con el realizador para decidir si haría o no el film. Bowie lo había citado en un hotel de Nueva York a eso de las 10 de la noche, cuando terminaba sus sesiones de grabación en un estudio cercano. Roeg llegó puntualmente y se instaló en el bar a tomar martinis. Se hicieron las 11 y la medianoche. Bowie llegó al hotel a eso de las cinco de la mañana. Increíblemente, Roeg todavía estaba esperando. El músico adujo que se sentía extenuado y trató de evadir al realizador porque no quería que notara que no había siquiera mirado el guión que le había enviado semanas atrás. Roeg, que llevaba esperando siete horas en el lobby, no se dejó despachar tan rápido y solo se retiró cuando logró el compromiso de Bowie para protagonizar la película.

Fuente: LA NACION

Meses después, el músico llegó puntualmente al rodaje aunque cargando con su biblioteca completa: unos 400 tomos que lo acompañaban en su gira por los Estados Unidos. Pasaba largas horas en su habitación de hotel leyendo de varios volúmenes a la vez. "Estaba en mi cuarto, totalmente dado vuelta, y Nic venía a hablar conmigo del rodaje", recuerda. "Yo iba de un libro a otro, de las obras completas de Francis Bacon a un tomo del ocultista Israel Regardie. Nic me dijo 'El problema contigo, David, es que no lees lo suficiente' y yo me sentí completamente insultado: no me di cuenta de que era un chiste, me lo tuvieron que explicar más tarde. Eso resume mi vínculo con la realidad en ese momento".

Cocaína y sangre humana

Aunque Bowie reconoce que permaneció drogado durante todo el rodaje, la actriz Candy Clark, que interpreta a Mary Lou, una camarera que inicia una relación amorosa con el extraterrestre sin conocer su verdadera naturaleza, lo recuerda de otro modo en una entrevista reciente de la revista i-D: "David siempre estaba enfocado en el trabajo, era muy profesional pero también amigable. El dice que consumía cocaína, pero a mí me parece difícil de creer. La película lo registró en el pico de su belleza física, su piel está resplandeciente y perfecta. Es casi angelical. Fue la elección ideal para interpretar a un hombre de otro planeta".

El director de fotografía Tony Richmond también rememora a Bowie como alguien afable y sencillo, que jamás tuvo desplantes, aunque le hizo un único pedido inusual. Cerca del final de la historia, agentes del gobierno detectan al alien, lo detienen y, mientras le realizan pruebas médicas, le hacen un tajo en el pecho que empieza a sangrar. Por cámara, la sangre falsa no se veía bien: "Le dije a un asistente que fuera hasta una carnicería para comprar sangre de cerdo, pero David me oyó y se negó a que le tiraran encima la sangre de un animal", contó el técnico a The Guardian . Bowie se puso inflexible y el problema quedó en punto muerto hasta que Roeg propuso usar sangre humana, algo que, insólitamente, no presentó mayores objeciones. Dado que el director de fotografía se había negado a usar el material de utilería, se decidió que fuera él quien hiciera la donación. "Llamaron una enfermera al set. Es mi sangre la que corre sobre el cuerpo de Bowie. Hoy jamás se podría hacer algo así", concluye.

El alien alcohólico

El hombre que cayó a la tierra es la cuarta película de Nicolas Roeg como realizador (antes había sido un destacado director de fotografía). Está basada en una novela de Walter Tevis, también autor de The Hustler y su secuela, El color del dinero , ambas llevadas al cine en dos films protagonizados por Paul Newman y dirigidos por Robert Rossen y Martin Scorsese respectivamente. El novelista la describe como un texto autobiográfico, a pesar de que su protagonista es un humanoide proveniente del planeta Anthea, debido a que está inspirada en los sentimientos de inadecuación y aislamiento que experimentó en su adolescencia cuando debió abandonar su ciudad natal de San Francisco para establecerse en Kentucky. Y también porque, como el autor, el extraterrestre es un alcohólico.

La novela sigue a este "visitante" de inteligencia superior que llega a la Tierra con la misión de construir, en secreto, una nave espacial que pueda transportar a los pocos sobrevivientes de su mundo, devastado tras guerras nucleares, hacia el nuestro. Su tecnología avanzada le permite amasar rápidamente una gran fortuna, con la que planea financiar la nave. El plan fracasa porque comienza a beber compulsivamente y su presencia es descubierta por agentes del gobierno que lo dejan incapacitado. La película preserva este núcleo argumental, aunque está mucho menos interesada en su trama de ciencia ficción que en explorar a su personaje central, el alien interpretado por Bowie.

Fuente: LA NACION

Rodada en 1975 y estrenada al año siguiente, El hombre que cayo a la t ierra llegó en el momento de mayor prestigio de su género, es decir, entre el estreno de 2001, una odisea espacial (1968), cuando se empezó a pensar que una película de ciencia ficción también podía ser una obra de arte y el de La guerra las galaxias (1977), cuyo éxito descomunal canceló por décadas cualquier pretensión rupturista en el rubro. Esta es una obra emblemática de ese interregno.

