En su entrevista más sincera tras la muerte de su marido Miguel Pando, habla de tristeza y de excesos. “Recuperé la paz”, dice aliviada
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Mira a los ojos cuando habla y a través de ellos se trasluce un alma despejada. Pero para Ginette Reynal (55), el camino hasta este presente de serenidad no fue nada fácil. Después de la muerte de su marido, Miguel Pando, a principios de 2011, la vida de la exmannequin y la de sus hijos, Mia (24) y Martín Flores Pirán (23) y Jerónimo Pando (18), cambiaron por completo, en gran parte por el dolor, pero también por los años de excesos en los que "Gina" –como le dicen sus seres queridos– se vio inmersa después de la partida del amor de su vida. Si bien no pronuncia la palabra "adicción", va a referirse a su drama con la valentía de haber librado la más dura de las batallas.
"Fueron años durísimos. La vida me pegó un cachetazo y gracias a Dios pude resurgir de mis cenizas, como el Ave Fénix. Con la muerte de Miguel, yo también me morí y volví a nacer", le confiesa a ¡Hola! Argentina en la intimidad de su casa, un departamento en el Palacio de Los Patos.
LOS AÑOS SIN ÉL
–El 24 de enero se cumplen cinco años de la muerte de tu marido. ¿El dolor muta a través de los años?
–Cambia, claro que cambia. A Miguel lo extraño mucho más ahora. Extraño su esencia y la vida maravillosa que me armó, porque él fue mi continente: yo era un tiro al aire y Miguel me plantó en la tierra. Con él yo maduré y, juntos, construimos una familia lindísima. Los años con Miguel fueron los más productivos de mi vida: pude hacer muchas cosas, porque a él le encantaba ocuparse de los chicos. ¡Era un padre superpresente! Y Jerónimo, nuestro hijo, hoy está bien por eso: porque tuvo mucho papá y eso hizo que pudiera elaborar la pérdida.
–¿Cómo es extrañar tanto a alguien?
–Nunca dejás de extrañar y nunca vas a dejar de hacerlo. Por suerte, mi dolor por su pérdida es absolutamente pacífico, porque en nuestro matrimonio no nos quedó ni una cuenta pendiente. Con Miguel tuvimos una relación redonda: con líos, peleas, crisis, separación y reconciliación. Fue un amor muy completo y trabajado.
–¿Qué es lo que más te hace falta de Miguel?
–Extraño su compañía y su sentido del humor. Extraño cuando salíamos juntos, que íbamos a los cócteles, a las fiestas, a las comidas y volvíamos charlando, divertidísimos. Nunca me gustó charlar tanto con alguien como con Miguel. Él era un "disfrutador" de la vida: vivió con intensidad.
–¿Cómo se conocieron?
–Era íntimo amigo de Hernán, uno de mis hermanos, siete años menor que yo, y de chico venía siempre a casa. Fue mi gran amor y le agradezco a la vida haber tenido la chance de vivir un amor tan lindo.
–¿Tuviste la oportunidad de poder despedirte?
–Totalmente. Si bien una enfermedad terminal es terrible, te da la posibilidad de decir todo lo que tenés para decir.
UN PASEO POR LA OSCURIDAD
–¿A qué te referías cuando decías que, tras la muerte de Miguel, vos también te "moriste"?
–Llegué al fondo del océano. Toqué fondo de verdad y, después de tres años de locura, mis hijos me rescataron. Estar tan bien hoy se lo debo a mi familia: a mis primos, a mis tías, especialmente a Dolores [madre de Paolo, Giuseppe, Astrid y Andrea Vianini y de Concepción Cochrane] y a mis hijos, fundamentalmente, que me dejaron hacer mi proceso: porque yo tuve que destruirme, quemar el modelo completo, para poder salir adelante y renací.
–¿Cómo fue la hoguera?
–No me importaba nada, nada de nada. Es un estado de locura y, en mi caso, no fue que un día me di cuenta y dije "basta". Son muchos días en los que sentí que estaba en un lugar en el que no quería estar más. Sentía que estaba adentro de un pozo con paredes de barro y que trataba de agarrarme para salir y me patinaba… Fueron Mia, Martín y Jerónimo quienes me hicieron dar cuenta de que podía salir de ahí.
–¿Cuándo hiciste el clic?
–Cuando el dolor superó a la locura, porque llega un momento en que el dolor es tan fuerte que nada es suficiente para hacerlo a un lado. Hace un año empecé el viaje interior. Me metí para adentro, empecé a no tener ganas de estar con gente y a permitírmelo, le di la bienvenida a la fobia y, principalmente, a la tristeza. Empecé a quererme todo lo que no me había querido desde que murió Miguel.
–A un año de haber tomado la decisión de salir. ¿Cómo te sentís?
–Me siento bárbaro, como saltando en una cama elástica. Estoy mucho menos estridente que antes y más coherente con mi interior. De nuevo soy dueña de mi vida y me siento centrada.
–Si mirás para atrás, ¿qué ves?
