"Sueño con exponer mi obra en el MoMA", dijo en diálogo con la revista Fashion Way Mag
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Su día empieza en una pista de salto, entre monturas, estribos y botas. ¿Su meta? Llegar cada vez más alto. Al mediodía se despide de Chelsea y Wohlan, sus caballos, con la dulzura que la caracteriza y, pinceles en mano, se pone en la piel de la artista que es y quiere ser. Se deja llevar por el color de los acrílicos y la música que envuelve a su atelier en una atmósfera especial, de creación pura. Candelaria Tinelli (22) o Lelé (como la llaman los íntimos) es un espíritu libre.
De novia con Nacho Lecouna (29), mantiene el perfil bajo, no le gusta exponerse ni tampoco hablar demasiado de su vida privada. Rechazó sistemáticamente cada propuesta de actuar o modelar para las marcas más importantes del país. La hija de Marcelo Tinelli (52) y Soledad Aquino (52) empezó a estudiar la Licenciatura en Veterinaria, pero dejó al poco tiempo cuando comenzó el trabajo difícil: ver animales muertos. Desde entonces se dedicó al arte (estudió en la escuela Prilidiano Pueyrredón) y siempre se capacita en talleres de reconocidos artistas. En una producción especial para la revista Fashion Way Mag, Candelaria no solo posa sino que se atreve a contar qué la inspira.
–De Veterinaria a Bellas Artes, ¿cómo fue ese paso?
–Estuve un poco más de un año en Veterinaria y no me copó. Estaba mucho tiempo encerrada estudiando y me di cuenta de que ver los bichos muertos no era lo mío. Esa parte era bastante heavy y sentía que me faltaba algo. En Arte también se estudia mucho pero, al tener talleres y tratarse de algo más creativo, es distinto.
–¿Sos autodidacta o tenés a alguien que te guía?
–Soy autodidacta, aunque voy a talleres. Fui a uno con Juan Doffo y ahora empiezo otro con Cynthia Cohen, que no solo me gusta mucho, sino que tiene que ver con lo que yo hago. Sirve que alguien te encauce un poco; si no, estás muy desnudo.
–¿Qué pensás cuando pintás?
–No le meto mucha cabeza a la pintura. Pienso en lo que estoy haciendo, nada más. Trato de no prestarle atención al celular, por ejemplo, para poder conectarme ciento por ciento.
–¿Te fijás horarios? ¿Cómo te organizás?
–Y, sí, es difícil. Pinto todos los días, me pongo un horario pero descanso en el medio, escucho música, no estoy todo el tiempo pintando. Si no, no lo disfruto y no se trata de eso.

–¿Cómo es ese momento en el que te enfrentás al lienzo en blanco?
–Es como tirarte a una pileta. [Risas]. Puede ser complicado. Por eso, siempre trato de tener la idea antes.
–¿En qué museo te gustaría que se exponga tu obra algún día?
–¡En el MoMA de Nueva York! No es imposible, pero es un trabajo de hormiga. Por lo pronto, estoy cerca de entrar en una galería. Eso está bueno porque implica no solo pertenecer a un lugar, también te permite recibir un montón de ayuda: ellos se ocupan de mover la obra dentro y fuera del país.
–¿Cómo nació tu pasión por los caballos?
–Amo los animales, me fascinan. De hecho, empecé a estudiar Veterinaria por eso. Quería especializarme en animales grandes. Supongo que tuvo mucho que ver mi mamá, a ella le encantan los caballos, aunque tiene otro estilo. Le gusta más lo gaucho, la jineteada... Siempre la acompañaba y ese mundo me atraía muchísimo. Ah, ¡y también tuvimos un pony en el jardín! No somos muy normales [Risas]. Y a los 15 o 16 años empecé a hacer salto.
–¿Qué sentís cuando estás arriba del caballo?
–Placer total. Me voy. Vuelo. Pero, a la vez, estoy muy conectada. Me encanta la vida al aire libre. En un futuro, me quiero dedicar a los caballos. La pintura me fascina, pero no supera a los caballos. Ahora, por ejemplo, estoy colaborando con ACMA, que es una organización que rescata caballos maltratados. Y ahí amadrino algunos. También se pueden adoptar.
–Los tatuajes son otro rasgo característico tuyo. ¿A qué edad te hiciste el primero?
–A los 14 años, me acompañó papá.

–Y te volviste una fanática...
–Ahora voy casi una vez por semana. [Risas]. Quiero y voy, no lo pienso demasiado. Soy muy impulsiva. Ya tengo diecisiete. ¡Me estoy quedando sin lugares! Algunos me los diseñé yo y otros mi tatuador, Mariano. Tengo plena confianza en él. Incluso, comparto algunos tatuajes con Mica: la frase "You and I", las golondrinas, el ojo de Horus... Hace poquito se tatuó mi nombre. Me dejó medio descolocada porque yo tengo el nombre de mi hermano, Fran. Así que ya estoy pensando en tatuarme el suyo, estoy presionada, ya me preguntó para cuándo.
–Son prácticamente siamesas, ¿no?
–Sí, somos muy pegote. Pero ¡demasiado! A veces parecemos novias. [Risas]. Somos muy dependientes.
–¿Qué te pasa cuando leés o escuchás cosas sobre tu familia que no son ciertas?
–Antes me enganchaba, ahora la verdad es que no. Ya estoy más allá.
–¿Leés revistas? ¿Mirás la televisión?
–No, cero. No es que esté en contra, ni nada. Cada tanto veo el programa de papá, me parece superdivertido. Pero no voy a verlo en vivo porque tengo miedo de que me enfoquen, ¡me muero de la vergüenza!
–¿Qué balance hacés de este año?
–Fue muy positivo. Tuve varios cambios y me animé a hacer más cosas. Yo estaba más metida para adentro con el tema del arte y la equitación, entonces mi familia me impulsó a perder los miedos. Es como amasar un pan, todo se va acomodando solo. Y así me empecé a soltar más. Fue un año bastante productivo.•
Texto: Mariana Meggiolaro
Fotos: Martín Sarrabayrouse, para Fashionwaymag.com
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