Mercedes Funes: el miedo que le generaba Miguel Ángel Solá, el recuerdo de su madre y la necesidad de incomodar
La actriz, que brilló en títulos como Padre Coraje, ATAV y El primero de nosotros, vuelve a Calle Corrientes con Por el placer de volver a verla, una obra que le recuerda mucho su historia familiar
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Después de varios meses de gira por el interior del país, Mercedes Funes se prepara para volver a calle Corrientes con Por el placer de volver a verla, la obra que protagoniza junto a Miguel Ángel Solá. “Yo hice mucho teatro e hice obras hermosísimas, pero quienes me conocen me dijeron: ‘Esta es la obra más linda que te vi hacer’. Es una obra maravillosa. Es un placer no solo verla, sino hacerla y disfrutarla”, le confiesa la actriz a LA NACION sobre esta pieza dirigida por Manuel González Gil que a partir del 21 de agosto podrá verse en Paseo La Plaza.

Mientras que sobre las tablas se pone en la piel de una mujer que le recuerda mucho a su madre, en la pantalla le da vida a Penélope en la nueva temporada de Soy Luna. “Me encanta trabajar con pibes más jóvenes porque están en una frecuencia divertida. Tienen una energía tan luminosa, tan de buen humor todo el tiempo”, explica mientras recuerda su paso por Casi Ángeles y todo lo que le dejó ser parte del “Universo Cris Morena”.

Ante la incertidumbre y los cambios que atraviesa la profesión hoy en día, Funes es consciente de la necesidad de generar sus propios proyectos. “Eso de esperar a que suene el teléfono no existe más. Ahora tenés que salir vos a generar tu trabajo”, dice quien en esa búsqueda está preparando junto al dramaturgo y director Franco Verdoia un nuevo unipersonal, Alfa de Centauro, que planea estrenar a comienzos del año próximo.
—Volvés a calle Corrientes, nada más y nada menos que con Miguel Ángel Solá y en una obra que los tuvo de gira…
—Estuvimos de gira desde abril con Por el placer de volver a verla, una obra con Miguel Ángel Solá que para mí es un regalo del cielo y de esta profesión poder trabajar con él. Miguel es maravilloso. Está dentro de los actores que a mí siempre me generó mucha admiración, mucho respeto y lo veía muy lejano porque Miguel vivió muchos años afuera. Y bueno, de la mano de Manuel González Gil, que es nuestro director, se dio. Yo ya había trabajado con Manuel en otra obra y la verdad es que es un ser adorable y maravilloso; además de que es un prócer de nuestra escena. Él tiene un vínculo con Miguel, son hermanos prácticamente de la vida, y entonces le dijo: “Quiero que hagas esta obra con Mercedes”. Y Miguel confió sin conocerme. Para mí es un honor que Manuel haya apostado por mí de esa manera.
—¿Y cómo fue ese encuentro?
—Yo le tenía un miedo... Porque aparte Miguel tiene como esa mirada fuerte entonces fue: “Hola, mucho gusto” aterrada (risas). Y al segundo dije: “¡Dios, qué hombre tan divino! Qué compañero tan hermoso”. Fue todo generosidad, todo amorosidad y soy feliz en el escenario con él. Somos felices de ser compañeros. Además estamos generando un vínculo de una madre y un hijo, que es un vínculo donde no hay ningún tipo de barrera posible, donde la confianza es absoluta y la entrega es total. Yo lo agarro, lo estrujo, lo beso, le toco la cabeza porque es mi hijo y en él está todo permitido. Trabajar así es tan lindo.
—Es una obra donde necesita de tu personaje sí o sí…
—Sí, absolutamente. Los dos necesitamos el uno del otro. Es una obra que él ha hecho durante muchos años en España con Blanca Oteyza (su exmujer) pero nunca la hizo en Argentina. Tuvieron tres años de éxito porque la obra es una locura. A esta obra también hace muchos años la representaron maravillosamente bien Virginia Lago y Manolo Callau en Mar del Plata, dirigidos también por González Gil. Pero esta versión es diferente. En esta versión, lo que se plantea es un vínculo de humor, de amor, de nostalgia y de cotidianeidad. O sea, estamos contando la historia de un hombre, que es un autor de teatro muy conocido, que le cuenta a la gente que está terminando de armar su última obra de teatro donde la protagonista es su mamá; una mamá que se ha ido de este mundo bastante joven. Entonces los hace partícipes de estos recuerdos que se transforman en escenas dentro de la obra de teatro.
