Luego del 24A, Luis Brandoni vuelve a la actuación en Madrid y con Campanella
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MADRID–. Apenas pisa una baldosa de la Gran Vía, Luis Brandoni recibe un grito que mezcla sorpresa, respeto y la calidez de un anfitrión. "¡No lo puedo creer!", dice una pareja que empuja por la sombra un cochecito de bebe por la arteria más famosa de la ciudad. En algunas horas el actor estrena en Madrid Parque Lezama, una obra dirigida por Juan José Campanella, junto a Eduardo Blanco, querido y prestigioso en España por su versátil labor en TV, cine y teatro.
-Personaje A: ¡Estás igual!, le dice para recalcar que el tiempo ha sido benévolo con ella.
-Personaje B: ¿Igual a qué?
Brandoni recuerda esta escena de Made in Argentina y tantas otras, no solo de ficciones donde él tuvo un papel protagónico. Es el hombre del momento. Después del éxito de El cuento de las comadrejas, este año también integra La odisea de los giles, la película más vista del cine nacional en lo que va de 2019 y quizá quien destrone a Relatos salvajes en el podio de la más taquillera de la historia de producción local. Además, protagonizó un video donde convocaba a los ciudadanos a marchar a la Plaza de Mayo el pasado sábado "a favor de la República". Acaba de terminar de filmar una serie que se emitirá en breve, Derecho viejo, donde compone a un profesor universitario durante la década del sesenta, y se prepara para volver al teatro.

Pasaron horas apenas del debut español de Parque Lezama, una pieza que tuvo más de 800 representaciones desde su estreno en 2013 en Buenos Aires y que, solo de preventa, antes incluso de comenzar la campaña de publicidad en Madrid, había vendido 2400 entradas. Parque Lezama cuenta con un elenco de actores argentinos, además de Brandoni y Blanco, Ana Belén Beas, Luz Cipriota, José Emilio Vera, Martín Gervasoni y Santiago Linari. Esta obra posee la producción de Tío Caracoles, una empresa de Miguel Ángel Chulia y Ana Belén Beas, realizadores que reparten sus días y apuestas en ambas ciudades, de un lado y otro del Atlántico.
El teatro es una de las pocas actividades artesanales que quedan en el mundo
–Después de tantos estrenos, ¿siente adrenalina antes de un debut?
–El teatro se hace igual que hace 3000 o 4000 años. La ciencia y la tecnología no hicieron nada por nosotros, no se ha creado un jarabe, una inyección para aprenderse toda la letra del espectáculo. Es una de las pocas actividades artesanales que quedan en el mundo. Los nervios son inevitables, no hay experiencia que pueda superar ese momento feo de la profesión. Hemos hecho 800 funciones de este espectáculo y como es costumbre nos vamos a llevar el susto del siglo hasta unos minutos después de empezar la función, hasta ver que nos entendemos, que tenemos identidad con el público.
–¿Luego ya puede disfrutar la función?
–Sí, claro, sobre todo con este espectáculo que es una gran obra de teatro, llena de situaciones. La obra nos sostiene a nosotros. Las situaciones se precipitan una tras otras con una gran efectividad. No hay más que hacerla, prolijita. Y le agregaremos algunas gotas de emotividad.

–Desde que la estrenó hasta esta parte, ¿alguna frase quedó sonando en su cabeza?
–Sí, tal vez: "No se da cuenta, universitario, que usted también un día va a ser viejo".
–¿En qué cambió, si es que cambió algo, el planteo de Campanella, cuando estrenó esta obra en 2013 a 2019?
–En nada. Hicimos más de 800 funciones y siempre hay una tendencia, aun involuntaria de formar, o estirar o acortar algunas cosas y no debe ser así porque el director la concibió de una manera determinada. No puede ser más atractivo y entretenido para un actor el personaje que me toca jugar.
–¿Qué complejidad tiene su personaje? ¿Lo vocal, lo físico?
–La complejidad está en poder cambiar de un segundo al otro el tono de la escena. Campanella, creador de la versión y de la traducción, tiene la virtud de pasar de la emoción a la cosa hilarante de un segundo al otro. Esa es una de las dificultades. Yo, personalmente, con el acuerdo del director, le di una característica a mi personaje inspirado en un hombre que conocí de verdad, que era polaco y que hablaba con acento, una gran persona. Mi personaje habla con ese acento polaco y me gustó hacerlo porque además forma parte de una vieja tradición del teatro argentino, que es la del cocoliche. Fue una gran ayuda para la integración de la sociedad argentina que los personajes hablaran de acuerdo con su idioma original y el público lo entendió y aceptó de buen grado. Esto no es un sainete, pero yo me aprovecho de esta vieja tradición argentina.