–Veo un trabajo superintenso y mucho respeto hacia mí misma y mi proceso. Aprendí a bancarme las horas de aburrimiento, la parte simple de la vida y ahí es donde más hay que trabajar. Empecé a hacer ejercicio, retomé terapia de grupo, volví al psicólogo y ahora sumé constelaciones familiares, porque cuando se murió Miguel, solté todo… Quedé como flotando.
–¿Estabas enojada?
–¡Estaba furiosa! Sentía muchísima bronca. Todavía tengo dentro de mí algo de furia, pero lo que pasó, pasó.
–Hace poco te mudaste a este departamento lleno de luz. ¿La decisión tuvo que ver con este nuevo momento en tu vida?
–Creo que sí, y también tuvo que ver con el poder creativo de la mente: cuando hice las paces con la vida, la vida me devolvió luz, amor y paz. Este departamento "apareció" gracias a Anita, mi cuñada y mujer de mi hermano Alejandro [Agote]. Era febrero y estábamos las dos en Buenos Aires, emboladas porque nuestros hijos se habían llevado materias. Vine a visitarla y le comenté que quería mudarme porque necesitaba un cambio.
–¿Qué significa esta casa en tu renacimiento?
–Estoy en una etapa de paz y este departamento es una oportunidad de sosiego y de placer. Me siento de vacaciones en un lugar lindo y armónico que me da la posibilidad de desplegarme y de vivir con tranquilidad. Si bien sigo teniendo vida social, dejé de vivir para el afuera.
–¿Cómo es tu rutina?
–Estoy dedicada a mí y a pintar. Me levanto a las ocho y media de la mañana y mientras desayuno, me conecto a las redes sociales –Facebook e Instagram– y charlo con mis amigas y mis primos por WhatsApp. Algunos días voy a clases de baile o salgo a caminar. Si llueve, llevo a Jerónimo al colegio, a San Isidro. Después almuerzo en casa, resuelvo temas del hogar y pinto. Los lunes tengo terapia de grupo, los martes medito, los miércoles voy a constelaciones familiares y los viernes juego al bridge en Tortugas. Tomamos clases con Lula, mi otra cuñada y mujer de Hernán [Agote], y con mi hermana, Madelaine [Reynal]. Los fines de semana veo mucho a mi familia, mis primas, mis cuñadas y mis hermanos. ¡Me encanta mi vida!
–¿El vínculo con los tuyos cambió?
–Muchísimo. Antes yo era una persona insoportable: paranoica, peleadora, me enojaba por cualquier cosa, gritaba y me ponía histérica… Siento como si me hubieran exorcizado, como si me hubiera sacado un diablo de adentro. Por eso te digo que me morí y volví a nacer. Por otro lado, siento que estar bien conmigo y con los míos es una forma de rendirle honor a mi marido. Si a él le tocó irse y a mí quedarme, entonces tengo que vivir al cien por ciento.
–¿Sentís que las cosas con tus hijos están en equilibrio?
–Las cosas marchan. Todavía no hice las paces del todo con lo que nos tocó vivir, pero tampoco creo en la victimización. Mis hijos, ahora, tienen una madre presente, que está en casa, conteniéndolos y eso les permite hacer su proceso sabiendo que yo estoy. Esa es la forma en la que las cosas deberían ser y me hubiera gustado no abandonarlos como los abandoné. Ellos ahora son dueños de sus vidas y yo acompaño, me ocupo de que haya comida en casa, doy estructura, y mientras ellos hacen sus cosas, yo también tengo mi vida. Me da un placer enorme verlos desenvolverse, ser testigo de cómo resuelven ciertas situaciones y las responsabilidades que eligen. Me gusta verlos autónomos y me da seguridad porque siento que si a mí me llegara a pasar algo, ellos van a estar bien. Igual, todavía falta un poquito, unas últimas dosis de horno.
–¿Tenés cuentas pendientes con ellos?
–Sí, me encantaría viajar con ellos. Vivir juntos momentos de unión, divertirnos y, de alguna manera, recuperar el tiempo perdido.
LA CHANCE DE UN AMOR
–Se te ve plena. ¿Estás lista para enamorarte nuevamente?
–Tengo ganas, pero cuando aparece la posibilidad… me retraigo. Es una sensación rara, nueva, y no sé cuánto va a durar. Mi psicólogo dice que es porque estoy haciendo el duelo recién ahora y la herida ahora está empezando a cicatrizar.
–¿Tuviste candidatos en el último tiempo?
–Gracias a Dios, nunca me faltaron oportunidades, pero siempre me encontré diciendo: "No sos vos, soy yo", y pidiendo disculpas por tremendo lugar común. Definitivamente, no es el momento.
–Sos parte de una dinastía de mujeres bellísimas y de alcurnia que comenzó con tu abuela, Magdalena "Malena" Nelson Hunter. Desde entonces, las Blaquier dieron –y dan– que hablar. ¿Lo viviste como un peso?
–¡Nada que ver! Le agradezco al cielo haber nacido dentro de la familia Blaquier y la familia Reynal. El legado que nos tocó con mis primas y mis tías Blaquier nunca fue un peso: todo lo contrario, ¡es un plus! Pertenezco a una dinastía de mujeres con los ovarios muy bien puestos y estoy orgullosa de ello.
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