El secreto de la inquebrantable amistad entre Ricardo Espalter y Enrique Almada
La amistad entre los humoristas uruguayos dejó innumerables historias, como la que ocurrió en Buenos Aires cuando la impuntualidad de uno de ellos terminó provocando una escena tan insólita como divertida
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Los jóvenes actores, imitadores, locutores y músicos que fueron convocados en 1962 para integrar el equipo de Telecataplúm jamás imaginaron lo que la vida les depararía durante los siguientes 50 años. El elenco, cuidadosamente elegido por Jorge y Daniel Scheck, estuvo integrado por gente joven que destacaba en su disciplina. Salvo Julio Frade y Berugo Carámbula, que eran músicos, los demás tenían experiencia actoral frente al público.
Y el viernes 4 de mayo de 1962, cuando salió al aire Telecataplúm, tampoco estaban todos los integrantes que con el tiempo terminaríamos conociendo. Alberto Monteagudo, dibujante de prensa y uno de los convocados, no siguió ese camino. Emilio Vidal, genial actor, estuvo desde el principio y luego se radicó en Buenos Aires, donde desarrolló una importante carrera como actor de reparto. Raimundo Soto venía de una larga trayectoria en la radio y la publicidad; no era actor, pero su intrepidez lo llevó a actuar. Andrés Redondo tenía experiencia como autor. Eduardo D’Angelo ya era conocido como imitador eterno de Luis Sandrini. Ricardo Espalter integraba Club de Teatro, donde se destacaba como mimo, además de participar en otras agrupaciones independientes de la época. En aquella formación inicial faltaba Enrique Almada.
Almada era un músico de gran talento que había aprendido a tocar piano y guitarra de forma autodidacta. Cuando nació Telecataplúm, se ganaba la vida componiendo música para teatro y publicidad. Le iba muy bien y su talento lo hacía sobresalir entre sus pares.
Espalter era amigo de Almada. Coincidían en largas noches de ensayo o en tertulias de café. De hecho, cuando se armó el elenco del programa, Espalter lo invitó a sumarse, pero Almada se negó: le iba mejor con la música que arriesgándose en un programa de la incipiente TV.
Al año siguiente, Telecataplúm llegó a Buenos Aires y comenzó allí un sinfín de éxitos. Espalter le dijo a Almada que estaba frente a la oportunidad de su vida si cruzaba el charco con ellos. Además, los hermanos Scheck ya habían manifestado su interés en incorporarlo al elenco. Tanto insistió Espalter —hasta hubo amenazas de romper la amistad— que Almada terminó aceptando a regañadientes. En una palabra: todo fue gracias a Ricardo.

La amistad entre Almada y Espalter se notaba incluso cuando actuaban. Sabían lo que el otro estaba pensando en medio de un sketch y no competían por decir el chiste más gracioso o la salida más ocurrente: se cedían el lugar para hacer reír.
Los años 70 fueron brillantes para el dúo. Fueron convocados para espectáculos de revista en los teatros porteños, para el cine y para encabezar compañías de teatro cómico. Mejor no podía ser.
Almada había comprado un apartamento en Buenos Aires, a metros de la calle Corrientes. Allí vivía durante la temporada o cuando viajaba a grabar semanalmente a Canal 13 o Canal 9. Espalter lo acompañaba con frecuencia. Ese departamento, que era mínimo, fue algo así como un confesionario, el lugar donde el gran actor pudo contarle a su compañero de risas sus miedos, sus dolores pasados y sus proyectos de futuro.

“Almada era un tipo que sabía escuchar, y eso no lo hace todo el mundo. Escuchar y aconsejar. Almada fue mucho más que mi amigo”, me dijo Ricardo en varias ocasiones, visiblemente emocionado.
En la vida cotidiana, Almada y Espalter no se parecían en nada. Espalter era serio, tímido y de pocas palabras. Almada, en cambio, era lanzado, verborrágico y cómico incluso sin proponérselo.
Durante las largas horas de espera en los aeropuertos, Almada se sentaba junto a Espalter y comenzaba a hacer música con la boca, acompañando el caminar de la gente que pasaba delante de ellos. Si alguien caminaba rápido, improvisaba con un silbido suave una especie de ragtime o jazz que “interpretaba” al ritmo de sus pasos. Si la persona era corpulenta y caminaba lentamente, la velocidad de la música disminuía notoriamente. Espalter moría de risa mientras Almada miraba hacia los costados como si nada estuviera ocurriendo.
Espalter era metódico. Almada se dejaba llevar por la intuición y eso a veces lo convertía en alguien desordenado e impuntual. Compartían todo en aquel apartamentito porteño. Uno cocinaba, el otro limpiaba, y las conversaciones eran el telón de fondo permanente.
El día en que Almada demoró un despegue
Una tarde estábamos esperando un avión y la demora llegó, como siempre. Empezamos a conversar y, milagrosamente, me contó cosas que nunca antes le había escuchado relatar. Entre ellas, una historia muy divertida que refleja a la perfección cuán distintos eran y cómo lograban complementarse.
Estaban en Buenos Aires. Habían grabado tres programas porque se acercaban las vacaciones de verano. El trabajo había sido intenso y terminaron sobre las 23 en el canal. Tenían pasajes para el primer vuelo a Montevideo, que partía a las 7.30 de la mañana del día siguiente, por lo que la noche apenas alcanzaba para comer algo rápido e irse a dormir.
Había que estar en el aeropuerto a las 6.30. Espalter, puntual como siempre, se levantó a las cinco, se bañó, se afeitó, preparó el bolso y despertó a Almada. Pero Almada siguió durmiendo hasta las 5.45.
Enojado, Espalter le dijo que se apurara o se iría solo al aeropuerto. Su amigo se levantó lentamente y comenzó a buscar algo por el piso.
—¿Y ahora qué buscás? —preguntó de mala gana.
—Un peine.
Ricardo nunca supo si aquello era un chiste o una necesidad real, porque los peines no solían pasar por la calvicie del actor, músico y amigo.
Espalter salió sin decir adiós, tomó un taxi y llegó a Aeroparque. A las 7.30 estaba sentado, con el cinturón de seguridad abrochado, mientras el avión comenzaba lentamente a carretear. Almada no había llegado y parecía imposible que lo hiciera a tiempo.
Por dentro, Espalter estaba enojado y, al mismo tiempo, satisfecho. Quizás aquella experiencia serviría para que el episodio no volviera a repetirse.
El avión avanzó algunos metros por la pista hasta que se detuvo de golpe. Ricardo miró por la ventana y vio un jeep de Aerolíneas Argentinas que avanzaba a toda velocidad hacia la aeronave.
A los pocos minutos, la puerta se abrió. ¿Y quién entró al avión?... ¡Enrique Almada!
Su popularidad era tan grande que la compañía aérea no dudó en demorar el Boeing y trasladarlo hasta la mitad de la pista para que pudiera embarcar.
“Yo estaba con una bronca... No lo podía creer. ¡Qué caradura!”, recordaba Espalter.
Cuando Almada apareció por la puerta, los pasajeros estallaron en un aplauso cerrado. Todos sonreían, menos Ricardo, que permanecía cabizbajo en la última fila. Almada saludó al público y, sigilosamente, se acercó a su amigo.
Entonces le susurró al oído una frase inolvidable: "¿Viste, Ricardo? Los puntuales no tienen testigos".
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