Tal como acostumbra el realizador, presenta su historia de modo fragmentario, dislocado, pasando del mundo exterior al interior de los personajes sin aviso. La narración es elíptica y, por eso, no del todo transparente. Roeg no intenta hacer su historia automáticamente inteligible sino mostrarla de un modo excéntrico e inesperado. Sus herramientas son el corte, la yuxtaposición, la desintegración del punto de vista, en suma, la ruptura con la linealidad tradicional del relato. Bowie se mostró afín a la estética del realizador: "Siempre me interesó mucho la fragmentación porque fui un fanático de William Burroughs desde comienzo de los 70. La idea de que surja un orden del caos le dio forma a mucho de mi trabajo, en especial en mis discos con Brian Eno".

No hay banda, no hay orquesta

El contrato de Bowie incluía la composición de una banda sonora. Al parecer, tras concluir la filmación, la estrella pasó unos meses compilando material en una mansión alquilada en Bel Air. Sin embargo este trabajo era continuamente postergado por otro más urgente, la grabación del que sería su siguiente disco, Station to station (1976). Con un atraso inconcebible, Bowie habría entregado a Roeg cuatro o cinco tracks de algo que el arreglador Paul Buckmaster llamó "música atonal", creada sin ver el film y a base de morrones, leche y cocaína. Es difícil imaginar hasta que punto deben haber sido inutilizables dado que, en ese momento, el cantante venía de tener un número uno en los Estados Unidos con el tema "Fame" y sin embargo, sus composiciones no solo no llegaron a la banda sonora sino que jamás se dieron a conocer.

Roeg contactó al exmiembro de The Mamas and The Papas, John Phillips (quien ya había trabajado con Robert Altman en El volar es para los pájaros ) y al percusionista japonés Stomu Yamashita para que, en un plazo de pocas semanas, produjeran algo potable. Phillips se fue a Londres y convocó a Mick Taylor, quien acabada de dejar a los Rolling Stones, para que colaborara en la composición. Se juntaban todos los días en su casa de Chelsea a improvisar con las guitarras. Según contó el músico a The Guardian , una tarde apareció Keith Richards en el lugar. Era la primera vez que se veían con Taylor desde que el guitarrista había renunciado a los Stones. "Ambos se quedaron helados, como dos perros midiéndose", recuerda Phillips. "Pero luego Keith rompió el hielo del único modo que conocía: agarró una guitarra y se puso a zapar con nosotros". De esas sesiones surgió la base de lo que luego sería la banda sonora del film.

Fuente: LA NACION

No se sabe que sucedió con las composiciones de Bowie, aunque más de un crítico aventura que fueron el origen del lado "instrumental" de su disco Low (1977), el sucesor de Station to Station . Este es el primer álbum de la mal llamada "trilogía berlinesa" (solo unos pocos tracks fueron realmente grabados en Berlín), que Bowie registró junto a Brian Eno. La tapa del disco (así como la de Station... ) es un fotograma de la película. Aunque Bowie ya había pasado por una media docena de estilos en su carrera, este disco fue una ruptura sin par. Su título original era New Music: Night and Day . Un lado, el "diáfano", tiene siete canciones breves y disonantes con letras repletas de referencias al encierro y a una vida que se derrumba. El otro, el "nocturno", consta de cuatro tracks más extensos (los "instrumentales", aunque no lo son: tienen voces sin palabras) que retoman formas y sonidos de la música electrónica y de la escuela minimalista de Philip Glass (quien luego grabaría una reversión de este disco). Hasta ese momento, nunca un músico pop que frecuentaba los charts había dado un salto semejante. Los discos "experimentales" de John Lennon, como Two V irgins o The Wedding Album , son considerados caprichos que jamás habrían sido editados si su autor no hubiera sido un exbeatle. Para muchos críticos y fans, en cambio, Low es el mejor disco de Bowie. A pesar de la tapa, no está claro si éstos son los tracks que compuso para el film, aunque su gélida superficie sonora remite a los mismos temas del aislamiento y la alienación. Esta música, cuanto menos, fue influida por la película.

Roeg realizó otras grandes obras como Walkabout , sin embargo El hombre que cayo a la tierra se distingue en su filmografía por la presencia a la vez magnética y distante de su protagonista. Nunca el cine usó mejor a una estrella de rock. No solo es la actuación más lograda de Bowie y el mejor film en el que participó, sino que su larga influencia llega hasta su último trabajo, concebido cuando ya sabía que iba a morir: el musical Lazarus es su adaptación teatral. "Decidí hacer esta película apenas conocí a Nic Roeg, aún sin haber leído el guion: fue la mejor decisión instintiva que tomé en vida", dijo el músico. Hay que darle la razón.

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