–¿Qué diferencias hay entre el Campanella director de teatro, director de televisión y director de cine?
–Mi trayecto con Campanella fue primero hacer televisión, después teatro y después cine, así que lo conozco en los tres aspectos. Es un hombre muy sereno, cuidadoso, muy meticuloso, con buenos modos y está muy seguro de él, de manera que en ninguna de las tres versiones lo he escuchado levantar la voz. Pero sí tiene la autoridad de una experiencia muy grande y de un talento extraordinario.
–Dicen que para interpretar a un mal actor hay que ser un muy buen actor. Usted interpreta un mal actor en El cuento de las comadrejas. ¿Cómo fue este trabajo?
–No es tan fácil. Era un lindo desafío el hacer ese actor que padeció tanto. Hay una escena, para mi gusto, extraordinaria, donde el personaje de Oscar Martínez le dice a mi personaje que no nació para ser actor. Lo sospechó toda la vida, pero nunca nadie se lo dijo. No es fácil hacer un mal actor, porque no significa que se debe actuar mal.
–¿Qué puntos en común tiene Parque Lezama con la Argentina?
–Es muy difícil que el público crea que esta obra no haya sido escrita en la Argentina. Nunca tuvimos la sensación de estar haciendo una obra extranjera y el público lo asume así. El pibe chorro es igual en Parque Lezama que en el Central Park.
–Los dos personajes principales chocan, pero a la vez están unidos, a pesar de sus diferencias.
–Lo disímil de estas dos personalidades es lo que provoca gracia. Se pelean todo el tiempo, tienen dos maneras diferentes de ver la vida. Para un espectador esto es muy divertido. Algunos espectadores se identifican con un personaje y otros, con otro. Es muy divertido ver cómo confrontan, en tono de comedia, esas diferencias. El final no te lo voy a contar.
–Su personaje, León Schwartz, lucha contra la injusticia, no se queda callado.
–Fue militante del Partido Comunista durante su juventud, después sabemos que no lo fue tanto. Ha quedado prendado de esos ideales y sigue en su jubilación alimentando fantasías y creando historias, y contándolas. Él lo dice de una manera muy terminante: "Si fui una sola persona durante 81 años, por qué no puedo ser cien en los próximos 5". Entonces se inventa personajes, como un abogado laboralista. Esa es una de las formas, no de nostalgia, sino de fantasía y de creatividad.

–Y a la vez no es una obra política.
–Para nada, pero tiene algunos vicios de cosas, el planteo de determinadas situaciones de acuerdo a los personajes que concurren a la plaza, personajes que todos conocemos: el presidente de un consorcio, un pibe chorro, etc.
–Nació en Dock Sud, ¿iba a menudo a Parque Lezama?
–Hice mi escuela primaria en el centro, en Corrientes y Reconquista, de modo que mi papá me llevaba en auto de ida y vuelta al colegio, desde los 7 hasta los 12 y pasaba por Parque Lezama. Ahora hay unas gradas donde se hacen representaciones, pero no era eso así. En esas gradas había rosales y en ese rectángulo había agua con peces de colores. Hoy sería bastante difícil que sobrevivieran.
–¿Es nostálgico? ¿Cómo se lleva con la nostalgia?
–Me llevo bien porque forma parte de mi vida, la nostalgia no es un sentimiento negativo o penoso. Me encuentro a menudo con mis amigos contemporáneos recordando cosas que nos hacen felices o que hemos podido disfrutar.
–Interpretó a Arturo Illia, en una pieza de Eduardo Rovner. ¿Le gustaría interpretar a Raúl Alfonsín?
–Me da un poco de miedo, porque está tan presente en todos nosotros. Me gusta más quererlo, respetarlo, recordarlo y sentirme orgulloso de haber disfrutado de su amistad.
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