—¿Te lleva a un recuerdo de tu madre, en tu caso?
—Sí, en mi caso me hizo acordar mucho a mi mamá. Le pude poner muchas cosas de ella a este personaje. Pero mucha gente me dice: “Me hace acordar a mi mamá o a mi abuela o a mi tía”. Es esa mujer maravillosamente común y cotidiana que ha estado mucho tiempo en los hogares, sobre todo, en los años 60 y 70 donde por ahí todavía las mujeres no tenían tanta posibilidad de salir a trabajar afuera y estaban lidiando con todas las cosas del hogar con tanta energía.
—¿Así era tu mamá?
—Así era mi mamá lidiando con cuatro hijos mientras mi viejo trabajaba todo el día. De hecho, cuando vivíamos en Rosario mi papá trabajaba en Buenos Aires; o sea que ella estaba de lunes a viernes sola lidiando con todos.
—Qué lindo que hoy tengas la posibilidad de traerla arriba del escenario con un personaje. ¿Pasa seguido eso?
—A mí me pasa seguido en la vida. O sea, somos también en un punto ellos. Quienes compartieron nuestra vida, quienes nos enseñaron el mundo. Y con los años siento como que vamos afianzando más eso. Yo me voy transformando cada vez más en muchas cosas de mi mamá y de mi papá. Las voy encontrando en mí y es poderoso. Hasta viéndote en el espejo. De golpe empiezo a ver su cara en mi cara.
—¿Se fue hace mucho?
—Sí, en 2014. Pero para mí se fue hace cinco minutos. Es como que se vuelven anacrónicos, esas presencias nunca son ausencias. Es más, se vuelven presencias muy contundentes porque son compañías que están todo el tiempo.
—¿Y qué opinaba de su hija actriz?
—Había una contradicción ahí. Yo siempre la remé bastante. Trabajé mucho, pero por ahí no tuve como una seguidilla de pegar éxitos; entonces mi mamá durante mucho tiempo, muy angustiada, me decía: “¿Por qué no estudiás una carrera en una facultad?” “¿Por qué no tenés un título?”. Ella tenía mucho miedo. Obviamente en nuestra profesión nunca te recibís de nada, nunca llegás a ningún lado. Vamos como saltando de liana en liana. Somos nosotros los que tenemos que generar nuestro trabajo. Eso de esperar a que suene el teléfono no existe más. Ahora tenés que salir vos a generar tu trabajo y también a unir sinergias con actores, directores, realizadores, gente muy capaz, muy talentosa.
—El otro día la escuchaba a Julieta Ortega que decía que hoy hay una mirada negativa sobre los actores. ¿Sentís lo mismo?
—Sí, sobre el arte en general. Creo que es una construcción a propósito porque al arte se lo está tratando como si fuera algo que te mira desde un púlpito, te juzga y te dice: “Yo arte soy mejor que vos”. Y el arte es absolutamente lo contrario. El arte es lo más popular, es lo más en común que tenemos todos los seres humanos. Es la capacidad de expresar lo que sentimos y de hacernos preguntas y de buscar respuestas. El arte te invita a pensar, el arte te invita a hacerte preguntas, te invita a cuestionar el status quo. Es peligroso porque te interpela, te incomoda, te invita a tener hambre de algo más. Entonces todo aquello que tenga alguna representación artística o todo aquel que viva del arte es necesario colocarlo en un lugar choto.
—¿Por qué?
—Porque no aporta a un momento mundial en donde lo que conviene es “calladitos son más bonitos”. Porque es un momento en donde somos demasiados y mejor que estemos todos ahí sin hacer preguntas. Arte pueden hacer todos. La capacidad de expresarte, la capacidad de preguntar está en manos de todos y no necesitas otro instrumento más que tu propia existencia. Hay que defenderlo. El arte sale de abajo, sale del dolor, del barro, del olor, de la carencia, de la necesidad.
—¿Cómo está el trabajo hoy para los actores?
—Estamos en un momento complicado, pero yo confío que sea un momento de transición. Sin dudas, no tiene nada que ver con el ámbito laboral que yo conocí que era muy diferente y no pasó tanto tiempo; somos la misma generación. Con Topa, con Érica Rivas, con Facu Arana, con Rodrigo De la Serna, con Agustina Posse, con Joaquín Furriel nos hemos conocido todos en las colas de los canales porque los miércoles los canales y las productoras abrían sus puertas para que uno vaya, oficina por oficina, llevando su currículum. Había un montón de laburo en televisión y nos cruzábamos todos todo el tiempo. La mayoría nos hicimos amigotes sin haber trabajado juntos. Todos nosotros vimos esta transición y hoy es otro mundo. Por otro lado, la pluralidad que han dado las redes ha hecho que muchas personas que por ahí no tenían la posibilidad o el tiempo para ir a buscar trabajo o hacer castings lo hagan desde su propio canal de contenido. Muestran quiénes son, arman un personaje y tenés un montón de figuras nuevas. Y eso también está buenísimo.
—¿Te gustan las redes?
—A veces sí y a veces no porque también cualquiera puede decir cualquier cosa. Y no sé si está bien que cualquiera pueda decir cualquier cosa. Yo creo, por supuesto, en la libertad de expresión, pero también creo que el derecho de uno concluye cuando empieza el derecho del otro. Creo en la ética como la palabra fundamental que debería regirnos a todos desde que nos levantamos hasta que nos vamos a acostar. Y hay una carencia absoluta de ética donde yo puedo llegar a decir cualquier cosa a cualquier precio.

—Volvamos a tu mamá. ¿Qué pasó cuando la nena se convirtió en esta Mercedes Funes que todo el mundo conoce?
—Pasaron cosas muy graciosas. Mi primera ficción fue una novela que se llamaba Nano, con Araceli González y Gustavo Bermúdez. Fue mi primera ficción y mi primer beso en televisión. Yo era bastante niñata; de hecho mi primer beso en la vida fue con Nicolás Scarpino en la ficción. Después teníamos una escena de muy mal gusto, que era nuestra primera vez. Cuando pasaron esa escena estábamos con mi familia de vacaciones en San Bernardo. Yo sabía que ese día la daban entonces me fui a la playa. Mi mamá se quedó mirando la novela y otro hermano también. Cuando volví, mi mamá estaba acostada. Le pregunto a mi hermano qué había pasado y me dice: “Terminó la escena, mamá se levantó, apagó el televisor y dijo: ‘Me voy a dormir’”. Se acostó hasta el día siguiente y nunca me habló de eso. Fue un puñal para ella.
—¿Qué sentís que le pasó?
—Le costó muchísimo porque ella era muy pacata en algunas cosas. En otras, era sumamente liberal por demás. Era una mina que andaba con musculosa, sin corpiño, con un short metido en la cola por el barrio. Pero conmigo con el tema de los novios era terrible. Creo que lo peor que le puede haber pasado en la vida es que yo sea actriz y que me dé besos o tenga escenas así.
—¿Nunca lo aceptó?
—Con los años y tras el fallecimiento de mi hermana… Mi hermana era una persona que tenía muchos problemas de salud mental; fue muy duro y difícil para toda la familia. La discapacidad es muy dura en las familias cuando no hay herramientas, cuando no hay acompañamiento del Estado, cuando no hay nada ni nadie que te guíe hacia dónde ir. Entonces ellos no podían compartir mucho conmigo todo mi mundo de la actuación porque no había tiempo, no había miradas para mí. Yo crecí con eso, sabiendo eso. Nunca me faltó amor pero yo creo que elegí ser actriz para encontrar cierta visibilidad que por ahí dentro de mi ámbito familiar no estaba. Los últimos años de su vida, después del fallecimiento de mi hermana, mi mamá pudo volcarse libremente a ser la madre más cholula, de acompañarme en todo.
—Pudo posar la mirada en vos...
—Mi mamá no podía ni ir a verme a los actos de la escuela. Entonces pudo sacarse el gusto. En los últimos tiempos que yo he hecho teatro, ella pudo estar ahí y disfrutar y eso a mí me da muchísima alegría por ella porque ella era actriz cuando era joven. En su adolescencia, estaba en un grupo de teatro pero bueno, eran otras épocas también. Desde el momento en el que se casó y decidió tener a su familia, le parecía absolutamente incompatible que una mujer pudiera hacer las dos cosas a la vez.

—Si tuvieras que elegir un personaje… ¿Con cuál dijiste: “Soy famosa” y a cuál te gustó mucho ponerle el cuerpo?
—A mí me gustó mucho Alicia de ATAV porque fue un desafío desde todos los lugares. Yo hacía muchísimo que no trabajaba en Pol-Ka. Estaba un poco apichonada con eso porque venía de trabajar mucho en Telefe y por ahí había perdido el contacto cotidiano con muchas de las personas que trabajaban ahí. Y todas esas cuestiones te dan timidez. Yo soy una persona bastante tímida; cada vez menos por suerte. Pero me programé desde el mejor de los lugares. Antes de ingresar al set fue: “Yo me voy a divertir”, y ese fue mi mantra. Y creo que es lo mejor que pude haber hecho porque me divertí desde el primer día, desde la primera escena. Y de golpe vi que todos se divertían conmigo. Fue un año de ir todos los días a ser muy feliz, a reírme a carcajadas con Benjamín (Vicuña), a reírme a carcajadas con Gonzalo (Heredia), con los directores. Es un placer trabajar así.
—Soy Luna es un proyecto que acaba de aparecer. Es volver también al público infantil que te conoce tanto… ¿Cómo fue?
—Difícil porque los chicos son muy expresivos para todo, pero conmigo fueron amorosos. Entré en un elenco que ya se conocía, con unos personajes que ya tenían el amor de su público y aun así la recepción fue divina. Me encantó conocer a los chicos. A Ruggero lo había conocido un poco en los pasillos de ATAV, pero no habíamos tenido escenas juntos; al resto no y son divinos. Trabajar en ese ámbito fue divino. Yo había trabajado una sola vez con Disney. Hace mucho tiempo que el amigo Topa me invitó para que vaya a hacer de su hermana, que fue un capítulo pero que se sigue repitiendo. Para algunos chiquitos soy la hermana de Topa en la calle. Para otros, soy Luz de Casi Ángeles. Y ahora Penélope. Me encanta trabajar con pibes más jóvenes porque están en una frecuencia divertida. Tienen una energía tan luminosa, tan de buen humor todo el tiempo, tan de chiste acá, chiste allá.
—Si mañana vuelve Casi Ángeles, ¿te sumás?
—Sí, trabajar con Cris Morena siempre es un sí. Cris es otra de los grandes próceres de nuestra televisión y es una mujer, lo cual festejo más aún. Todo lo que ha hecho para la televisión argentina hay que reconocérselo. Y lo sigue haciendo con Margarita. Ha sido una maestra para mí. A mí me gusta mucho observar todos los espacios en donde estoy y ver cómo les enseñó a trabajar a los chicos desde un lugar de responsabilidad, porque a veces es muy fácil que los pibes se dispersen o que no les importe. Imaginate a esa edad (14, 15, 16 años) tener en la puerta del canal 100 personas que te griten: “Te amo”. Se te vuela la cabeza. Y ninguno estaba con los patos volados porque había un trabajo de contención para que comprendieran que esto es hoy y que esto también es producto de un trabajo y un sacrificio, que hay que sostenerlo en el tiempo y que tiene una base de formación actoral, intelectual. Hoy esos nenes son grandes artistas. Mirá lo que es Peter Lanzani, mirá lo que es Lali. Entonces es un semillero que no solamente se encargó de hacer éxitos. Hubo un cuidado de todos esos artistas, una estructura de producción que se ocupó de la salud mental de esos chicos y de la contención de esos chicos para que crecieran estos artistas que son hoy.
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